Una escena de «Dido and Eneas» en Aix-en-Provence
Una escena de «Dido and Eneas» en Aix-en-Provence - ABC

Aix-en-Provence: alguna de cal y otras de arena

El festival francés presenta en la misma jornada dos óperas: «Seven Stones» y «Dido and Eneas»

Aix-en-ProvenceActualizado:

También en el Festival de Aix-en-Provence se pone de manifiesto la problemática definición del género operístico a partir de una realidad de carácter híbrido y difícil de formular de manera uniforme desde las obras más antiguas a las actuales. Dos títulos representados la misma tarde dan cuenta de la heterogeneidad formal del repertorio y su compleja representación cuando se trata de reconstruir haciendo primar valores poco específicos.

De un lado «Dido and Aeneas», rescoldo operístico de Henry Purcell del que apenas se conoce la fecha del estreno ni su apariencia original. Del otro el estreno de «Seven Stones» encargo del festival al compositor checo y antiguo estudiante de su academia Ondřej Adámek, y al poeta islandés Sjón. Se presenta como «ópera a cappella para cuatro cantantes solistas y coro de doce voces», si bien el texto y la música se diluyen en un continuo personal, abstracto y ritual.

«Seven Stones»

«Seven Stones» alude a un coleccionista de piedras cuya pasión lo devora hasta perder el sentido de la realidad. Busca la primera piedra en el Evangelio y de regreso a casa encuentra a su esposa abrazada a un hombre joven, al que que arroja una piedra y causa su muerte. Descubrirá después que el gesto era de afecto ya que se trata del hijo del coleccionista. Huyendo de la responsabilidad se refugia entre la realidad y la ficción, encontrando en cada piedra recuerdos secretos de hombres, lugares e historias. Visita su vida desde la infancia a la vejez llegando a un café centroeuropeo, a un bar de tango en Buenos Aires, a la antigua ciudad imperial de Kyoto y a los fríos países del norte. Tiene encuentros con Jorge Luis Borges y Marie Curie, que inspira a Edvard Munch a pintar «La muerte en el dormitorio».

A partir de un argumento tan perfectamente delineado, la ópera de Adámek se define «creativa y tradicional». Lo señala el fallo del premio de Fedora-Generali, obviando lógicamente que su realización con base en la propuesta escénica de Éric Oberdorff la convierte en una rosario de escenas difíciles de abarcar con sentido inmediato. «Seven Stones» carece de un director musical convencional pues este deambula y se integra en la escena mientras los cantantes la construyen intercambiando papeles, incluso entre funciones.

Los instrumentos, en realidad un ensemble bizarroide, incluyendo algunos sorprendentes como la guitarra/cítara y otros infrecuentes en el caso de la sierra musical, sirven de acompañamiento pero también generan una espacialidad escénica y acústica, proponiendo originales efectos tímbricos. La música de Adámek carece de territorialidad y se crece en el mundo de la intermusicalidad, antropológicamente «borrowing» o, mejor aún, en un «collage» en el que todo es posible, si bien se presenta de manera sintética e incluso, sutilmente audible. La escena en el bar de Buenos Aires, por ejemplo, apunta el eco exiguo de músicas oriundas en una muy lograda parodia sobre la que se impone la constante deconstrucción y el juego fonético, ademas del soporte rítmico que remarca la articulación forzada del texto y la emisión.

El coro no solo canta, también silba y percute, participando activamente en siete escenas, en las que se rompe la horizontalidad del relato de manera que el total se subsume en un propósito surrealista cuya mejor baza es la capacidad de sorpresa de cada momento. Todo es sutil: desde la «inventada» música de Adámek a la configuración de espacios no siempre evidentes y, por tanto, dispersos. Lo cual tiene difícil encaje si el espectador apenas se informa previamente pues el atractivo de su originalidad, la sorpresa de lo inesperado y la incertidumbre del desarrollo se diluyen pronto en una aparente monotonía. En el defecto cabe ver la responsabilidad del director de escena Éric Oberdorff en tanto su síntesis trata de congeniar antes la posible radicalidad delirante de la obra que el propósito de comunicación que indudablemente hay en el texto de Sjón y la música de Adámek.

«Dido and Aeneas»

Se pone así de manifiesto la importancia del director de escena ante un género en el que tan relevante es su actual realidad visual. Sucede otro tanto en «Dido and Aeneas». Sobre todo porque aquí hay mucho por reconstruir. Vincent Huguet se responsabiliza en este caso de una propuesta compleja de la que se deduce lo difícil que es humanizar el arquetipo mitológico y otorgar vitalidad a una obra que en origen apenas tiene consistencia. Huguet propone un largo prólogo recitado a cargo de Rokia Traeré, cantante de la etnia bambara y nacida en Malí, que conmovedoramente acompaña el n'gong de Mamah Diabaté. El espíritu de la música está muy por encima del largo y estudiado texto de Maylis de Kerangal, si bien apenas engarza con la obra.

La escenificación paupérrima, torpe en el gesto y anquilosada coloca la acción a lo largo de un malecón del puerto de Cartago en el que se pone de manifiesto la escasez de espacio vital y de ideas. En consonancia con esta realidad el reparto apenas logra levantar el vuelo, a pesar de que el trabajo del ensemble Pygmalion alcanza un buen grado de refinamiento y el director musical Václav Luís se maneja con una solvencia técnica muy notable. Defiende torpemente a Dido la cantante Kelebogile Pearl Besong llegando a un lamento que queda vocalmente escaso, torpe e incapaz de transmitir una emoción evidente. Es el punto culminante de la obra y su realización dice mucho de un trayecto que carece de adecuación vocal y de un espíritu argumental suficiente o, al menos, capaz de transmitir con claridad y emoción el mensaje social e integrador que el Festival de Aix-en-Provence quiere defender. Incluso la exacta consideración ante el espectador contemporáneo de un género complejo, resbaloso y de múltiples perfiles como es el teatro musical.