EFE Pavarotti, durante su actuación

LA LUZ DEL ADIÓS

ALBERTO GONZÁLEZ LAPUENTE/
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Será difícil que Luciano Pavarotti visite, en cualquiera de los conciertos de su actual gira, «Worldwide celebration farewell», un lugar con más magia que la plaza del Obradoiro de Santiago de Compostela. No es mala cosa tener como compañera de fatigas a la gran fachada de la catedral y además encontrarla tan predispuesta a colaborar en el buen acabado de un acto que inauguraba el Festival Internacional de Música de Galicia. Un detalle: no se dejaban oír las primeras notas del «Intermezzo» de «Cavalleria rusticana» y toda ella se iluminaba resplandeciente. ¿Cabe mayor filigrana? Pues, hombre, para el ánimo de los más de cinco mil espectadores que a esas alturas del programa empezaban a impacientarse ante la falta de espíritu de algo que se esperaba extraordinario, posiblemente no; para una persona de la grandeza humana de Pavarotti no lo sabemos. Al fin y al cabo todo, o casi todo, en estos actos de compleja infraestructura, se ciñe a un guión trazado con la precisión que dan los muchos ceros a la derecha.

Por eso, cuando al final Pavarotti tomó la palabra, obvió el singular marco y se dedicó a elogiar a la bella mujer española para, alrededor de ella, cantar las tres propinas de rigor: «Granada», que es una canción que, de tan arreglada como está, no se oirá dos veces igual; «O sole mio», cuyo aplauso siempre prolonga el esfuerzo a que obliga el agudo final, y, como cierre de fiesta, el inefable brindis de «La traviata», coreado por todos, porque de eso se trataba y porque ésta ha debido ser una de las últimas ocasiones en la que alguien, se halle donde se halle, pueda cantar con Pavarotti. Al final, un éxito.

No se olvide que el tenor de Módena, a sus casi 70 años de torpe caminar, de ser algo, es un maquillado conquistador que sabe que la sonrisa abre puertas principales con la misma eficacia que la educación y los buenos modales. Cantó algún fragmento de «La bohème» junto a su alter ego en esta gira, la soprano Carmela Remigio, y a ella miró y abrazó con medida gesticulación, y en el ínterin tiró uno de los dos vasos de agua con los que tropezó durante el espectáculo. Pavarotti mide sus fuerzas al milímetro, usa su voz con el devaneo del malabarista a quien todos imaginan ya rescatado por la red protectora. Se le ve y se le oye mayor, cansino, torpe y lento en sus reacciones. Y aun así causa respeto... y encoge el corazón. Está claro que lo de haber sido uno de los grandes es toda un inversión de futuro. En la deslucida primera parte los aplausos rozaron lo cortés.

Con más hechuras llegó a la segunda, a «Tosca» y a las canciones napolitanas para las que buscó el bastón de las partituras como había hecho al principio mientras calentaba al lado del piano de Leonore Magiera. Ahí y en el resto del programa el trabajo de su sempiterno acompañante, aquí también director, de Remigio y de la Orquesta Sinfónica de Bilbao resultó imprescindible, como lo es el de cualquier partiquino. Pavarotti agradeció a todos el trabajo y el aplauso. Abrió los brazos, inclinó la cabeza, soltó el piropo de rigor y dejó a todos con una media y agridulce sonrisa.