Andrés Calamaro

Cementerio sin fronteras

«El año que termina fue especialmente atroz con el destino del ámbito musical y popular, razones no nos faltan aunque resulten simbólicas»

Andrés Calamaro
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Mas allá de los datos que arrojen las estadísticas el año que termina brilla en la ausencia de algunos mitos musicales que pasaron a mejor vida en estos últimos doce meses…

Desconozco si fue el periodo de mayor mortandad y a todos nos consta que todos los días hay que lamentar tragedias y «asesinatos» en forma de: hambre, extrema pobreza, violencia terrorista o doméstica y guerras.

Pero el tránsito eterno de algunos carismáticos artistas e intérpretes llevó al colectivo de músicos -y aficionados a la música- a creer que -el que termina- es «el año que vivimos peligrosamente»

Todos los años le llega la hora a mucha gente, la desigualdad y la violencia son un injusto y terrible control de natalidad. Todos los años se termina la vida de muchos por complicaciones en la salud: sencilla y complicadamente es la hora de mucha gente y hay tantos muertos como estrellas en el cielo… Por cada uno de nosotros que celebra la vida hay generaciones de parientes que ya dejaron esta tierra húmeda. Lo mismo ocurre en el caso del colectivo artístico, cada año nos toca despedir a un nutrido grupo de veteranos del universo precioso de la expresión humana.

Géneros musicales y artísticos enteros ya han establecido una eterna morada mas allá de este tiempo y este mundo. Pero insistimos en interpretar que el año que termina fue especialmente atroz con el destino del ámbito musical y popular, razones no nos faltan aunque resulten simbólicas. Este año descubrimos que Prince vivía peligrosamente su ruta de opiáceos recetados, no era solamente el duende milagroso que resistía el transcurso de las horas del reloj y las hojas del calendario como por magia; no sabemos si murió sentado como Elvis Presley pero lo hizo con las botas puestas. O David Bowie, añorado y talentoso caballero del rock de vanguardias, carismático y elegante señor de carisma perpetuo, fumador empedernido, veterano de las batallas de la sustancia quien en un último acto publicó un disco que le devolvía a la compañía de las estrellas el mismo día en que abandonó la existencia terrenal. Dos tercios de Emerson, Lake & Palmer, uno de los compositores principales de los Eagles, el guitarrista de Status Quo en Marbella… Y ayer nos atragantamos con la temprana defunción de George Michael, aquel sinuoso cantante que supo plantarle cara al establishment musical negándose a promocionar un disco, movida que le resulto tan perjudicial como encerrarse en un baño público para dar o recibir placeres ambiguos…

A todos les recordamos con afecto, algunos se convierten en ángeles y volver a escucharlos nos resulta heróico ejercicio de nostalgias. No me consta que haya sido un año mas trágico que otros en tanto al sector artístico y sus pérdidas se refiere, pero no hay dudas que lo sentimos como un desfile un poco exagerado a lo eterno, demasiado trayecto final de figuras que nos acompañan desde la instalación de nuestra conciencia contemporánea. Y ya no son solamente ancianos olvidados o majestuosos … Ahora nos enteramos que -nuestros muertos casi jóvenes- también fueron de carne y hueso. Y tratándose de desconocidos que consideramos casi como pariente o amigos… todos nos sentimos de frágil carne y hueso también.

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