Van Morrison en un momento de su actuación en Barcelona
Van Morrison en un momento de su actuación en Barcelona - INES BAUCELLS

Van Morrison, magia negra en el Liceo

El músico irlandés firma en su concierto en Barcelona una nueva exhibición exprimiendo blues y soul

david morán
Actualizado:

El día más triste del año, lluvia incesante incluida, no parece el más indicado para sumergirse en la melancolía otoñal de Van Morrison pero, bien pensado, si de algo es capaz el irlandés es de doblegar cualquier emoción y amansar con sus canciones el más aciago de los estados de ánimo. En esas estaba anoche Morrison, vigilando de reojo a su poderosa y maleable formación de apoyo y acunando con su saxo la suave melodía de «Celtic Swing», cuando quedó claro que el de Belfast había venido al Gran Teatro del Liceo de Barcelona dispuesto a arrancarle una sonrisa de satisfacción al temido «Blue moday» y borrar de un plumazo cualquier amago de tristeza.

Más o menos lo mismo que ya hizo hace algo más de un año en idéntico escenario, aunque con un ligero cambio de guión. Así, si en diciembre de 2013 se dejó llevar por el blues y el jazz, anoche aligeró la carga con zarpazos de ryhtm’n’blues y ahondó un poco más en su pasión por el soul. Un paseo panorámico de algo más de una hora y media alrededor de su propia trayectoria en el que «Born To Sing: No Plan B», su último trabajo, apenas asomó la cabeza -solo «Close Enough For Jazz» se dejó ver sobre el escenario- para dejar paso a un repertorio plagado de gemas y clásicos ennegrecidos.

Atrapado por su propio personaje, Van Morrison hace tiempo que desterró al tipo gozoso y pletórico que grabó «Moondance» para convertirse en un ceño fruncido emparedado entre un sombrero y unas gafas de sol, pero nada de eso importa demasiado cuando aparece en el escenario y empieza a deshilachar blues, jazz y soul para hacerse un ajustado e impecable traje a medida.

Conciertos impecables

Sigue sin saludar ni charlar con el público -anoche se limitó a dar las gracias antes de esfumarse- e incluso amagó con abroncar a sus músicos por tocar demasiado rápido «Days Like This», sí, pero, a cambio, sus apariciones son sinónimo de fiabilidad y conciertos impecables. El de anoche, el único que tiene contratado en España este año, no fue ninguna excepción, y Van Morrison sacó a pasear una vez más su colección de caricias, enseñó las garras y demostró que su voz inflamada aún puede plantar cara con gran solvencia al paso del tiempo.

Al irlandés, es cierto, se le puede afear cierta racanería a la hora de despachar clásicos tempranos e incluso habrá quien detecte cierto automatismo en su maestría escénica, como si el piloto automático ya fuese suficiente para meterse al público en el bolsillo, pero hace falta un toque de magia para reforzar la conexión jazz de «Moondance» y «Brown Eyed Girl», enmudecer al Liceo con las pletóricas «I Can’t Stop Loving You» y «Open The Door To Your Heart» y pasar del arrebato de «Baby Please Don’t Go» y «Cry Cry Baby» al gozoso pop de «Whenever God Shines His Light» y la lección maestra de «In The Garden».

Magia negra servida por un huracanado Van Morrison que arrancó serio y adulto, disimulando a costa del jazz, y acabó chapoteando en el blues del Delta, exprimiendo su armónica y saliendo de escena disparado mientras la banda echaba el resto con una volcánica versión del «Gloria». Otra noche de etiqueta negra. Otro triunfo, uno más, de un Van Morrison que, a un paso de los setenta, se las sigue ingeniando para brillar a lo grande.