Calixto Bieito, Director de escena: «Mi «Don Giovanni» retrata a una sociedad enferma»

Estrenada en mayo del año pasado en Londres, este montaje cargado de sexo y violencia ya ha pasado por Hannover, donde el montaje le costó una denuncia al teatro. Ahora llega, fuera de abono, al Liceo barcelonés

TEXTO: PABLO MELÉNDEZ-HADDAD
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BARCELONA. Su particular manera de entender el fenómeno teatral le ha costado más de un abucheo. Sus montajes, siempre transgresores, intentan leer con códigos actuales obras maestras del repertorio. Pero sus ideas no habían provocado ningún escándalo hasta que pisaron un escenario operístico. «Quizás porque rompen moldes o van en contra de lo que algunos piensan que es apto para verse en un teatro de ópera», argumenta Calixto Bieito a ABC. La English National Opera de Londres recibió en mayo de 2001 el «Don Giovanni» según Bieito en el que la Sevilla barroca se transformaba en la Barcelona del siglo XXI. La revisión que firma el director del Teatro Romea del mito donjuanesco se paseó después por Hannover -donde el montaje provocó que un espectador interpusiera una querella contra el teatro- y ahora se presenta, desde el próximo sábado y hasta el 15 de enero, en el Liceo fuera de abono.

- ¿Cómo asumieron los cantantes de la English National Opera su propuesta donjuanesca?

-Los cantantes me decían que ir a los ensayos era como ir a una fiesta. Ésta es una de las producciones en las que menos he tenido que forzar para que salieran las ideas. Lo mismo me pasó en Hannover, donde cambió todo el reparto salvo el Don Giovanni, o sea que tuvimos que partir de cero, igual que aquí en el Liceo. De Londres a Hannover la producción fue madurando y, al contrario de lo que algunos han dicho, en Alemania todo era más fuerte en cuanto a escenas violentas. No hay cambios sustanciales, sólo detalles de trabajo con determinados actores en todo lo que se relaciona con el gesto. El resto queda igual.

-¿Ha habido cantantes que se hayan negado a participar en sus producciones?

-Alguno, como es lógico, se ha negado a hacer alguna cosa. Pero eso de que alguien abandone una de mis producciones no me ha tocado vivirlo en primera persona; en su momento me enteré por la prensa inglesa de que un tenor había dejado mi «Ballo», pero con el que trabajé era el único que conocí. Lo importante es que el intérprete entienda que no estoy en contra de la obra, al contrario, en ella tengo puesta toda mi emoción e imaginación.

-¿Por qué cree que el público reacciona más ante una escena de sexo que ante una de violencia? Y, en el caso de «Ballo», específicamente ante una violación homosexual.

- Eso responde a prejuicios. A mí me han insultado un par de veces llamándome «homosexual», no mariquita, sino subrayando la palabra «homosexual». Ante eso, ¿qué se puede hacer? Hay que esperar a que pase el tiempo. No creo que el tabú del sexo continúe generalizado; estas reacciones vienen de parte de un público minoritario. La violencia forma parte de la cotidianeidad en esta sociedad, en cambio el sexo continúa estando más escondido. Hay una doble moral.

-¿Cuál fue su reacción cuando supo que su «Don Giovanni» se programaba fuera de abono en el Liceo?

-Me quedé parado. En todo caso, mejor que se programe aunque sea así a que no se programe. Hubiera sido muy fuerte para mí que no se pudiera ver aquí, porque esta es mi ciudad y es la ciudad de mi «Don Giovanni». Además así se podrá abrir el teatro a otros públicos, aunque mi intención no es, ni mucho menos, cambiar al público operístico. Intentamos ampliar el público.

-¿Su dramaturgia explica la historia del «Don Giovanni» de Mozart?

-Por supuesto. Hay una traslación temporal que no sólo cambia unos vestuarios y un entorno, o la manera de interpretar el texto. Intento traer a la actualidad aquello que Mozart y Da Ponte presentaron en su momento: este «dramma giocoso» es moral, porque hay unos malos y unos buenos. Yo traduzco todo eso y hago que lo que pese sean las acciones buenas y malas de los personajes, no ellos mismos. En mi producción no existe Dios, no llega el Commendatore al final para vengarse, porque Don Juan muere a manos de los otros personajes. No hay un cambio de vestuarios, sino de una moral que se traslada al día de hoy, porque la moral del XVIII no tiene nada que ver con la actual, aunque en el fondo es la misma. En Alemania me preguntaban por qué el montaje era tan melancólico; yo creo que es porque intento retratar a una sociedad enferma. En mi producción el tema del sexo está tratado como sexo de consumo, no desde el punto de vista erótico. No es sexy; será erótica para un enfermo. El montaje gustará a quienes disfruten de los «thrillers»: esto es como una noche de locura, de asesinato, de violencia y sexo, casi en blanco y negro.

-Eso es algo que subyace en todas las producciones que realiza usted.

-Supongo, no lo sé.

-¿Qué contestaría a quienes le dicen que se está repitiendo?

-Uno tiene etapas. Ya cambiaré. No creo que sea repetitivo, sino que estoy haciendo variaciones sobre temas determinados.

-En «Don Giovanni», ¿le pesó mucho el mito?

-No. Es evidente que toco el mito de Don Juan, pero con una visión muy de aquí, de esta ciudad y muy de hoy. Me decían «no estás haciendo Don Giovanni, sino Don Juanito», y algo de razón hay en eso. Me escapo de ese estereotipo que habla de un macho seductor al optar por un personaje sensible y melancólico.

-¿Cómo es que su primer acercamiento a Don Juan llega a través de una ópera?

-Porque el personaje de Mozart es el que más me gusta. Y sin ninguna duda. Su música es sublime, plena de un vuelo imaginativo que no está ni en el «Don Juan» de Molière ni en el de Tirso, por ejemplo. Con Mozart la imaginación vuela con mucha libertad, porque considero su música muy atemporal. Si la música es un arte abstracto, creo que la suya lo es más que ninguna, además de ser muy emotiva, sensual y hasta violenta, porque siento que tiene mucho que ver con la naturaleza humana. El trío del segundo acto es de una imaginación increíble y lo que ello refleja es muy difícil expresarlo con palabras.

-¿Volverá a trabajar sobre Verdi?

-Voy a hacer «Trovatore» en Alemania. Me lo ofrecieron hace cuatro años en Inglaterra, pero preferí dejarlo.

-Sería por el libreto...

- Sí, pero hay una cosa del texto que me interesa, y mucho: todos los personajes están obsesionados con la muerte. Esa idea de memoria funesta me atrae mucho. Son todos personajes destinados a morir y eso me seduce. También tengo una «Traviata» y un «Don Carlo» para Frankfurt. Y ya he parado con Verdi por algún tiempo. Incluso me ofrecieron «Jérusalem» para que tratara el tema palestino, pero no acepté. Es un tema que yo no puedo tratar a no ser que me vaya a instalar un año a Israel.

-En su película «La vida es sueño», que está en etapa de preguión, la música también ocupa un lugar?

-Sí, pero no puedo rodar antes de 2004. La música me servirá para guiarme, como referencia. Estoy trabajando con un flamenco muy experimental. No es una adaptación de mi montaje, es una adaptación cinematográfica del texto de Calderón. No es teatro filmado.