Ryszard Kapuscinski, premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades 2003, ante una de las fotos que tomó en África - EFE

Kapuscinski: Mito y verdad

En «Kapuscinski non-fiction» Arthur Domoslawski revela las licencias literarias que el admirado reportero polaco (muerto en 2007) se tomó a la hora de escribir sus libros más célebres

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Tiene derecho un periodista a «pintar» una lágrima en los ojos de una viejecita triste que aparece en un reportaje, aunque en la realidad no llegara a verter esa lágrima? «Pintarla» para reforzar el efecto literario». La provocadora pregunta la lanzó Gabriel García Márquez en un taller de periodismo organizado por la Fundación impulsada por el premio Nobel de Literatura para mejorar la formación de los periodistas latinoamericanos en el que Ryszard Kapuscinski era la estrella.

Mientras que dos alumnas argumentan que eso sería una traición periodística, el autor de «Noticia de un secuestro» se responde así a su envite: «Pues yo opino que el periodista tiene derecho a «pintar» esas lágrimas para reflejar mejor la atmósfera del momento, el estado anímico del personaje descrito. ¿Dónde está la traición? -En ese momento se vuelve hacia Kapuscinski y le dice sonriendo: Tú también mientes a veces, ¿verdad, Ryszard?». «Kapuscinski se ríe, pero no dice una palabra. Los asistentes al taller adivinan la respuesta». Estas palabras están extraídas de las últimas páginas de «Kapuscinki non-fiction» (Galaxia Gutemberg), la voluminosa y exhaustiva biografía que el periodista polaco Arthur Domoslawski ha escrito sobre su «maestro y amigo», Ryszard Kapuscinski, el reportero y escritor polaco, autor de las celebradas «El Emperador», «El Sha», «La guerra del fútbol», «Ébano», «Imperio» o «Viajes con Heródoto», que ha levantado una tormenta no solo en el país natal de ambos, sino en otros donde el número de devotos lectores desbordaba el de los que en el gremio se sentían también, como Domoslawski, sus discípulos. En «Kapuscinski non-fiction» sorprende la opinión de dos ex reporteros de la revista «The New Yorker», Lawrence Weschler y Mark Danner. Weschler dice: «¿Qué más da si ponemos «El Emperador» y «El Sha» en la estantería de ficción o en la de no ficción? Seguirán siendo unos libros magníficos». Danner, por su parte, dice: «Nunca me he preocupado por los reproches que se hacen a estos dos libros en cuanto a la imprecisión de los datos que aportan. Los especialistas en campos concretos solo miran en una dirección y no ven más allá de su narices. «El Emperador» es un relato en la más pura tradición de «El Príncipe» de Maquiavelo». «Kapuscinski y la irrelevancia de la verdad» fue como tituló el escritor y periodista angoleño José Eduardo Agualusa su comentario sobre el libro de Domoslawski en la revista portuguesa «Ler». Agualusa dice que tenía que pasar: «algún día, un lector atentísimo, un discípulo amoroso, un gran devoto pondrá en práctica contra nosotros la peor de las indignidades: una biografía». Michela Wrong, una de las más reputadas reporteras británicas, autora de espléndidos trabajos de investigación sobre el Congo de Mobutu («Tras los pasos del señor Kurtz. El Congo al borde del colapso») o la corrupción en Kenia («It’s our turn to eat»), dice que no ha leído el libro de Domoslawski, pero ha leído mucho sobre él y que alberga sentimientos encontrados sobre Kapuscinski: «Es tan poético, tan surreal, tan perspicaz...». Según la ex corresponsal del «Financial Times» y «The Economist» en Nairobi, «el error fue vender sus historias como auténticos reportajes basados en hechos, lo cual es engañoso». La periodista peruana Gabriela Wiener, que ha recopilado parte de sus originales reportajes sobre el mundo del sexo en su libro «Sexografías», admite que no sabe muy bien qué opinar sobre este asunto de manera seria, pero que «el tema de La Verdad» le produce «ronchas»: «Y eso que no miento (al menos a mis lectores)». La periodista peruana, a la que le gusta meterse de lleno en sus reportajes, en los que reina la primera persona, escribió en la revista «Quimera»: «Así que mi padre tenía secretos. Así que Kapuscinski escribía ficción (...) La verdad de sus mentiras nos confronta con la verdad del hombre, con su espuria y corrompida naturaleza, algo que Kapuscinski tanto persiguió en los protagonistas de sus crónicas; también nos abre los ojos ante el juego con los límites y los alcances de nuestras trasgresiones». Mientras que para el periodista Arcadi Espada «el problema no es en qué estantería ponemos a Kapu, sino la estantería donde ha estado puesto», para el reportero y escritor portugués Rui Araújo «nuestra misión es la búsqueda de los hechos o, en otras palabras, de la verdad. Es una responsabilidad muy grande, pero es ese el precio de nuestra credibilidad». «El contrato previo y tácito con un lector, acerca de si un texto es o no es de ficción, sí importa», piensa la reportera argentina Leila Guerriero, autora de «Los suicidas del fin del mundo», y añade: «Porque la potencia de las historias reales reside en el hecho de que son, precisamente, reales: ¿es lo mismo inventarse a Idi Amin que saber que existió? ¿Es lo mismo un perfil periodístico que una versión novelada de su vida? Yo creo que no. Creo que la brutalidad o la felicidad o la vileza humanas cobran otros tintes cuando los leemos como historias reales. No digo mejores tintes: digo «otros tintes». «No eran reportajes» «Al igual que a Danner y Weschler, no me afectó en cuanto a la admiración que sentía hacia él por sus grandes obras, «El Sha», «El Emperador» y «Un día más con vida», asegura el reportero del «New Yorker» Jon Lee Anderson, autor de libros como «Che Guevara: una vida revolucionaria», quien agrega: «Tampoco veo contradiccion en esto, porque, al menos en mi caso, nunca definí esos libros como obras de no-ficción, sino como una mezcla de géneros, incluyendo la ficción, o sea «faction» supongo, y era algo en que Kapu era un maestro de verdad». A la hora de hablar de un reportaje, Anderson cree que «la constancia y precisión y la verdad de los hechos y sus detalles, sobre todo, son importantes». Pero, recalca: «No considero a ninguno de esos libros como reportajes». Para el también reportero Ramón Lobo, «todavía se discute la foto de Robert Capa «Muerte de un miliciano». Cuando eres tan grande como Capa o Ryszard Kapuscinski hay muchas lupas analizando tu trabajo». El periodista de «El País», autor de libros como «Isla África», concluye: «No sé si debo mudar en mi librería los libros de K de la zona de no ficción a la de ficción. Están bien donde están, entre los mejores. K nos mostró una forma de mirar. Es lo que me queda, lo que trato de heredar».