Klaus Maria Brandauer y tres de los Niños Cantores de Viena, durante la ópera
Klaus Maria Brandauer y tres de los Niños Cantores de Viena, durante la ópera - Ruth Walz

Amores reñidos en el Festival de Salzburgo

El certamen presenta una discutida producción de la ópera de Mozart «La flauta mágica»

Salzburgo (Austria)Actualizado:

Por extraño que pueda parecer, Mozart y el Festival de Salzburgo mantienen una larga relación de amor y odio. Un ejemplo inmediato es «La flauta mágica», la última ópera escrita por el compositor y el mejor ejemplo de aquella moda por lo mágico que tantas consecuencias escénicas tuvo a finales del siglo XVIII. Según el propio festival, durante noventa años la ópera se representó en 220 ocasiones incluyendo curiosos periodos de «exclusividad». Con un estilo hoy difícil de defender, el repudiado James Levine la dirigió durante una década antes de que aparecieran Georg Solti, Bernard Haitink, Riccardo Muti y en última instancia un agotado Nikolaus Harnoncourt que hará seis años insistió en lo complicado que es defender la obra con verdadero sentido alquimista. El misterio de «La flauta mágica» es una trampa aparentemente inmediata, inquietantemente polisémica, que Salzburgo reinventa una y otra vez sin que el experimento parezca tener fin.

Un formidable texto del investigador David J. Buch explica en el programa de mano del festival las muchas aristas de lo que parece aparentemente cercado. Es el resumen a largas aproximaciones teóricas que han dado pie a novedosas interpretaciones de la obra. Así sucede en la nueva producción de Salzburgo dirigida musicalmente por Constantinos Carydis y escénicamente por Lydia Steier, responsables de un trabajo ante el que ya circulan opiniones muy diversas con origen en la Grosses Festspielhaus y en el apunte de abucheo que se escucha al bajar el telón. La sensación final de decepción es inevitable pues en juego hay muchas y buenas ideas, un planteamiento inteligente y un arranque formidablemente esperanzador que a la postre se concluye cansino y sofisticado.

Magma mozartiano

Pero también es justo recordar que en el moderno Salzburgo, el hirviente magma mozartiano recuerda momentos de gloria. Entre ellos está «La clemenza di Tito» tan genialmente transcrita el pasado año por Peter Sellars y Teodor Currentzis, quien en la edición actual dirige un ciclo dedicado a las sinfonías de Beethoven sobre el que habrá tiempo de comentar algún detalle. La pareja Steier-Carydis vuelve a repetir el binomio América-Grecia sin que el detalle signifique nada especial más allá de la actual presencia en el panorama internacional de algunos músicos griegos realmente interesantes.

Carydis tiene personalidad, carisma e información suficiente como para doblegar a la Filarmónica de Viena y reconvertirla en una orquesta de sonoridad apropiada. De la calidad del grupo instrumental da cuenta la precisión en el «allegro» de la obertura inicial convertido en vertiginoso y ante el que solo cabe sentir que algo va a pasar. Pero, sobre todo, una muy interesante manera de cantar en la que la prosodia del texto se impone a la continuidad melódica. Aquí la respuesta del reparto no siempre es correlativa. Mauro Peter canta su aria «Dies Bildnis ist bezaubernd schön» con encanto, dando sentido a las frases y deteniendo el tiempo para dirigirse a la imagen de Pamina. Emocionante. Por contra, a Albina Shagimuratova le cuesta despegarse de la cuadratura aunque la Reina de la noche siempre tenga el aplauso en la mano a poco que dé en la diana de los agudos.

«La flauta mágica» reúne un reparto irregular al que Carydis doblega con desigual fortuna. Muy escaso el Monostatos de Michael Porter como sin duda es muy difícil hacer entrar en materia a Matthias Goerne cuyo Sarastro está fuera de sitio y lugar. Por mucho que se anuncie como la estrella del reparto, el papel le queda grave, pero además lo afronta con voz muy artificiosa, a su manera, la emisión forzada, el gesto musical forzado. Salva con suficiencia Adam Plachetka a Papageno, tiene gracia la Papagena Maria Nazarova y encanto la Pamina que interpreta Christiane Karg. Todo crece muy especialmente ante las tres damas (Mise Eerens, Paula Murrihy, Genebiève King) y los tres niños de los Cantores de Viena, relanzados como protagonistas de una ilusión que ellos van a vivir en primera persona.

Sueño y realidad

Incluso, hay un aspecto superior que consolida el trabajo de Carydis: la imaginación. Existe en esos momentos de irrealidad en los que el coro canta en pianísimo o en los que la parte instrumental apenas sobrevuela sin incomodar a las voces. La Filarmónica de Viena hace un gran trabajo pero es dudoso que sea el timbre adecuado a los requerimientos de Carydis y a su deseo por penetrar en el encanto del espacio que Steier propone. Aquí, el «singspiel» se transforma haciendo que el texto hablado pase a ser una narración que el abuelo Klaus Maria Brandauer cuenta de manera magistral a sus nietos, quienes escuchan desde la cama en un dormitorio en los años de la Primera Guerra Mundial. La transcripción es un gran acierto pues da a la obra una profunda perspectiva al superponer evidencia y fantasmagoría. Papageno entra en acción convertido en el carnicero que abastece a la vivienda, la reina de la noche es la transfiguración de la madre y Tamino salta de golpe por la ventana del dormitorio acompañado por un chorro de fuego. La gran transformación llega en el quinteto cerrado con el saludo «auf Wiedersehen!», antes de que Tamino y Papageno pregunten dónde pueden encontrar el castillo y las múltiples habitaciones de la casa se disgreguen convirtiéndose en un enrome circo lleno de seres fantásticos bajo el gobierno del jefe Sarastro.

Hay un punto culminante en el que un muchacho preguntará al abuelo: ¿Por qué esta gente tan divertida no es igual que nosotros?. «Parecen diferentes», le contesta, pero tienen ojos, manos, sentidos, afectos, pasiones… hieren con las mismas bombas… «Son humanos». Steier quiere reunir lo cierto y lo supuesto pero a partir de entonces a esta «Flauta mágica» le cuesta crecer. Son muchas las sorpresas que se ha dejado por el camino: osos equilibristas, malabaristas, equilibristas, el genial vestuario de Ursula Kudrna… y con gran dificultad va a superar aquellos momentos que, paradójicamente, tienen garantizado el éxito. Apenas lleva a la sonrisa el siempre emocionante encuentro de Papagena y Papageno; convierte la prueba del agua y el fuego en la supuesta entrada de Tamino como combatiente en la gran guerra según se observa por una proyección del conflicto sin que este genere especial amenaza; este y Pamina se encuentran por fin en un momento del que apenas emerge la magia. Es tanto el derroche de ingenio que durante el planteamiento han hecho Steir y Carydis que llegando al desenlace y ante lo que parece más obvio todo adquiere un toque banal. La expectativa se ha diluido. La ilusión de una «Flauta» capaz del milagro se ha roto.