Eugene Rogan - ABC

«Quedan enormes peligros que salvar antes de ver un Túnez democrático»

El profesor de la Universidad de Oxford, Eugene Rogan, historiador, presenta hoy en Madrid su historia de los «Árabes»

JESÚS GARCÍA CALERO
MADRID Actualizado:

Polemicemos sobre el islam y el velo. Para empezar, digamos que nuestros prejuicios son también un velo, que oculta nuestro conformismo. Eugene Rogan es un historiador apasionado por la materia que investiga y muy capaz de abrir nuestros ojos. Hablar del mundo árabe con este profesor de Historia Moderna de Oriente Medio en la Universidad de Oxford es retomar una curiosidad velada por el miedo y la desconfianza. Mientras aún humea la revuelta que ha depuesto al presidente de Túnez, Rogan hablará hoy en la Casa Árabe de Madrid para presentar su impresionante libro «Los árabes. Del imperio otomano a la actualidad» (Crítica). Conversamos sin velos.

—¿La revuelta de Túnez va a cambiar mucho la situación en el Magreb?

—Los acontecimientos de Túnez tendrán ciertamente influencia en la política del Magreb, pero creo que el movimiento de protesta popular que ha obligado a cambiar el gobierno de Ben Ali ha sido el producto de un conjunto muy concreto de condiciones.

—¿Por qué?

—La clase media es más amplia en Túnez que en ninguno de sus estados vecinos. Y su nivel de educación y la alfabetización han generado en los tunecinos una fuerte conciencia de sus derechos políticos. Aceptemos que el éxito de este levantamiento popular que ha derribado un gobierno autocrático será una inspiración para los movimientos de oposición en la región. Si los tunecinos logran construir sobre este triunfo las bases reales de libertad política, de expresión, respeto por los derechos humanos, un gobierno que rinda cuentas, en definitiva, este país va a desempeñar un papel en todo el mundo árabe, convertido en modelo a seguir. Sin embargo persisten enormes peligros que superar antes de que los tunecinos puedan conducir su revolución hacia la democracia.

—¿Y la influencia hará que otros estados promuevan cambios en el papel que hay que dar a la juventud magrebí?

—No hay nación en Oriente Medio que no esté preocupada por el crecimiento de las capas jóvenes de la sociedad, que necesitan educación, acceso al trabajo, vivienda y sanidad. La región entera tiene muy malos datos de creación de empleo, y la combinación de gobierno autoritario e inestabilidad política ha retraído el tipo de inversión internacional que traería una buena cantidad de trabajos a la zona. De hecho, la Universidades norteafricanas gradúan cada año a decenas de miles de profesionales para los que no existe trabajo. Son inteligentes, ambiciosos y están frustrados.

—¿Son los protagonistas del cambio?

—Ejercen una presión demográfica cualificada y tienen por ello todas las condiciones para resultar peligrosos para el orden establecido, como hemos visto en Túnez. La misma presión alimenta las protestas populares en Argelia, Libia y Egipto, y se encuentran en los territorios ocupados, Jordania y Sirua. El movimiento verde de Irán también refleja las frustraciones de la generación que hoy día está en la veintena. Mientras el gobierno siga sin satisfacer las aspiraciones legítimas de sus jóvenes, su poder estará en entredicho.

—¿Tienen futuro los actuales modos de gobierno en la zona?

—La historia no concede demasiadas esperanzas a las fuerzas populares que luchan contra dictaduras o poderes autocráticos. El mundo árabe está dominado por hombres fuertes que llevan décadas en el poder, desde la segunda mitad del siglo XX, y la mayoría ha desarrollado intereses "dinásticos" y trataron de transferir el liderazgo a sus hijos —como en Siria, Irak, Egipto, Libia o Yemen (y no incluyo, claro está, las monarquías hereditarias constituidas). Pero no hay razón para creer que el siglo XXI vaya a repetir lo que ocurrió en el XX, y cosas como lo sucedido en Túnez nos dan esperanza en que puede haber un futuro mejor al doblar la esquina.

—La ley islámica nos parece bárbara. En Irán vemos ahorcamientos y también sentencias de lapidación. No podemos aceptarlo, ¿no cree?

—Irán ejerce influencia, pero el asunto es complejo. Conviven allí las sentencias de lapidación con un movimiento en pro de más democracia que ha llevado a personas a luchar y a morir en las calles. No es lo mismo el pueblo iraní que su Gobierno. Confío más en el futuro del primero.

—¿Por qué debemos leer su libro?

—En el mundo árabe hay una sensación de fracaso. Creo que esta perspectiva no está al alcance de un occidental que se limita a leer periódicos.

—Nos propone lo mismo que los libros que daban la visión islámica de las Cruzadas.

