Los 20 mejores discos internacionales de 2015

Estos son, para la redacción de ABC, los músicos más destacados de la cosecha pop internacional del año que termina. Sufjan Stevens aparece en primer lugar con su trabajo «Carrie & Lowell»

MADRIDActualizado:

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  1. Sufjan Stevens, «Carrie & Lowell»

    Sufjan Stevens es el primero de la clase este 2015 con su «Carrie & Lowell». Y no es por casualidad. Hace unos años un estudio bastante chusco registró una forzada y provocativa correlación entre las notas de la chavalería estadounidense y sus gustos musicales (exhibidos a discreción vía Facebook). Los «listos» escuchaban, entre otras cosas finas, a este cantautor de Michigan , así que casualidades las justas en este mundo lleno de certezas... terribles. Y a veces hermosas, como consigue este «Carrie and Lowell», que al pincharse (al espíritu receptivo) deja apreciar pequeñas e íntimas canciones muy emotivas, joyas delicadas y fantasmales con sus envolventes coros de ultratumba y la penetrante voz de un artista que a sus cuarenta años ha necesitado contar la intrincada y dura relación con su madre, la Carrie del título, que desapareció de la vida del músico cuando tenía solo un año. Lowell sería la pareja posterior de ella.

    El álbum, «extremadamente triste» en sus propias palabras, se inicia con «Death with dignity». Encima del arpegio que recorre toda la canción dice: «Te perdono». Y concluye: «No nos volveremos a ver de nuevo». Carrie falleció hace tres años. Por ahí entre medias suena la estremecedora «Fourth of july», una última conversación con la madre muriéndose en el hospital por cáncer de estómago. «Sólo estaba interesado en comunicarle mi amor de manera incondicional. Hubo un profundo amor recíproco, fue curativo», confesó el músico a Pitchfork. El tema cierra con un mantra paradójicamente adormecedor: «Todos vamos a morir», repite y repite suavemente hasta el apagón. Antes Carrie, a través de la voz de Stevens, le canta a su hijo: «¿Tuviste suficiente amor, pequeña paloma mía, por qué lloras? Siento si me fui, pero era lo mejor». /JAVIER VILLUENDAS

  2. Kurt Vile, «b´lieve I'm going down»

    Tras juguetear con la psicodelia y las canciones con duración de debate político (diez minutos mínimo) en su anterior «Wakin' on a pretty daze» (2013), Kurt Vile ha recuperado una mayor sencillez y un sonido más apegado e íntimo. Aquí no hay brumas de instrumentos siguiendo el modelo Steely Dan, sino folk y reposados arpegios acústicos. Quizás algo tenga que ver que el ex The War on Drugs compusiera el groso de «B'lieve i'm going down» en soledad y de noche, tras acostar a su mujer e hijos como ha apuntado en alguna ocasión. El resultado es un contundente ramillete de temas que se encuentran entre lo mejor del cantautor y que conecta con la canción tradicional norteamericana. Un viaje que comienza con la guitarra de puro Neil Young de «Pretty Pimpin», con un estribillo tan lánguido y arrastrado como adictivo («the boy in the mee-eerror»). Cualidades que resumen la quintaesencia de la personalidad artística de Vile y brillan con fuerza en temas de la talla de «I'm an outlaw» o «Dust bunnies». Y todo con la tristeza y nostalgia marca de la casa, esas que afloran en «Wheelhouse», bucles sonoros que nunca suenan iguales y se revelan más fascinantes a cada vuelta de noria. / JAVIER TAHIRI

  3. Kendrick Lamar, «To pimp a butterfly»

    Con permiso de N.W.A y el arrollador y muy lucrativo estreno de su biopic cinematográfico, no ha habido este año otro fenómeno en el universo del hip hop capaz de igualar el impacto de «To Pimp A Butterfly», desbordante fresco de sonidos urbanos con el que Kendrick Lamarha plantado bandera en la cima de la música negra. Acompañado por un puñado de colaboradores de lujo -de Bilal a Pharell Williams pasando por Snoop Dogg o Anna Wise-, el de Compton toma impulso desde «good kid, m.A.A.d city», su anterior trabajo, y amplía el radio de acción para picotear del jazz y el funk, ondear la bandera de la crítica airada e invocar tanto a Marvin Gaye y Curtis Mayfield como a 2Pac y Public Enemy. Un trabajo enciclopédico y panorámico con el que Lamar se corona como bisagra entre pasado y presente. / DAVID MORÁN

  4. Alabama Shakes, «Sound and Color»

    Es cierto que Alabama Shakes lo tenía fácil. El cuarteto estadounidense tan sólo debía repetir la fórmula de aquel «Boys & Girls» con el que debutaron y se abrieron camino en la escena internacional, hace tres años, para apuntarse otro tanto. Seguir con esa mezcla de rock y soul bien ejecutado, tan parecido al que ya se hacía a mediados del siglo XX. Pero no. En «Sound & Color» (Rouge Trade/Popstock!), la banda liderada por la irrefrenable y salvaje voz de Brittany Howard ha querido sorprendernos con un quiebro inesperado y valiente, colocando el listón de su segundo álbum muy, pero que muy arriba.

