El «Sigfrido» de Castorf, abucheado en Bayreuth
Estreno de «Sigfrido», de Frank Castorf, ayer en Bayreuth - efe
ópera

El «Sigfrido» de Castorf, abucheado en Bayreuth

La versión dadaísta del director alemán Frank Castorf colma la paciencia del público en el templo wagneriano

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Castorf ha vuelto por sus fueros. Y a su afición preferida: la provocación descarada con ironía y sarcasmo. En el sancta santorum wagneriano, por mustio que este esté, se permitió chotearse, esa es la palabra, de escenas y cantos legendarios que gran parte del público, desplazado expresamente para ello, desea contemplar en interpretaciones probas y fieles.

La escenografía, grandiosa, se atiene al mismo esquema de jornadas anteriores, o sea, una plataforma giratoria con dos decorados, sujetos a ligeras variaciones. El primero es el roquedo de un Mount Rushmore comunista, con las descomunales testas de Marx-Lenin-Stalin-Mao. El segundo, presenta la céntrica Alexanderplatz de Berlín-Oriental, años 60.

Castorf no escatima excursus y exabruptos surrealistas y simbólicos. El enano Mime, por ejemplo, golpea desesperado con un martillo el busto de Marx, cosa que hará después Siegfried con el de Stalin, quizá como indicio de que también estos nuevos dioses serán derribados.

La inexistente forja de la espada Notung tiene un resultado dual: un kalashnikov y un espadón salido de la nada. La escenificación y desarrollo escénico del primer acto es esencialmente convencional y sólo castorfiano en lo accidental: ídolos comunistas, oso-títere humano, kalaschnikov, etcétera. El público pareció entenderlo así y lo despachó con bravos, no muchos pero sonoros, y abucheo, poco y débil.

Lascivos cocodrilos

La inclusión masiva de aleatorios aditamentos sarcásticos desequilibró los actos siguientes, carentes de línea dramática, y provocó dos clamorosos abucheos, sin paliativos. Por una parte, la cruda brutalidad del Siegfried fusilero. Abate a Fafner con una atronadora ráfaga de kalashnikov, que difundió olor a pólvora por toda la sala, luego se ensaña con Mime, vaciando sobre el cadáver una bolsa de basura, y después como macho bravío asalta precisamente a la joven cantarina que le puso en la pista de Brünnhilde.

Por la otra, en el tercer acto, la caracterización de Wotan y Erda como dos degenerados burgueses ebrios, tirados por el suelo empapados de vino, y, finalmente, el ridículo surrealismo de todo el cántico amoroso final. Siegfried expresa cantando su encendida pasión, pero rehúye desganado, sin apenas mirarla, a su ardorosa amante ya con traje de novia, mientras que al lado, como contrapunto, se aparean lascivos dos grandes cocodrilos.

Luego, uno se acerca a Siegfried,que le da por bocado una sombrilla de sol, y el otro engulle a la emplumada bailarina carioca (pájaro del bosque). Durante el extático dúo amoroso Siegfried, concentrado en el cocodrilo, lanza bolitas de pan en las fauces del animal. Estas y otras trasnochadas acotaciones de corte dadaísta colmaron la paciencia del público. Si al final Castorf sale a saludar, lo que no ha hecho nunca, al parecer por consejo de Katharina Wagner, la sala se viene abajo.

La prestación musical vocal fue notable; la orquestal, sobresaliente. Kirill Petrenko se afianza como la estrella de este «Anillo». Su batuta no pierde el control, sabe ser intimista y al segundo siguiente hacer estallar la orquesta en erupciones dinámicas moduladas con primor. Impolutas la trompa y el corno inglés en los solos del segundo acto. Celestiales las irisaciones cromáticas de la cuerda en el despertar de Brünnhilde (C.Forster), límpida en la mezzavoce, firme y clara en los agudos. Conmovedor el Fafner moribundo de S.Coliban. B.Ulrich (muy aplaudido Mime) con canto ágil, dinámico y comediante. Lance Ryan (Siegfried) con voz bien dispuesta y timbrada, mantuvo el vigor hasta la eclosión final. Robustos G.Koch (Wotan) y M.Winkler (Alberich); cristalina y seductora M.Hagen (pájaro del bosque).

«Nunca me ha interesado la completa armonía», asevera Castorf inmutable. «Es posible narrar una historia de una forma diferente: más compleja, tal vez incluso más precisa, sin violar el original. Y eso es lo que estamos tratando de hacer aquí, lo que Wagner denominaba terrorismo artístico». Por tanto, éste proseguirá ya sin rumbo... en Wall Street.