—Hay un libro muy interesante, el de Amin Maalouf, precisamente sobre eso. Nos da una comprensión completa del periodo. Hoy pasa lo mismo, necesitamos asomarnos a lo que sienten frente a su historia.

—Maalouf recogió hace poco en España el premio Príncipe de Asturias y entonces dijo que la cultura es lo más importante en un momento como este...

—Totalmente de acuerdo. Aunque mi libro es en esencia sobre la historia política, subyace en él la historia cultural. Un libro centrado en la historia cultural moderna de los árabes sería pertinente y bastante más optimista, porque los árabes están sobre todo defraudados por la política, pero creo que la cultura tiene toda la importancia en este momento.

—¿La frustración de los árabes hoy es un contraste con la época de esplendor que vivieron en el s. XIX?

—Fue una respuesta intelectual a los desafíos, ideas y tecnología occidentales de la revolución industrial. ¿Cómo beneficiarse aún hoy de ellas sin rendirse? El siglo XX vio el fracaso de la unión de naciones árabes buscando su propia grandeza. Por ello ha crecido un sentimiento refractario a nuestras ideas y con el centro de gravedad en el islam. Su adaptación será el asunto de este siglo.

—¿Es difícil separar la Religion y el Gobierno en el mundo árabe?

—Eso ya ocurrió en Al Andalus. Y muchos gobiernos hoy son laicos, con pocas excepciones.

—Pero se extiende la sharia.

—Muy poco, la mayoría posee leyes civiles. Y el movimento en su contra es fuerte. Ni Marruecos, ni Argelia, ni Túnez, ni Libia, ni Egipto...

—Pero el movimento radical crece.

—Arabia Saudí, Irán, Pakistán…. son minoría, casi la excepción.

—¿Podemos hacer algo?

—No es nuestro problema. Es su problema. Tienen derecho a elegir su gobierno y su sistema político. Puede que no nos guste, pero probablemente a ellos tampoco les guste el presidente de EE.UU. y no tienen derecho a cambiarlo.

—Pero Bush fue su problema e Irán va camino de ser nuestro problema

—¿Por qué?

—EE.UU. combate en Afganistán y Ahmadineyad tiene un programa nuclear apuntado expresamente a Israel, según sus amenazas...

—Lo tiene, pero yo creo que es para proteger sus fronteras. No creo que Irán quiera hacer la guerra nuclear con Israel, al menos porque Israel tiene armas nucleares. Puede que no nos guste que las tenga, como ocurre con Pakistán e India, EE.UU y Rusia en la guerra fría, pero es lo que hay.

—Lo de Pakistán quita el sueño...

—¿En serio (ironiza)? Lo entiendo.

—¿Qué peso va a tener China en Oriente Medio, la historia nos enseña algo al respecto?

— China no quiere dominar el Oriente Próximo. Los chinos llegan allí a comerciar, y al igual que los estadounidenses y los occidentales, lo que quieren es la energía. Y la tendrán, porque vienen sin condicionamiento político alguno. No hablan de democracia, ni de derechos humanos…

—No pueden..

—No pueden. Y hablan de negocios.

—Como el clásico americano

—Mejor incluso. Porque el americano ya no puede hablar sólo de negocios.

—Turquía es otro centro de gravedad cambiante. ¿Cómo ve su nueva relación con Europa?

—Tras veinte años llamando a nuestra puerta, Turquía está menos interesada en la UE. Reorienta su política y leyes fuera del legado europeizador de Atatürk, para desarrollarse como potencia regional, entre Europa y Asia. Debido a la crisis en la Europa que sistemáticamente los rechazó y humilló, prefieren no centrarse en el legado del Kemalismo, tan presente en la milicia, para hacer a Turquía más consistente con el islam y la cultura original de los turcos. Es un modelo de éxito, islámico y democrático.

—Usted establece un vínculo entre la frustración de los árabes y la amenaza terrorista, por el victimismo que ha generado...

—No me gusta aceptar ese victimismo de los árabes, porque supone también que no son responsables de sus decisiones y por tanto de lo que les ocurre. No creo que sea verdad, han sufrido dominaciones pero también han cometido errores. Y creo que hay una conexión entre las frustraciones políticas de los árabes y su violencia política o terrorismo. Necesitan una nueva era de reformas, que no son las occidentales exactamente. Los gobiernos deberán aprender allí a respetar los deseos de su pueblo, por su propio interés. Los árabes quieren libertad política, poder hablar y comportarse libremente, sin miedo a cárcel, o a los informes de la policía secreta, incluso a las torturas.

—O caer en manos de la Mutawa.

—Exacto. Y también es necesario que la comunidad internacional deje de intervenir en el mundo árabe en su propio interés.