    ¿Cómo? Atando a la fiera un poco más corto para que los orgasmos vocales de la cantante y guitarrista sean aún más eficaces que en su primer trabajo, tanto como para partirnos en dos desde el primer tema, que da nombre disco, y rematarnos con « Gimme All Your Love». Haciendo una música mucho más sofisticada y madura, pero sin perder un ápice de nervio, el suficiente como para poner a bailar a una piedra con « Don’t Wanna Fight». Estamos ante un grupo en absoluto estado de gracia. Sonando tanto a Lynyrd Skynrd y Neil Young, como a Otis Reading y Sam Cooke, pero en el siglo XXI. Con una Brittany a la que le sobra carisma para, dentro de unos años, ganarse un hueco en el Olimpo de la música negra. Arriesgar… para convertirse en una apuesta segura. Ahí está el secreto. / ISRAEL VIANA

  5. Algiers, «Algiers»

    Después de tres años de lenta destilación, Algiers presentó el que es uno de los discos más brillantes de 2015. El álbum homónimo del trío repartido entre Londres y Nueva York nos introduce en su universo personal, un sitio sombrío e inabarcable en que las alusiones a la esclavitud y el colonialismo se funden con una amalgama de referencias que abarca estilos como el góspel, blues, soul y música electrónica y que, reinterpretados por la prodigiosa voz de Franklin James Fisher y la asombrosa capacidad de asimilación de la banda, logran una nueva naturaleza.

    No existe más orden que el propio afán de subvertir cualquier tipo de convencionalismo y, de paso, lanzar alguna «perlita» contra el sistema. «Blood» es un canto religioso contra la alienación en el que cielo e infierno se confunden, el «working class hero» de los que creen que solo existen villanos («toda nuestra sangre es en vano», nos repite James Fisher). Y es, precisamente, esa complejidad y superposición de estructuras la que genera una densidad a veces difícil de digerir (la disonante «Claudette» o las dos pistas finales del disco, «In Parallax» y «Untitled»).

    Algiers tiene mucho de -por así decirlo, con el tono petulante que tanto repudian- un «activismo post-activista», de una canción protesta sin pretensiones en la que se pueden distinguir, de fondo, los versículos apocalípticos de Nick Cave & The Bad Seeds y la procesión de espectros de la música afroamericana del pasado siglo («somos tus errores por descuido, somos los espíritus que has reclutado, somos los despojos», cantan en Remains). ¿Gospel post-punk? ¿Noise rock protesta? Lo mejor, olvidar las etiquetas y visitar su página web, que ofrece una buena panorámica de sus ideales políticos y culturales/ LUIS M. ONTOSO

  6. Father John Misty, «I love you, honeybear»

    Todo en el carismático personaje creado por Josh Tillman bajo la apariencia de Father John Misty está cubierto por una fina película de ironía. Una máscara que apenas logra ocultar una sinceridad conmovedora. Nada es lo que parece. Mientras sus letras se sirven del humor para reflejar situaciones personalísimas, su música se cubre de ampulosos arreglos orquestales que arropan emociones íntimas. Historias nocturnas de amor y excesos con el desplome de la economía de fondo se suceden bajo las luces de Los Angeles y ante la atenta mirada de californianos ilustres como Randy Newman y Harry Nilsson, grandes influencias. Tillman se ríe de su (nuestra) desnudez e invita al oyente a unirse a la carcajada. Su cristalina voz actúa de perfecto cauce para la delicada belleza de «I went to the store one day» o «Chateau Lobby #4», mientras que las risas enlatadas quitan dramatismo (o lo aumentan) a la denuncia de «Bored in the USA», guiño a Bruce Springsteen incluido. La propia biografía de Tillman parece en cierta forma una parodia. Batería de los hippies Fleet Foxes, dejó el grupo en 2012 cuando este se encontraba en su cima. En su lugar, se embarcó en un road trip revelador desde Seattle al Big Sur californiano con hongos alucinógenos de por medio que lo llevó a conocer a su actual esposa, la directora y fotógrafa Emma Tillman. De estos mimbres sale «I love you honeybear» como una majestuosa oda nada convencional a su relación. Es probable que esto sea irrelevante ya que, como reflexiona en la lennoniana «Holy shit», «quizás el amor solo sea una economía basada en la escasez de recursos». Pero solo quizás. / J. TAHIRI

  7. Julia Holter, «Have you in my Wilderness»

    A lo largo de su carrera, Julia Holter ha sido capaz de crear un universo propio e intransferible, con el que juega y experimenta en cada una de sus entregas. «Have You In My Wilderness» (Domino), su cuarto trabajo, tiene un aire más pop que los anteriores, pero sigue esa línea intimista y preciosista, con esos arreglos barrocos y esos giros sorprendentes. Cada canción es un paisaje sonoro diferente que transita por sentimientos, por lo general, nostálgicos, aunque también hay momentos más exultantes. Enigmática, literaria y elegante, la californiana no abandona la vanguardia ni esa belleza que parece flotar entre las notas, pero nos ofrece un álbum más accesible. Impoluto. / P. M. PITA

