ABC lanza el próximo domingo la mejor colección de ópera de Deutsche Grammophon

De manera un tanto convencional, 2007 se ha convertido en el año de celebración de los primeros cuatrocientos años de existencia del género de teatro con música que llamamos ópera. Claro que hubo

POR ENRIQUE MARTÍNEZ MIURA
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De manera un tanto convencional, 2007 se ha convertido en el año de celebración de los primeros cuatrocientos años de existencia del género de teatro con música que llamamos ópera. Claro que hubo algunos precedentes, pero lo que sí supuso «L´Orfeo» de Monteverdi, estrenada en Mantua en febrero de 1607, fue la demostración de que ese artefacto podía producir obras maestras.

Con esta ópera se inicia simbólicamente la colección de veinticinco títulos de ABC. Una versión imaginativamente dirigida por Gardiner y con el tenor Rolfe Johnson en estado de gracia en el papel titular. La selección da un salto y se planta en el clasicismo mozartiano. Obviamente, los tres títulos con libreto de Da Ponte -«Bodas de Fígaro», «Don Giovanni» y «Così fan tutte»- constituyen una de las cumbres de la historia de la ópera. Las dirige Karl Böhm, un representante de la tradición centroeuropea, contando con lo mejor de las voces germanas de una época: Prey, Fischer-Dieskau, Janowitz, Schreier, Fassbaender...

«Fidelio», de Beethoven, tal vez sea una obra irregular, pero su canto a la libertad puede suscitar acercamientos tan vibrantes como el de Leonard Bernstein. De Rossini, «La cenerentola», una grabación que figura en los anales por la presencia de una gloriosa Teresa Berganza y la dirección incisiva de Claudio Abbado. No abandonamos todavía el belcantismo, ya que Donizetti ingresa en la antología con dos títulos, «El elixir de amor» y «Lucia di Lammermoor». Brilla Bergonzi en el primero, un ejemplo de la forma de hacer del Metropolitan de Nueva York, que dirige James Levine, y que también tiene a Kathleen Battle en uno de sus mejores papeles.

El primer título de Wagner, Tannhäuser, contiene una soberbia interpretación de Plácido Domingo, en el marco de una lectura de sangre caliente de Giuseppe Sinopoli. Por su parte, Lohengrin aporta a uno de los grandes tenores wagnerianos de su momento, Siegfried Jerusalem, y la lírica dirección de Abbado. La grabación de Tristán e Isolda es una de las mejores de la historia. Testimonia el Festival de Bayreuth de 1966, con uno de los trabajos más febriles de Karl Böhm y la ardiente pareja de Windgassen y Nilsson.

El apartado verdiano despega con otro clásico, el «Rigoletto» con Coro y Orquesta de La Scala, un sorprendente Fischer-Dieskau como el jorobado, Bergonzi en el Duque y la eléctrica dirección de Kubelik. «Il trovatore», con Bergonzi, Stella y Cossotto y dirección de Tullio Serafin, representa a la perfección los viejos valores de la escuela italiana. «Un ballo in maschera» y «Aida», en cambio, con Domingo, Bruson, Obraztsova y Raimondi, bajo la responsabilidad de Abbado, suman sus repartos estelares a la analítica e implacable luz emanada desde el podio. Prosigue el hilo conductor de Domingo, no en vano ha cantado más de ciento veinte papeles, en «Los cuentos de Hoffmann», de Offenbach -dirige Ozawa- y Sansón y Dalila, de Saint-Saëns (Barenboim) en retratos apasionados del novelista alemán y del juez israelita.

Sensible y melancólico

Un solo ejemplo de la ópera rusa, Evgeni Onegin de Chaikovski, en una de las grandes versiones de la obra no hechas en su suelo patrio, la de Levine con la sensible Freni y el melancólico Allen en los papeles principales. Puccini cuenta nada menos que con cuatro títulos. El primero, «Manon Lescaut», permite apreciar el arte preciso y milimétrico de Riccardo Muti, que pasa ahora por una mala etapa. El tenor, José Cura, es la punta de lanza de la generación posterior a Domingo. En «La boh_me», dirigida por Votto, sobresale la Mimì de Renata Scotto. «Madama Butterfly» reúne un reparto fundamentalmente español, con Berganza, Carreras y Pons, aunque no hay que olvidar a Freni, en una interpretación dirigida por Sinopoli con total entrega y emoción.

Turandot refulge por la milagrosa Filarmónica de Viena, la suntuosa dirección de Herbert von Karajan y desde luego el luminoso timbre de Domingo. Y siguiendo con Karajan: «Cavalleria rusticana» de Mascagni e «I pagliacci» de Leoncavallo, que el otrora omnipotente músico grabó con los conjuntos de La Scala de Milán. Versiones en las que la batuta desprende una fuerza magnética. El reparto garantiza el drama a la italiana: Bergonzi, Taddei, Panerai, Cossotto... De Richard Strauss, un único título, Salomé, de modernidad perenne, con una portentosa Cheryl Studer en el papel principal y una dirección al rojo vivo de Sinopoli. La colección se cierra con West Side Story, no es una ópera, pero que su autor, Leonard Bernstein, dirigió esta vez como si lo fuera, con voces de esa procedencia: Te Kanawa, Carreras y Troyanos.