—¿Entonces?

—Es el meollo del problema: la naturaleza autoritaria del Estado árabe no muestra signo alguno de permitir esa ansiada libertad, ni vemos síntomas en Occidente de cambiar su intervencionismo.

—Porque tal vez la mezcla del autoritarismo y el intervencionismo permiten un férreo control de la fuente de energía.

—Lo hacen, sí, lo hacen. Consolidan una estabilidad política y permiten mantener bajos los precios del crudo, lo cual es estupendo para las economías occidentales. Pero es una visión muy corta, porque es insostenible.

—¿Y cuál será el papel de las mujeres en el cambio?

—No hay un mundo árabe, está lleno de matices diversos y grandes diferencias. Uno de los asuntos en los que más se nota esto es en el peso de las mujeres. Hay países donde las mujeres son ciudadanos casi iguales a los hombres, como en Túnez, Marruecos, incluso lo eran ya en el Irak de Sadam Husein; y hay países donde están obligadas a ir al colegio aisladas, no pueden formarse o trabajar, como en Arabia Saudí. Y el futuro del mundo árabe depende también de la contribución de todos sus ciudadanos a la prosperidad de la nación. La ONU tiene programas interesantes para ayudar al desarrollo de las mujeres, creando universidades y acercando la tecnología. El mundo árabe sabe que tiene ese problema y que debe solventarlo, con diferencias entre países, por supuesto. Pero hay conciencia de que es un desafío en este siglo XXI.

—¿Y hay intelectuales árabes trabajando en el cambio? Si es así, ¿los estamos oyendo?

—Si los buscas, los encontrarás. Los occidentales nos acercamos normalmente a través de muy pocas fuentes informativas, pero hay muy pocos países árabes que no tengan montones de ONGs, o grupos dedicados a nivelar la educación de las mujeres, por ejemplo, y resulta interesante saber que en este proceso se están encontrando con nuevas fuentes de progreso. El analfabetismo está reduciéndose. Los cambios fuera del dominio de la política ocurren como en todos los lados.

—¿Les ayuda a tener cierta unidad de criterio la Liga Árabe? ¿Funciona? Da la impresión de que allí se sientan fantasmas, como el conflicto casi atávico y permanente con Israel. ¿Sería bueno para todos que establezcan relaciones?

—Es muy frustrante. En el mundo árabe tambien la ven como una institución fallida. Pero es importante, porque da una voz al mundo árabe, y ofrece legitimidad a los Estados para las decisiones que se adoptan en las distintas crisis. Fue muy importante para Abu Mazen de cara a negociar con Israel, porque su gente estaba dividida entre Hamas y Al Fatah. No es tan irreal ni tan incapaz como a veces podemos pensar, allí se han tomado decisiones importantes en los últimos diez años, como la de establecer relaciones con Israel a cambio de la retirada de los territorios ocupados. Es una de las pocas puertas de integración de Israel en la región. Marruecos y Túnez, Oman y Qatar tienen oficinas comerciales y los negocios están creando la base de una red de interes económico regional.

—¿Cuál será el papel de los musulmanes europeos en la evolución del mundo árabe?

—No creo que Europa lo haya hecho muy bien, le ha costado reconocer que los inmigrantes que llegaron hace 20 años hoy son ciudadanos europeos, y sus hijos también. No son extraños ni lo fueron nunca en la historia de España, los Balcanes, Francia… Creo que estamos en el siglo en el que reconoceremos que Europa es tan judeocristiana como islámica, porque las tres religiones han estado muy implicadas en nuestra historia y no podemos repetir un rechazo como el que sufrieron los judíos en el siglo pasado. Historia, presente y futuro, se unen en esta idea controvertida, en el momento en el que debatimos sobre el velo y el burka, pero creo que es solo un momento de nerviosismo conectado con los actos terroristas. Despertemos y reconozcamos que todos los ciudadanos tienen derecho a contribuir a la cultura nacional.

—¿Y qué es un ciudadano? Un contribuyente no puede vivir cerrado en su gueto cultural. ¿Debe Europa definir qué hacer al respecto?

—De acuerdo, los derechos y obligaciones de todos deben ser iguales. Mi impresión es que sería muy bueno luchar por la igualdad desde la educación. Sería un desastre que por regular la indumentaria algunos alumnos se quedaran sin escolarizar. Todo europeo debe tener la misma educación.

—Pero el multiculturalismo no ha funcionado.

—Ese es el peligro. Y buena parte de la ira de los árabes en Europa surge de que no se sienten respetados. En muchos lugares de Europa los musulmanes reconocen que obtienen beneficios de la libertad que disfrutan en nuestros países. Si compartimos lo mejor de nuestros valores podemos ser optimistas.