Sean Panikkar, Vera Lotte Boecker y Russell Braun, en una escena de la ópera
Sean Panikkar, Vera Lotte Boecker y Russell Braun, en una escena de la ópera - Bernd Uhlig

Conciencia y abismo en «The Bassarids» de Salzburgo

El festival presenta una producción de la ópera de Hans Werner Henze, dirigida musicalmente por Kent Nagano

Salzburgo (Austria)Actualizado:

El día que murió el compositor Hans Werner Henze (Westfalia, 1926-Dresde, 2012) se escribió que sin su obra sería muy difícil entender el mapa sonoro del siglo XX. A vuela pluma quedaba el recuerdo de lo que él mismo llamó estética de la música impura, es decir aquella que lejos de fijarse estrictamente en la materia sonora y en sus posibles combinaciones se abría a la metáfora de lo humano, de lo literario y lo alegórico. Elaborada en los años cincuenta y principios de los sesenta acabaría por convertirse en música comprometida, particularmente ante la revolución marxista de Cuba. Hoy, el aspecto propagandístico de la obra de Henze, tal y como le sucede a otro grande como Luigi Nono, tiene relativa importancia frente a la fortaleza ideológica y artística de un catálogo compositivo que siempre aspiró a consolidarse como música hablada.

Reconocido ya entonces como uno de los grandes operistas del momento, el prestigio le lleva en 1966 hasta el Festival de Salzburgo, donde estrena «The Bassarids», ópera seria con intermedio en un acto basada en «Las bacantes» de Eurípides, según libreto de Auden y Kallman. En la trastienda está la posibilidad de reflexionar sobre varias cuestiones también próximas a Henze en relación con la sexualidad reprimida, el deseo y la ambición, siempre en un entorno dramáticamente consistente. Grupos corales exaltados, sacrificios, ímpetu, fuerza y arrebato, perfilan una obra que en buena lógica vuelve este año al Festival de Salzburgo fortaleciendo la programación en consonancia con el pensamiento de Friedrich Schiller sobre la importancia del arte, la fuerza de la poesía y el poder de la música a partir de los temas trágicos.

La primera de las cuatro representaciones de «The Bassarids» tuvo lugar el jueves en un clima de creciente intensidad. Los aplausos y el entusiasmo de todo el Felsenreitschule, aparentemente insensible durante la obra, consolidaron la propuesta musical de Kent Nagano, la teatral de Krysztof Warlikowski y el trabajo de un reparto capaz de «enfrentarse a lo desconocido». Así titula el dramaturgo de la producción Christian Longchamp traduciendo las palabras de director de cine Pier Paolo Pasolini. quien un día antes de morir asesinado denunciaba en la prensa la conformidad burguesa y la sociedad de consumo: «Perché siamo tutti in pericolo» (Porque estamos todos en peligro). Las razones metafóricas de su última película, «Saló o los 120 días de Sodoma» laten bajo esta producción en la que el sentido subversivo, violento e intolerante se alían con la supuesta última tragedia de Eurípides en un entorno teatralmente fascinante. Warlikowski demuestra una proverbial capacidad para sincronizar hasta el mínimo detalle la compleja maquinaria teatral/musical en la que tan importante es la simultaneidad de acontecimientos como el desarrollo concreto de varias escenas esculpidas con verdadero magisterio.

El aspecto práctico de la obra es fundamental, tal y como se reveló en el estreno de 1966, al reconocer que se trataba de una ópera adecuada a las «proporciones monstruosas de este escenario». Se hablaba entonces de la Grosses Festspielhaus como hay que referirse ahora a la modernizada Felsenreitschule cuyo escenario siempre abierto, terriblemente largo, se completa con la continuidad horizontal de tres espacios muy distintos: el velatorio de la difunta Sémele, hija del Cadmo y madre de Dioniso, siempre presente tras un féretro de cristal, la sala principal de un supuesto megaron griego, y un dormitorio. Por supuesto, lo clásico sirve de alegoría existencial del presente materializado en las masas exaltadas ante la posibilidad del milagro (inevitables las escenas multitudinarias de algunas romerías españolas), espectadoras del sacrificio (impresionante el trabajo de algunos figurantes sometidos a una danza enloquecida) y turba de la acción principal. Se trata de un entorno de vocación rural que se contrapone a lo sofisticado de una familia en el reino de Cadmo cuya existencia se resquebraja en el momento en el que aparece Dioniso tratando de imponer su autoridad como dios frente a su primo, el rey Penteo.

La tensión escénica es evidente y a ella contribuye el tenor Sean Panikkar. Voz potente, brillante que, en consonancia con el resto del reparto, no se permite un momento de relajación. Forma un estupendo dúo con Rusell Braun, cuyo Penteo se recoge en una vocalidad un punto más concentrada. También forman un dúo de vibrante calado dramático Tanja Ariane Baumgartner y Vera-Lotte Böcker protagonistas en el «intermezzo» previo al «tercer movimiento» recuperado en esta producción. Se presenta con autoridad, presencia física y excelente preparación del capitán Károly Szemerédy. Y con muy especial reconocimiento se recibió al veterano Willard White. Todos ellos dan cumplimiento a una propuesta escénica que también tiene a su favor el sentido del ritmo. Warlikowski se pega como un guante a la realidad sonora de la obra, y a su notable complejidad interna. El espectador recibe una impresión distinta porque Kent Nagano propone un trabajo controlado, sistemático y exactamente sincronizado entre el foso donde se sitúa la voluminosa Filarmónica de Viena, la percusión colocada en un balcón lateral y los cantantes, particularmente el coro ante el que es necesaria la presencia de un director auxiliar. Nagano lleva tiempo presentando la obra en muy distintos escenarios, incluyendo los conciertos dirigidos a la Orquesta Nacional de España la última temporada y se nota que en su versión hay un poso de sabiduría y experiencia.

Solo cabría imaginar una versión con un punto de mayor visceralidad, de una mayor tensión dionisíaca. Al fin y al cabo es mucha la violencia, muy evidentes los gestos de sadismo y necrofilia, obvio el erotismo que se manifiesta antes de que llegue el descubrimiento final del terror, de la derrota. La culminación es el incendio del «templo» por parte de Dioniso. Un gesto que visto todo lo anterior cualquiera podría imaginar grandioso, gigante, monstruoso, digno de una producción en la que tanto se ve y es mucho más lo que se intuye. Poco después de que Dioniso derrame gasolina por todo el escenario y en el mismo instante final surgirá la luz de un mechero. Lo hace en simultaneidad con la oscuridad inmediata de la sala, un momento para comprender lo profundo del túnel al que lleva la obra de Henze. La calidad definitiva de esta producción.