  8. Belle and Sebastian, «Girls in peacetime want to dance»

    No nos engañemos. Enfrentarse a un nuevo disco de los de Glasgow en pleno 2015 provocaba cierta fatiga, puede que incluso crónica. No es que el previsible «Write About Love», publicado hace ya un lustro, fuera un desastre total, pero tenía el tono amarillento de una polaroid desgastada. Instantáneas difuminadas de un autocompasivo pasado feliz. Pero, oh, sorpresa, «Girls in Peactime want to dance» es cualquier cosa menos formulario. Ramalazos ochenteros, trallazos italo disco, guiños a Ray Davies, delirios balcánicos, mecánica kraftweriana, Abba en el Jukebox, baladas narcóticas... Stuart Murdoch y compañía disparan con inesperado entusiasmo en múltiples direcciones, y aunque en alguna ocasión se apuntan directamente al pie, acaban bordando un «electronic reinnasence» disruptivo y disfrutable al cien por cien (bueno, o al 89,7%). Me siento rejuvenecer. / F. PÉREZ

  9. Songhoy Blues, «Music in exile»

    A finales de agosto de 2012, la vida de Garba, Aliou, Oumar y Nathanael cambió para siempre. «Nosotros, los muyahidines, prohibimos la radiodifusión de cualquier música desde hoy. Hemos informado a todos los propietarios de las emisoras que no queremos música de Satán», decía el mensaje de radio con el que se despertaron estos cuatro veinteañeros del norte de Mali. Ciudades como Gao, Tombuctú y Kidal acababan de ser conquistadas por los extremistas islámicos de Ansar Dine y ellos, que se divertían tocando en las calles por separado, tuvieron que coger sus instrumentos, hacer el petate y huir a Bamako antes de que aquello les costase la vida. Allí se conocieron y decidieron empezar a hacer canciones, bajo el nombre de Songhoy Blues, para contar las experiencias de los desplazados.

    Su punk-blues arenoso llamó la atención de estrellas como Brian Eno, Damon Albarn (Blur) y Nick Zimmer (Yeah Yeah Yeahs), que les ayudaron a grabar su primera canción, « Soubour», un crudo tema de rythm & blues eléctrico con aires africanos. Aquello les abrió las puertas de algunos festivales europeos. Después grabaron este primer disco, « Music in Exile» (música en el exilio), publicado por Transgressive Records. Un álbum elogiado rapidamente en todo el mundo, que recibió críticas positivas de medios como «The Guardian» o «NME», y que ha entrado por derecho propio en el ránking de ABC. Si aún no has descubierto su groove hipnótico, con influencias de la música que escuchaban antes de la imposición de la Sharía (Jimi Hendrix, Beatles o John Lee Hooker), pero retorcida por los ritmos africanos, no sé a qué esperas. No cabe duda de que te sorprenderá. / ISRAEL VIANA

  10. Pops Staples, «Don’t lose this»

    Si de verdad la música tiene que ser alimento para el espíritu y bálsamo sanador, no ha habido este año un disco más reparador y reconfortante que «Don’t Lose This». Basta con pinchar «Friendship», con esa guitarra algodonada y es voz hecha de terciopelo, para que a uno le den ganas de quedarse a vivir en este disco que empezó a gestarse ahora hace quince años. En realidad, no hablamos de una novedad en sentido estricto, sino de un puñado de grabaciones que el patriarca de The Staples Singers dejó inconclusas antes de morir en diciembre de 2000 y que su hija Mavis y el líder de Wilco, el inquieto Jeff Tweedy, han completado y publicado este año a partir de las grabaciones originales. El resultado, comandado siempre por esa guitarra temblorosa con la que Pops electrizó el gospel primero y pellizcó el soul después, es un soberbio ejemplar de música desnuda y emociones esenciales: del traqueteo de «Somebody Was Watching» al guiño final a Bob Dylan con «Gotta Serve Somebody», «Don't Lose This» es un trabajo al que no le sobra ni un acorde ni una coma. Un disco en el que blues, follk y gospel se funden suavamente al calor de un voz capaz de limar cualquier aspereza. Una maravilla,vamos. / D. MORÁN

  11. Del 11 al 20

    11. Jason Isbell, «Something more than free»

    12. Villagers, «Darling Arithmetic»

    13. Benjamin Clementine, «At least for now»

    14. Natalia Lafourcade, «Hasta la raíz»

    15. Sleaford Mods, «Key Markets»

    16. Richard Hawley, «Hollow Meadows»

    17. Blur, «The Magic Whip»

    18. Tame Impala, «Currents»

    19. Titus Andronicus, «The Most Lamentable Tragedy»

    20. Beach House, «Depression Cherry»