La realidad de María de Alvear
Un momento del estreno de la obra de María de Alvear, en Cuenca - santiago torralba
crítica

La realidad de María de Alvear

Actualizado:

La Semana de Música Religiosa de Cuenca prosigue su veterano transcurrir dispuesta a superar el tiempo y el espacio. Más aún, en su 52ª edición apenas muestra la huella de la precariedad a la que tan amablemente invitan las circunstancias. Desde el 23 al 31 de marzo presenta 19 conciertos, 2 liturgias, a 24 solistas, 9 directores y sus agrupaciones, 11 coros y 3 estrenos; una programación de calidad con especial inclinación al repertorio franco-flamenco de los siglos XVI y XVII, y a músicos y agrupaciones de la región de Flandes que es la invitada de honor.

Cuenca tiene fortaleza para mantener las señas de identidad, entre muchas otras la de vincular la creación actual a la singularidad de estas fechas entendidas desde una perspectiva espiritual antes que dogmática. Gracias a ello han sido muchos los creadores contemporáneos que han tenido sitio allí. Tal es el caso de María de Alvear, madrileña de origen, alemana de crecimiento y vitalista por principio, cuyo «Magna Mater» se ha estrenado en la Iglesia de la Merced convertida ahora en biblioteca del Seminario Mayor San Julián.

Enérgico mantra

El lugar no es casual, pues en el libro está la metáfora de un «cuento sobre la temporalidad» en el que no falta lo solemne del homenaje según invoca la distribución por el transepto de dos coros, la Escolanía Ciudad de Cuenca, dirigida por el también solista Carlos Lozano, y el femenino Ars Choralis Coeln, además de un grupo instrumental, dirigidos por Carlos Cuesta. Desde ahí la tensión que surge por proliferación del registro agudo de las voces con textos en tres idiomas y uno inventado, y la redundancia de varios elementos que dan a la obra una apariencia de energético mantra, de mensaje abstractamente narrativo, en el que conviven gestos de cierta radicalidad con ecos reminiscentes de músicas litúrgicas.

Pero la tensión tiene su armonía, según explica el vídeo de Ana de Alvear que aquí se sincronizó sobre el retablo, lleno hasta media altura de anaqueles. Sobre ellos se visualizó su incendio, la lenta proliferación de una amable vegetación, el suave transcurrir del cielo, el cruzar despistado de peces… Se vio e imaginó: previamente, la autora había presagiado que «en el vídeo los libros sobreviven a las heladas y a las inundaciones». Luego, durante el concierto, una tormenta volvió locas a las luces de la cúpula que se encendían sin control. No siempre es fácil domar la naturaleza.