Simon Rattle, durante el concierto de la Sinfónica de Londres en Santander
Simon Rattle, durante el concierto de la Sinfónica de Londres en Santander - Pedro Puente Hoyos

Apoteosis de Simon Rattle en Santander

El director británico y la Orquesta Sinfónica de Londres firman dos conciertos históricos en el festival cántabro

SantanderActualizado:

En plenas turbulencias por el Brexit llama la atención que en los dos conciertos programados en el Festival Internacional de Santander por la Orquesta Sinfónica de Londres -uno de los grandes iconos de la cultura británica- no figurase ninguna obra inglesa. Todo lo contrario, salvo una concesión a Ravel, la tradición centroeuropea fue la gran protagonista de ambas veladas. Quizá con ello el maestro Sir Simon Rattle quiso reivindicar la europeidad de una formación que es buque insignia de Londres y, a resultas de ello, aglutinta a un fabuloso grupo de músicos internacionales que la convierten en una de las mejores orquestas del Viejo Continente. Tras su paso por la Filarmónica de Berlín, la llegada de Rattle a la London permite augurar un futuro que, sin duda, ampliará la influencia de la formación británica en los circuitos de élite.

Había mucha expectación previa en Santander por volver a escuchar a la London. La gran Sala Argenta del Palacio de Festivales de Cantabria se llenó en las dos jornadas previstas y el público acogió con entusiasmo el resultado de ambas convocatorias.

La primera de ellas tuvo a Gustav Mahler como único argumento, sin compartir programa con ningún otro compositor. Su compleja, fascinante y laberíntica «Sinfonía número 9» tuvo en Simon Rattle un transcriptor privilegiado. Conoce a la perfección cada recoveco de una obra que no muchos se atreven a dirigir de memoria. Elimina cualquier tipo de alarde expresivo, o de artificio innecesario, para ir directamente al centro de una obra que es fiel espejo del autor bohemio y que tan bien describe el cierre de una época, de una forma determinada de ver y sentir la música. Rattle navega con audacia por el enorme trasatlántico de la «Novena» mahleriana con total libertad y eso se deja ver desde el primer compás del siempre inquietante, monumental -y un tanto claustrofóbico- primer movimiento.

Se desplegó a lo largo de una hora y veinte minutos toda la intensidad de la partitura, sus contradicciones, y ese aleteo lírico de altos vuelos, del sobrecogedor Adagio que la cierra. Rattle lo llevó al límite y al silencio -que también es música- con la complicidad de unos músicos que participan del discurso musical que se les pide con maestría y entrega. Una noche que, sin duda, quedará para la historia del ciclo estival cántabro.

El segundo día varios compositores compartieron cartel. Curioso concierto que arrancó con las «Danzas Eslavas, op. 72» de Dvorak, algunas de ellas tan recurrentes cuando las orquestas ofrecen bises en sus giras. Ese tono amable, y un tanto decadentista, encontró buen acomodo casi como un preámbulo festivo para dejar paso a esa joya de la orquestación de Maurice Ravel que es «Ma mére l’oye» en la que brillaron especialmente las individualidades y en la que Rattle dejó fluir la música con una exquisitez en el matiz verdaderamente soberbia. La velada se remató con la contundente y ceremoniosa «Sinfonietta» de Léos Janácek, siempre una alarde para los metales, y que gracias al escritor Haruki Murakami conoce en nuestro tiempo una insólita popularidad fuera de los circuitos clásicos.