Carlos Álvarez, en el teatro de La Zarzuela
Carlos Álvarez, en el teatro de La Zarzuela - matías nieto

Carlos Álvarez: «La ciencia, la cultura y la educación deberían ser cuestión de Estado»

El cantante malagueño regresa hoy al teatro de La Zarzuela, en el que debutó hace veinticinco años

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Vuelve hoy Carlos Álvarez al teatro de La Zarzuela, el lugar donde, hace veinticinco años debutó como protagonista en una recordada producción de este coliseo. No cantaba en su escenario desde 2006, cuando participó en la gala del CL Aniversario del teatro. Lo hace hoy en una producción semiescenificada de la zarzuela «La marchenera», de Federico Moreno Torroba, con direccion musical de Miguel Ángel Gómez Martínez y dramaturgia de Javier de Dios. «Cuando me lo propusieron, no dudé», asegura con su cálida e imponente voz el barítono malagueño, uno de los grandes nombres de la ópera internacional. Atrás ha quedado la lesión en sus cuerdas vocales que le mantuvo un tiempo alejado de los escenarios, y que hizo peligrar su carrera.

-¿Qué queda del Carlos Álvarez de hace veinticinco años?

-Creo que sigo siendo el mismo. Mi actitud ante el trabajo no ha cambiado. Siento que todo lo que me ha pasado, lo que me pasa, es un regalo, y considero que la mejor actitud es siempre mantener el afán de las primeras inquietudes. Y yo las mantengo veinticinco años después; sobre todo porque la experiencia me ha permitido reafirmarme, al tener que rehacerte tras un revés como fue mi enfermedad.

-¿Exactamente qué tuvo?

-Una displasia severa del epitelio que recubre la cuerda vocal derecha. Es una alteración celular que está en el límite del cáncer de laringe. La situación era grave. No se produjo por un exceso de trabajo o una mala elección del repertorio. Le puede suceder a cualquiera; yo tuve la suerte de ser cantante y de darme cuenta enseguida.

-¿Cómo lo notaba?

-Tenía disfonía, no podía cantar el registro más agudo y tenía una enorme fatiga vocal; nunca antes lo había experimentado.

-¿En esos momentos que le preocupaba?

«Algún momento de desaliento tuve, por lo lento del desarrollo»

-No había riesgo vital, en ese sentido estábamos muy tranquilos. Pero claro, cuando te dicen, después de veinte años de carrera, que tal vez no puedas volver a cantar, empiezas a pensar en cuál podía ser la salida... Pero había posibilidades de volver a trabajar, y decidí intentarlo. Mi familia me dio su apoyo, y también encontré la colaboración de los teatros, que confiaron en que yo pudiera volver. Algunos -la Ópera de Viena, el Liceo- siguieron contratándome a la espera de cómo evolucionara. Fue un piropo precioso y un aliciente para seguir trabajando.

-¿Siempre fue optimista sobre su regreso?

-Algún momento de desaliento tuve, sobre todo cuando me probaba y veía lo lento del desarrollo. Pero lo más frustrante fue cuando me dijeron que era posible que no pudiera cantar más. El trayecto desde Málaga, donde estaba la consulta del médico, a Sevilla, donde vivo, lo hice conduciendo: no tengo recuerdo de ese trayecto, de lo ensimismado que iba.

-¿Cómo fue la vuelta al escenario?

«Mi regreso al escenario fue muy emocionante»

-Muy emocionante. Fue con «Don Giovanni», en la Ópera de Viena, en noviembre de 2009. Pero un año después, ensayando «Attila» en Nueva York, tuve que cancelar porque la lesión se había reproducido. Me tuve que operar dos veces más, y la vuelta definitiva fue en mayo de 2011, en Bilbao, con un concierto en el Arriaga; fue quizás mucho más emocionante, porque ya no era un simple accidente, y tenía conciencia de la gravedad. En la última revisión los médicos, que son mis amigos, me abrazaron y me dijeron que era como si la lesión no hubiera estado ahí. Y me conmueve que, con todo el tiempo que ha pasado, la gente me siga preguntando cómo estoy. Eso es precioso.

-¿Tuvo que aprender a cantar de nuevo?

