Ángel Antonio Herrera

Aquel primer concierto

Madonna dio su primer concierto español en el estadio Vicente Calderón de Madrid el 27 de julio de 1990

Ángel Antonio Herrera
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Madonna dio su primer concierto español en Madrid el 27 de julio de 1990. Era la estación primera de su gira de aquella época, que iba a incluir otro concierto en Vigo, y otro en Barcelona. Madonna ya entonces era Madonna. Madonna estaba en la cumbre mejor de Madonna. Aquí casi nos llegó tarde, porque ya había aupado en el panorama temas como «Like a virgin». De modo que la visita resultó un acontecimiento, porque Madonna era la copa planetaria del gran cabaret del sexypop, jugando siempre al escándalo de escaparate. La gira la bautizó «rubia ambición», que es título alzado y pujante, o sea, casi priápico. La noche de la víspera del concierto montó una juerga con Antonio Banderas, Bibiana Fernández y otras gentes del cromo infalible de entonces. Para el concierto, vistió luego liguero por encima del pantalón negro, ciñó corpiño en punta y sacó al escenario a unos bailarines altos, negros, en puro tanga, esclavos a la vez de sus coreografías, que eran un kamasutra sin kamasutra.

Es lo de ahora, más o menos, sólo que entonces la cosa nos pillaba con mayor curiosidad, y ella era joven de melena Marilyn, todavía. Madonna presentó lo que prometía, un rollo provocador y devorador que iba y venía desde la procacidad verbal a la desinhibición gestual, apuntalado todo por una indumentaria futurista, invención de Jean Paul Gaultier, por lo general. Madonna, en los ochenta, y todavía a principios de los noventa, era una garantía de provocación, e incluso de escándalo, pero luego ha resultado que el escándalo no existe. Yo estuve en aquel concierto que ahora recordamos, y comprobé que Madonna era un prodigio de estrellato.

Eso sí. Más que un concierto, descorchó un videoclip. Un videoclip de dos horas, ante 50.000 asistentes, casi los mismos que dos noches antes vivieron la juerga de un concierto de Prince. No defraudaba su propuesta, que era un cruce de vampiresa de gimnasio y pornomística de estrategia. En las entrevistas, por ir calentando su tinglado decía cosas como «soy un peligro para hombres y mujeres». Uno no ve, ni entonces ni ahora, el gran relevo de Madonna, por mucho que insistan en Lady Gaga, o en Rihanna, que gasta algo de ordinaria del exotismo.

Nos gustan mucho Rihanna, o Lady Gaga, claro, pero Madonna va por delante, aunque a veces haga videoclips que miren hacia atrás. Hacia este tiempo, tan suyo, que ahora glosamos donde era la reina máxima del sexypop, la Marilyn de la música, que es como decir la fama misma. Nadie como ella ha logrado el vídeo de autopromoción bajo coreografía de poca ropa. Aprendió a fumar con mirada de diabla dorada. Aún repercute todo lo que hace. Cuando llegó a España ya era el demonio con corsé, la rubia de la lencería de gobernanta. Ya lo era todo, cuando vino. Aún lo es. Se fue haciendo rubia conforme se iba haciendo famosa. Aquí nos llegó en mecha color platino, casi. Inolvidable.

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