Daniel Barenboim: «La música es todo lo contrario del elitismo, es algo universal»

Estará con la Estatal de Berlín los días 5 y 6 en Madrid (Auditorio Nacional) y el 7 en Barcelona (Palau de la Música) con obras de Strauss y Elgar

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La agenda de Daniel Barenboim (Buenos Aires, 1942) debe ser similar a la de un jefe de Estado. Un día viaja a Milán para un recital en la Scala y al otro se pone a preparar sus conciertos en Madrid y Barcelona. Con 71 años, este director mantiene viva la ambición y el perfeccionismo: «Lo que hayas hecho ayer no vale nada. Tienes que volver a empezar cada día, porque el sonido es efímero».

—¿Cómo afronta sus próximos conciertos en Madrid y Barcelona con la Estatal de Berlín?

—Espero hacerlo bien porque es un programa excelente. Las dos obras de Strauss tienen una conexión íntima muy importante y la sinfonía número 2 de Elgar es una obra maestra que se toca bastante poco. Estoy muy agradecido al público español porque me sigue con expectación, me ha hecho un gran regalo de fidelidad y quiero presentar esta sinfonía para ellos.

—Hace unos días celebró el 50 aniversario de su debut al piano con la Filarmónica de Berlín. ¿Cómo se festeja un cumpleaños de estas características?

—Yo lo celebro tocando (ríe). Realmente fue para mí un placer enorme tocar con ellos para cerrar algo que nos une desde hace tanto tiempo. Porque además conseguimos unir a varias generaciones de músicos, fue una ocasión muy emocionante.

—El concierto se pudo seguir por 160 salas de cine de toda Europa. Un seguimiento a la altura del concierto de Año Nuevo.

—Sí, eso es algo que me agrada pero que no cambia mi forma de tocar.

—Usted es amigo de Zubin Mehta, que hace unos días dejó el Palau de Les Arts de Valencia molesto por la escasa financiación.

—Aunque desconozco cuál ha sido la situación en Valencia, sé que Mehta es un gran director, un gran músico que ha hecho muchísimo para la vida musical en la comunidad valenciana. Él puso en el mapa ese teatro.

—Usted está considerado uno de los mejores directores del mundo, si no el mejor, ¿supone esto una presión añadida por cumplir con lo que esperan de usted?

—En primer lugar, yo no me considero el mejor. En segundo lugar, tampoco creo que todo el mundo me considere a mí como el mejor director, pero para mí sí es una fuente de mucha felicidad tener la lealtad del público durante tantos años. Que la gente venga a verme tocar, eso es lo que me llena realmente de alegría. Yo me pongo delante del espejo todas las noches y no pienso que soy el mejor.

—Después de tanto tiempo, ¿cómo hace para mantener la ambición y el perfeccionismoen su trabajo?

—Yo hago todo lo que me apasiona, las cosas que me interesan o me parecen importantes... Y en ocasiones las tres cosas juntas. Para ser feliz en este mundo no se pueden poner condiciones. La palabra si, entendida como condicionante, no debería existir. No se puede decir yo sería feliz si... Yo tengo la gran fortuna de tener buena salud, de haber tenido unos padres inteligentes y yo disfruto enormemente de lo que hago. Les estoy muy agradecido de que lo que hago sea reconocido.

—¿Lee la prensa el día después de un recital o un concierto?

—No, porque cuando yo tenía ocho años toqué un concierto de Mozart con orquesta en Buenos Aires y había principalmente dos periódicos, «La Nación» y «La Prensa». Uno de ellos escribió que desde Mozart no había habido un niño como ese chico como yo que acaba de tocar. Y el otro escribió que era un crimen dejar tocar a un niño así más aún si no tenía talento. Como las opiniones pueden ser tan diferentes, cada uno debe elaborar la suya.

—En una ocasión anterior dijo que «no se da a la gente los instrumentos necesarios para conocer la música clásica». ¿Cree que está condenada a ser olvidada y a perder financiación?

—Lo que hay que hacer es darse cuenta de que el problema es la falta de educación. Hay que enseñarlo en las escuelas como se aprende literatura, biología o matemáticas. Es extraordinario que haya tantos millones de personas que van a la ópera a los conciertos y no han tenido la oportunidad de aprender algo sobre la música. Porque la música interesa un porcentaje muy bajo porque no se enseña. Los gobiernos están haciendo una cosa elitista de algo que es para todo el mundo. La música es todo lo contrario de elitismo, es universal, sin diferencia de color de piel ni de posición política ni nada de eso. Hace falta la educación y cuando haya eso todo irá mucho mejor.

—Después de tanto tiempo dedicándose a su profesión, ¿cómo ha cambiado la música clásica y cómo ha cambiado usted musicalmente hablando?

—Espero haber mejorado un poco (bromea). Lo que he aprendido es que la gran ventaja de hacer música es que se empieza todos los días de cero. Lo que hayas hecho ayer no vale nada, tienes que volver a empezar porque el sonido es efímero. La música nos da la oportunidad de partir de cero pero con nuevos conocimientos, y eso es lo que me hace feliz.