Bach según Barenboim

Por ANTONIO IGLESIAS/
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Conviene tener presente el hecho pedagógico que llevó a Bach a escribir sus 48 Preludios y Fugas que, divididos en dos volúmenes, se recogen en su asombroso «El clave bien temperado», colección que el paso del tiempo aumenta su más alta estima, rebasando cualquier límite, escolástico y meramente artístico. Cuando se pasa la obra al piano de nuestros días, bien puede decirse que hay dos principales caminos: el de la puridad traductora -pianistas que hasta muestran a las claras que no emplean los pedales, craso error- y mentes claras que se dicen: «Puesto que tengo a mi alcance una mayor riqueza de medios técnicos, ¿por qué no emplearlos?». Ni que decir tiene que, en una personal apreciación me muestro más acorde con los segundos y nuestro siempre admirado Daniel Baremboim así nos lo ha demostrado con su actuación, que recibió el más encendido aplauso.

Barenboim, en su interesante e importante faceta interpretativa, milita dentro de la gran corriente romántica y, siendo esto así, no nos sorprende tintando a El Cantor con su fuerte impronta: amplia gama de reguladores de intensidad, uso de los pedales -que para eso los tiene el piano-, claroscuro frecuente, infinidad de matices que tornan los «preludios» y las «fugas» en ocasionales relatos a los que cabría añadir un correspondiente asunto literario. Su poesía alcanza a veces el impresionismo y el alarde de la velocidad no se descarta. Total: su Bach, alejado de lo tradicional, se sumerge convencido en un contenido siempre expresivo -¿algo exagerado?-, mostrándonos su desacuerdo con todo retrato de un pretérito descartado.

El oyente -a lo largo de una sesión que rebasó las dos horas y media de duración- se siente feliz y olvida la recia disciplina de unas páginas dictadas con ánimo pedagógico ante todo, y el descubrimiento o recuerdo de una Rosalyn Tureck se aviva con tan cara adhesión como significa la del gran pianista, director de orquesta y excelente músico como es Daniel Barenboim que, dicho sea de paso, tocaba sin que se notase en lo más mínimo su dolencia en cuatro vértebras, brazo averiado..., artista capaz de superarlo todo, diciéndose «vamos a tocar el piano y olvidémonos del clave»... El éxito, apoteósico, que, claro, eliminaba toda «propina», muy reclamada, dobladas las diez de la noche.