George Michael, durante una actuación en 1995
George Michael, durante una actuación en 1995 - REUTERS

Canciones que hablan de ti

Solo cuando nuestro futbolista favorito cuelga las botas o cuando nuestro ídolo musical fallece, tomamos verdadera conciencia de que estamos aquí por un rato

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Solo cuando nuestro futbolista favorito cuelga las botas o cuando nuestro ídolo musical fallece, tomamos verdadera conciencia de que estamos aquí solo por un rato. En el primer caso, algunos nos resistimos y nos empeñamos en buscar, con la insistencia obcecada con la que intentábamos cazar aquel cromo en nuestra infancia, al guardameta italiano o al central balcánico de movimientos geriátricos que es más viejo que nosotros. Con los músicos nos sucede algo similar y no podemos asimilar que fallezcan los que más nos gustaban cuando éramos adolescentes.

Del mismo modo que los regalos no son para el que los recibe, sino de quien los da, lo que nos aterra no es que desaparezca ese músico, sino esa imagen de nosotros descubriéndolo. Mi hermana con «hulahoops» prendidos de las orejas y jersey Privata de talla megalómana tararea con sus amigas «I want your sex», de George Michael, en una habitación que huele a coco y que aún me es vetada. Mi padre pone «I’m your man», de Leonard Cohen, en el viaje a Galicia y no muere ese recuerdo cuando el casete suena a mil cantos tibetanos graves e incomprensibles, sino cuando el que sale en la pequeña portada comiendo un plátano muere. Los labios cuarteados por la sal de las pipas, el corazón convertido en una estampida de potros, una chica introduce un casco en su oreja izquierda para ofrecerme el derecho y, la verdad, parecemos a La dama y el vagabundo en la escena del spaghetti compartido mientras escuchamos «Life on Mars» (el manto del cielo tiroteado, un millón de estrellas, etcétera).

Son esas cosas, y no los músicos millonarios que jamás conocimos, las que nos apenan. Lo dice un personaje de «Juliet, desnuda» (Anagrama), de Nick Hornby: «Las rock stars son algo estúpidas desde que el luto existe». Y aunque pensemos que crecemos hay una explicación neurológica para que estas muertes nos duelan: en realidad nuestras neuronas no son diferentes a las de nuestra infancia. Somos los mismos.

Por otro lado, la prensa de este país es un poco como esas aldeas gallegas (la mía, sin ir más lejos) en las que todo acto social pasa por acudir a entierros o a aniversarios de muertes. Lloran torpemente los que quieren al difunto y con una eficiencia entregada a la solemnidad más operística esos profesionales del embuste plañidero. Muchas abuelas y abuelos solo salen de casa y socializan en tales momentos y, del mismo modo, la música y la cultura rara vez ocupan las portadas si no es por un deceso.

Este año se han sucedido las portadas musicales en los diarios. Muchos dicen que 2016 es como una versión moderna de aquel 3 de febrero del 59, cuando el avión que se estrelló con Buddy Holly, Ritchie Valens y The Big Bopper dentro. Se ha visto superada la regla de tres (Tracey Jordan la esgrimía con preocupación en un capítulo de 30 Rock): siempre que fallecen dos famosos, lo hace un tercero. Se han mudado de barrio Sharon Jones y el de Earth Wind and Fire y también Prince. Y quizás jamás te gustaron pero hay que llorar la única certeza posible: que nos vamos a morir y también el único consuelo, que no seremos los únicos.

Quizás es, también, porque los suponíamos inmortales. Y es el caso de Chuck Berry o de Jerry Lee Lewis, que siguen vivos y que podrían decir aquella primera frase de la novela El hombre que se enamoró de la luna, de Tom Spanbauer: «Si tú eres el diablo, no soy yo quien cuenta esta historia». Si tú eres el diablo, no soy yo quien canta tu canción favorita. Pero, en realidad, las canciones se hicieron para eso. Para que las escuchemos nosotros cuando nos quedamos solos. Cuando nos sentimos solos porque ha muerto nuestro músico favorito. El que te cantaba a ti y solo a ti aquella canción que compuso pensando en ti y en lo que te preocupaba justo en ese instante y quizás también ahora.

( Miqui Otero es escritor. Su última novela publicada es «Rayos», Blackie Books, 2016).