«Ocaso de los dioses»: A falta de pan... escándalo para la historia
«Ocaso de los dioses», la última pieza del ciclo de ópera de Wagner «El Anillo del Nibelungo», dirigida por Frank Castorf - efe
Festival de Bayreuth

«Ocaso de los dioses»: A falta de pan... escándalo para la historia

La última pieza del ciclo de ópera de Wagner dirigida por Castorf también cosecha un colosal abucheo

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El Festival de Bayreuth registró, al término del «Ocaso de los dioses», cuarta parte conclusiva del ciclo de «El anillo del Nibelungo», un colosal abucheo con ribetes antológicos, debido al comportamiento del responsable de la puesta en escena, Frank Castorf, desde hace 30 años genial descuartizador de piezas teatrales.

Al salir el director del «Volksbühne» berlinés a saludar, flanqueado por su equipo escénico, y producirse el abucheo, adoptó una actitud despectiva hacia el público con gestos burlones provocativos, por ej., tocándose con ambos índices las sienes, indicando: «sois unos memos» (también aquí: genio y figura). Eso enardeció la protesta, vuelta masiva, total.

Permanecía en el proscenio, aparentemente impasible, y señalaba el reloj, mostrando que tenía tiempo. Le indicaron que se retirara, porque la orquesta esperaba en el escenario. Rehusó y abrieron el telón. El abucheo se trocó en clamor de vítores, reconvertido nuevamente en protesta cuando retornaba Castorf. Así, durante diez minutos. En la reseña anterior de «Sigfrido» quedaron señalados ya los motivos del enfado del público. En ciertos pasajes capitales Castorf ridiculiza la obra, y en esto Bayreuth no perdona.

Ajuar escénico

La acción está ubicada en Alemania Oriental, patria de Castorf donde fracasa la utopía socialista, y Nueva York. La escenografía es un constructo giratorio con cuatro decorados utilizados en los tres actos.

Una imaginaria capilla de Erda de culto vudu y encima una caja de escaleras metálicas; un traspatio de suburbio con chiringuito, adosado a un edificio en ruinas; una angosta escalera intermural (cita del «Acorado Potemkin») contigua a un ofuscante letrero luminoso de productos químicos y, finalmente, la fachada de la Bolsa de Wall Street, empaquetada al estilo Christo con un toldo blanco, sobre el que se proyectan aleatoriamente vídeos, que es descubierta en la escena final. El caraván metálico de Nibelheim, ahora habitáculo de la pareja protagonista, el gogomóvil de Gutrune, el mercedes descapotable de las ninfas vampiresas y una pila de bidones completan el ajuar escénico.

Cantantes protestados

El nivel musical, inferior a «Sigfrido», incluso en el foso. Kirill Petrenko, menos mágico, relajó el control decibélico y cubrió a veces a los cantantes, quienes, exceptuado el trío de ninfas, estuvieron en general poco afortunados.

C.Foster (Brünnhilde), la más aplaudida, con voz estrecha se reservó hasta el monólogo final. A.Oakes (Gutrune) y A.M.Buhrmester (Gunther), discretos; más impetuosos M.Winkler (Alberich) y C.Mahnke (tremolada Waltraute). Hagen no es papel para Attila Jun, parco de volumen, emisión forzada y sin la perversidad connatural al personaje. Lance Ryan, áspera la voz, mantuvo una línea de canto desigual, poco matizada y estridente, que le reportó bastantes y persistentes muestras de desagrado, más que a Jun, únicos cantantes protestados.

Esta 14ª escenificación de «El anillo del Nibelungo» no existió como bloque unitario, sino como sucesión inconsecuente de episodios aislados. En la época del relativismo, alérgico a dogmas o principios, la concepción wagneriana de la tetralogía como cosmovisión explicativa del mundo, en el sentido de las fuerzas o impulsos que mueven la sociedad (riqueza-poder, amor-odio, etc. ), no podía constituir una hipótesis de trabajo escénico para el corifeo iconoclasta del Regietheater.

Sustituye el oro por el petróleo y lo enmarca en el conflicto Este-Oeste. Un plan realmente impracticable, pues la partitura –intocable- sigue otros derroteros. La inclusión de un surtidor de gasolina, una bomba de varillas, el letrero de una fábrica de plásticos o unos bidones de nafta no reemplaza válidamente el mito o cosmovisión wagnerianos que cohesiona la tetralogía. La carencia de una idea maestra subyacente, más la acumulación de elementos deconstructivistas superfluos, desvirtúan y fragmentan el ciclo en una variopinta sucesión de subescenas inconexas, a veces dramáticamente insulsas o de tipo revisteril.

El resultado: la aglomeración incoherente de cuatro óperas, presuntamente ilustrante de la historia del oro negro con etapas en Texas, Azerbaiyán, Alemania-Oriental y Nueva York. Eso sí, el envoltorio escenográfico creado por Aleksandar Denic es magnífico, una pura delicia, como sobresaliente fue la labor orquestal del futuro director de la Ópera Estatal de Munich. A la postre, lo realmente novedoso del montaje residiría en «descubrir» en el carácter de Siegfried una brutalidad cruda y una agresividad sexual hasta ahora desconocidas. Muy poco para tanto ruido.