La eterna juventud de «Los trovadores»
Isabel de Riquer, en el centro, acudió al homanaje a su padre - INÉS BAUCELLS

La eterna juventud de «Los trovadores»

Ariel reedita, en un solo volumen, la obra de culto del maestro Martín de Riquer

BARCELONA Actualizado:

Allá por 1942, el patio de Letras de la Universidad de Barcelona que inspiró a Laforet su novela «Nada» era un refugio en tiempos de silencio y cartillas de racionamiento. El profesor Martín de Riquer sabía ganarse a los alumnos con una alineación poética de lujo: los trovadores Guilhem de Peitieu, Jafré Rudel, Arnaut Daniel, Ricardo Corazón de León, Bertrán de Born, Cerverí de Girona, Martim Codax, Guiraut de Bornelh o Bernart de Ventadorn. Imaginemos recitar los versos de este último un crudo invierno de posguerra: «Tanto amor tengo en el corazón, tanta alegría y dulzura que el hielo me parece flor y la nieve verdor». La recopilación de aquellas clases dio origen en 1975 «Los trovadores», tres libros que desarrollaban el estudio «La lírica de los trovadores», de 1948, que Ariel acaba de publicar en un volumen único.

Poner en limpio

A sus 97 años recién cumplidos, Martín de Riquer no pudo volver ayer en persona a la universidad para concelebrar la eterna juventud de «Los trovadores», pero sí lo hizo su obra, que fue homenajeada en un acto en el que participaron Pere Gimferrer, José Enrique Ruiz-Domènec y su propia hija, además de múltiples alumnos. Una obra, como afirma en el prólogo Gimferrer que «ha tenido un papel esencial en la configuración de la poesía contemporánea». Aunque aquella forma de versificar «se perdió para siempre con el mundo que la sustentaba», Riquer la recuperó aportando dos cualidades mayores: «Su riguroso positivismo y la ausencia de toda sensibilidad que pone en claro y en limpio a los trovadores, incluido el muy oscuro orfebre Arnaut Daniel». La poesía trovadoresca, añade Gimferrer, «es lírica en el doble sentido de la palabra, esto es, que más que contar, canta y que es además cantada». La crónica del «amor cortés» comienza con Peitieu en 1100 y acaba en 1298 con un intercambio de «coblas» (estrofas) entre Federico III de Sicilia y Ponç Hug de Ampurias.

Considerada como una obra de culto, «Los trovadores» germinó en los años más creativos de su autor. Como subrayaba el medievalista José Enrique Ruiz-Domènec: «Martín de Riquer une a su condición de gran romanista internacional, la de sólido historiador de la cultura que, tras la senda de Huizinga, lleva el estudio de las formas caballerescas a la altura de lo que por aquel entonces hacían en Alemania Arno Borst o Josef Fleckenstein». Para elaborar el libro, y en la tradición enciclopédica de las «buenas letras», el maestro Riquer «reunió una magnífica biblioteca, seleccionó materiales, tradujo con la ponderación y el buen gusto de un auténtico literato, y fijó el contexto en relación a su tiempo histórico como un verdadero historiador social de la cultura medieval». Para Ruiz-Domenec, «Los trovadores» representa «nuestro otoño de la Edad Media, la obra clave de un gigante de la cultura».