Ángeles Gulín, interpretando el papel de Violeta en «La traviata». ABC

EL ADIÓS A UNA VOZ DE HIERRO

ALBERTO GONZÁLEZ LAPUENTE
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Hay voces esencialmente bellas que se recrean en sí mismas conformándose con adornar de forma naturalmente atractiva cuanto hacen; otras que anteponen la inteligencia, colocando al servicio de la interpretación su propia idiosincrasia; las hay también innatas, fornidas, capaces de adentrarse, sin tregua, en el corazón del oyente con la finura de un estilete y la inquietud de lo verdaderamente pasional. A esa estirpe pertenecía la voz de la soprano Ángeles Gulín fallecida hace unos días en Madrid.

Hace ya trece años que Ángeles Gulín estaba retirada de los escenarios por motivos de salud. Una esporádica aparición en Teatro de la Zarzuela en 1993, con motivo de un homenaje al tenor Pedro Lavirgen, permitió escuchar a quien ha sido uno de esos raros ejemplos en los que condiciones y persona se conjugan con absoluta naturalidad: la fama de su bien armado carácter y el temperamento de una voz restallante forjaron a partes iguales la intensa carrera que desde su triunfo en el verdiano concurso de Bussetto en 1968 la llevó por los grandes teatros de América y Europa, desde el Met y el Carnegie Hall al Covent Garden, o los grandes de Italia.

Los hitos en su biografía están al lado de nombres como Frühbeck de Burgos, Giulini, Maag o de colegas como Domingo, a quien acompañó en su presentación madrileña y en el postrero estreno de «El poeta» de Moreno Torroba en 1980, Pavarotti, Ludwig, Gedda, Caballé, Talvela o Del Mónaco. Todos ellos se ahora relacionan en una biografía que no olvida el de su marido, el barítono Antonio Blancas con quien inició su verdadera carrera en Italia y, sobre todo Alemania, después de las primeras actuaciones por Sudamérica a raíz del debú en la ciudad de Montevideo en 1958.

Para los más jóvenes la voz de Gulín es hoy una rareza conservada en unas pocas grabaciones de zarzuela y otras operísticas cuya realización «en vivo» engrandece su vibrante naturaleza: un «Stiffelio» grabado en Nápoles y una «Alzira» de 1972, un «Oberto» en registro de 1977 en Bolonia, además de «La leyenda del beso», «Los gavilanes», «Me llaman la presumida» o «La del soto del parral». Por el contrario, los más veteranos recuerdan algo más difícil de guardar: su condición de verdadera soprano dramática, indomable y tenaz como el hierro, poseedora de una extensión y de una potencia tan realmente excepcionales como para adentrarse en el terreno de la leyenda.

Ángeles Gulín, nacida en la localidad orensana de Ribadavia, ha dejado ese poso y un saber que ahora se prolonga en la voz de su hija, la soprano Ángeles Blancas, continuadora de una labor que toma como modelo a quien ha sido una intérprete de raza.