-Eso fue exasperante, porque pensaba: “yo sabía cantar, ¿por qué me sucede esto?” Pero es que al tocarse la cuerda vocal, necesitaba una rehabilitación, que me sirvió también para enfrentarme con la realidad de lo que podía o no podía hacer.

-Tener las puertas abiertas de los teatros habrá sido una satisfacción...

-Yo lo que hice fue ponerme a la cola de los que estaban pidiendo trabajo porque los teatros seguian teniendo su programación. Todo esto sucedió cuando estalló la crisis. Y después de ponerme a la cola, ya empezaron a contar conmigo. La complicidad de los teatros ha sido un gran aliciente y ha resultado fundamental.

-Habla de la crisis. No existe la percepción de que a la ópera le haya afectado.

«Én la ópera se puede correr el riesgo de vivir cinco centímetros por encima de la realidad»

-Én la ópera se puede correr el riesgo de vivir cinco centímetros por encima de la realidad. Pero si miras alrededor, sí se vive. Algunos de nosotros somos unos privilegiados, pero la mayoría no. Hay colegas que se plantean no pagar la tasa de autónomos -la mínima son 263 euros al mes-, porque necesitan ese dinero para sobrevivir. Y hay algo que sucede sobre todo fuera de España, y es que al firmar el contrato ya te advierten que no cobrarás al menos en un año. Eso supone que el cantante tiene que hacer una inversión para poder trabajar y luego cobrar. Y eso no es justo. Supone un desprecio a toda una profesión. Hay ciudades y pueblos que siguen haciendo programación a costa de los profesionales.

-Siempre ha sido un hombre socialmente comprometido. ¿Su enfermedad le ha hecho serlo más?

-Al aparecer la lesión, tenía más tiempo para dedicar a estas labores solidarias. Pero me habría gustado poder ayudar a la profesión, y me da la sensación de que es muy difícil.

-¿Por qué?

-Se ha intentado crear un sindicato de cantantes, y no ha madurado la iniciativa. Y no existen unas coordenadas sobre las que establecer las reglas del juego, para los cantantes y para los que nos contratan; y mientras eso no exista, mientras mayor sea la desregularización, más difícil lo tendremos. En ese sentido me hubiera gustado ayudar más, y estoy dispuesto a dar la cara por esta iniciativa. Debemos establecer unas reglas específicas, que no existen. En EE.UU. hay que firmar el contrato a través de ACMA, el sindicato de los cantantes, y, si no, no puedes trabajar. En nuestro país habría que buscar una situación así. No para los que, como yo, somos unos privilegiados, que trabajamos aquí y allá, sino para la gente que desarrolla su trabajo sobre todo en España. Pero en el mundo de la ópera no hemos sido capaces de unirnos de verdad, y mientras no pongamos nosotros toda la carne en el asador no va a haber nadie que lo haga.

-¿Y esto tiene que venir de abajo, o es responsabilidad de los cantantes que están en la «élite»?

-Tenemos que ser nosotros porque tenemos una mayor capacidad de réplica. Se deben crear unos estándares de actividad, de respeto por los cachés... Sin llegar al exceso, porque en el teatro tiene que existir una flexibilidad. No es un asunto fácil, y el problema fundamental es que la relaciones profesionales son siempre individuales.

-Usted viaja mucho. ¿Cuál cree que es la percepción de España?

-El problema de la corrupción ha sido muy evidente y ha dañado nuestra imagen. Si alguna vez somos capaces de pasar esa página, posiblemente podamos sacar la cabeza, por que hay mucha iniciativa y mucha competencia. Dos elementos cruciales para nuestro país son precisamente el desarrollo científico -I+D+I es importantísimo- y el enclave cultural como elemento de evolución económica (y cuando hablo de cultura hablo también de educación, no pueden separarse). Y podemos ser una potencia en este sentido. Pero para eso las decisiones deben ser tomadas por consejos profesionales. Las dos deberían ser cuestiones de Estado, y estar por encima de la disputa política, no depender de los cambios de legislatura. Pero no lo conseguimos. Los reinos de Taifas siguen manteniéndose, y cuando alguien consigue una cuota de poder, la intenta mantener a toda costa. España, como escribió mi amigo Pedro Mari Sánchez, no es un país de Quijote sino de Lazarillos de Tormes. Los héroes son los pillos.