Cecilia, en una actuación televisiva en 1973
Cecilia, en una actuación televisiva en 1973 - ABC

Cecilia, la rebelde del ramo de Violetas

Aparecen en un solo volumen todas las canciones, letras y poemas inéditos de la artista

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Reverenciaba el oficio del verso, y amaba a los Beatles, de donde pilló su nombre de artista, Cecilia, porque en el DNI ponía Evangelina Sobredo Galanes, nacida en Madrid. Era hija de diplomático, y murió a los 27 años en un accidente de tráfico, el 2 de agosto de 1976, en mitad de la madrugada, después de dar un concierto mechado de joven melancolía y entornada denuncia, como todos los suyos.

Gastaba cierto aire de hippie guapa, y salía al escenario de melena adorable, túnica evanescente y la guitarra de las chicas de corazón sensible, pero suburbano. Cumplió Cecilia varios discos de pegada, y subió al éxito popular diez o doce canciones que el tiempo no ha sepultado, desde «Dama, dama», o «Amor de medianoche», hasta «Un ramito de violetas», ese himno de la emoción conyugal, pero perpetrado por una rebelde.

Ahora, la editorial Visor reúne todos los textos de Cecilia, bajo el previsible título inequívoco de «Cancionero», que viene a ser como el gran disco global de Cecilia, pasados los años, pero un disco donde sólo están las letras de esta chica lista, rebelde, hermosa y carismática y que igual metía en estrofa el cansancio de las casadas de su época que le ponía métrica a una oda a Valle Inclán. Aquí están los tres primeros elepés de la artista, hasta el de 1975, luego algunos singles posteriores, y un copo de temas inéditos.

Se alternan los textos escritos en castellano y los textos escritos en inglés, que son los dos idiomas que Cecilia manejaba con soltura sólida. Hay una Cecilia que se pone al retrato de la dama de «alta cuna, de baja cama, señora de su señor, amante de un vividor», y hay otra Cecilia que se aplica en el puro paseo interior, hasta atreverse a escribir: «si no fuera porque mi padre siempre llora en los entierros, me mataría mañana sin pensar en ello».

De modo rápido, puede servirnos para la autora aquel lema de Baudelaire que avalaba como confesión propia aquella que subyace al hablar de los otros. Quiere decirse que hay dos Cecilias en este poemario que es cancionero, o al revés. Primero, una Cecilia que cumple la crónica social del momento, desde la estampa de la hipocresía de las adúlteras secretas de la alta sociedad hasta el canto entrañable en homenaje al párroco Roque, «vieja gloria, vencejo añejo», o a la muñeca Mari Pepa, «ojos de cristal, sonrisa siempre quieta». Y luego hay una Cecilia de feminismo nada cifrado, que arranca así uno de sus temas más celebrados y celebratorios: «Me has mirado como quien mira al mar,/ como un lujo que debes conservar,/yo no quiero ser tu sombra en un rincón,/ la muñeca que no tiene opinión».

Estamos, aquí, y en otros textos, ante una balada de ondulación romántica, pero una balada donde la mujer aúpa su afán de criatura libre, ante las tiranías del amor posesivo. Nada nuevo, si lo miramos desde hoy mismo, pero acaso sí, porque Cecilia arriesgaba estas letras en una España en blanco y negro, en una España en donde jactarse de «monótona soltera», por decirlo en un verso suyo, y encima cantarlo, era prepararse la condenación social y acaso también la familiar.

Cecilia encarna hoy, a la luz de este libro, a la mujer joven, sensible y cultivada que no vivió en las temporadas más benéficas para su talento osado, precisamente. No conviene olvidar que la censura la «convidó» a cambiar, en alguno de sus textos célebres, la expresión «esta España muerta», por esta «esta España nuestra», o bien, hablando de mandamientos en la santa burguesía, retirar «algún desliz en el sexto» para añadir «algún desliz inconexo». Los censores, cuando se ponen, salen unos líricos irracionalistas.

¿Poemas?

Los textos, en esta edición, se recogen atendiendo la versión original, según le hubiera gustado a la propia Cecilia, naturalmente. Al final de la lectura de este «Cancionero» asoma la pregunta irrenunciable que pudiera hacerse al principio: ¿se sostienen estos versos como poemas, sin el dorado auxilio de la voz de Cecilia, sin el prestigio de su voz de metal nocturno?. Pues algunos sí, y algunos no. Algunos son bordadura de la poesía mejor, y otros naufragan en el ternurismo, o la cursilería, incluso.

Pero ya sabemos, desde siempre, que un mal poema puede ser una canción eterna, y que no siempre un soneto excelso garantiza una pieza musical de eternidades. En cualquier caso, estamos ante un libro que abre al mundo una joven vida aún ardiente, la de Cecilia. En este cancionero está su mejor biografía. Eso seguro.