Por el camino de Wagner

Mañana, con ABC, una nueva entrega de la colección de música clásica de Deutsche Grammophon: «Oberturas y preludios» y «Tannhäuser», de Richard Wagner, por tan sólo 9,95 euros más

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TEXTO: BLAS MATAMORO

Sabemos que el sistema del Wagner maduro, el drama musical, se apoya en una orquesta de sinfónica densidad. Sobre ella, los versos del propio compositor despliegan su particular eufonía, bella prosodia. ¿Qué pasa cuando oímos páginas wagnerianas sin palabras? Lo que pareciera ilegítimo, por el contrario, se torna elocuente: la verba sinfónica de Wagner, como en estos preludios y oberturas, conducidos por la aseada serenidad de un gran lector de música, Daniel Barenboim.

«Tannhäuser», por su parte, pertenece a la «prehistoria» operística de Wagner. Es, casi, una ópera de Weber, con sus arias, coros, concertantes, dúos, preludios y una magnífica obertura seguida -en su versión parisina- de bacanal. Lo destacado de esta versión es que su director es un italiano, Giuseppe Sinopoli, que vindica una lectura latina del maestro teutón, en la ilustre línea de Arturo Toscanini, Antonio Guarnieri y Víctor de Sabata, entre otros. En efecto, el abundante lirismo de esta ópera facilita las cosas. Baste oír la intensa y eficaz personificación de Plácido Domingo en el protagonista, uno de sus dos mejores roles wagnerianos, junto al Siegmund de La Walkiria. No sólo brilla aquí el opulento registro central del tenor madrileño, sino su implacable dicción en cualquier idioma, y el fervor -voluptuoso al principio, desesperado luego- de ese poeta que anhela el mundo terrestre cuando está con la diosa y el mundo divino cuando está con la virgen. Rodean a Plácido la Studer en su deslumbrante momento inicial, la Baltsa en ese registro que le cae a medida, el de mezzosoprano a medias y soprano en tres cuartos de perfil, y Salminen con su nobilísima caverna vocal.

Estas confrontaciones -ninguno de los dos directores es alemán, ambos vienen de regiones latinas, una americana, la otra europea- plantean el problema y la dicha de la música como arte universal. En efecto, ¿quién es más alemán que el alemán y sajón Richard Wagner? Y, sin embargo, ¿quién es más universal, quién puede reunir en su torno a un español, un finlandés, una griega, una norteamericana, a un italiano y un argentino convertido en israelí, para evocar el mundo del romanticismo tardío?

Poemas sinfónicos

A su vez, el Wagner antologado o convertido en una suerte de suite sinfónica, o sea desprovisto de voces, nos lleva a un aspecto esencial de su arte, el tratamiento orquestal. Ya ciertos directores del pasado, como Leopold Stokowski y Bruno Walter, se permitieron, con buen término, combinar momentos de las óperas o dramas musicales de Wagner en una suerte de poemas sinfónicos que nos llevaban y traían entre Parsifal en el Montserrat y Tristán en Cornualles. La densidad de la orquesta wagneriana que, junto con Berlioz, fija un antes/después en el arte de instrumentar, da su aprobación. Para el iniciado wagneriano, se trata de un excelente repaso. Para el neófito, de una excelente iniciación. La música es como el amor: siempre estamos iniciándonos.