LUGAR DE LA VIDA

Benín

Como si una madre dividiera la finca para sus hijos, quedando tiras alargadas de tierra, así es Benín

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Como si una madre dividiera la finca para sus hijos, quedando tiras alargadas de tierra, así es Benín, en la redondez de África, un país largo y estrecho como una cerilla. Se compensa su forma de pasillo, con su situación en una de las curvas del Golfo de Guinea formando la bahía de Benín, y con su trocito de océano azul antes de subir en vertical hacia una tierra que es muy roja y muy verde al mismo tiempo. Ahora en Fô-Bouré es época de lluvias y de noche salen las mujeres a por las nueces del karité que caen de unos árboles de tres siglos en estos días.

Sus casas son rojas porque están hechas de adobe, y el tejado con la hierba que les rodea. Asegura el padre Juan Pablo que casi nunca están en ellas, que incluso duermen al raso. Toda la vida es a la intemperie, cocinando, hablando, riendo. Vivían aquí del cultivo del algodón, hasta que lo subvencionaron en Europa, lo cual trajo más pobreza a la pobreza. Ahora viven de picar la piedra en trocitos, y la traen las mujeres en la cabeza, un pedazo de granito, que dejan como la grava de los ríos. No cuenta casi nada el padre de lo que han trabajado él y Luis Ángel para que vivan mejor en esta aldea. Las farolas solares que pusieron y bajo las que, cada noche, leen, estudian, trabajan, se reúnen por vez primera con las mariposas nocherniegas africanas, bajo las farolas y las estrellas. En su dialecto, escuchan el evangelio como si lo acabaran de escribir para ellos. Hablé con el padre Juan Pablo por teléfono, estaba en La Rioja, sus primeras vacaciones en dos años. No me atreví a preguntarle qué le parecen nuestros problemas, y al colgar sentí la necesidad de hacer algo con las manos. Nunca las he visto más inútiles que mientras quitaba guisantes tirabeques a las flores.

Un pesar desconocido por lo que no conozco, me pesaba como una losa por lo que jamás, por los demás, hice.

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