Katherine Pancol - ABC

«Nos movemos como tortugas en un mundo muy rápido»

Katherine Pancol publica en España la segunda parte de «Los ojos amarillos de los cocodrilos»

CELIA FRAILE
MADRID Actualizado:

Katherine Pancol resulta tan cercana como sus novelas. Tras el éxito de «Los ojos amarillos de los cocodrilos», acaba de publicarse en España la segunda parte, «El vals lento de las tortugas» (ed. La Esfera de los Libros). Mientras llega el desenlace de la trilogía («Las ardillas de Central Park están tristes los lunes» está prevista para finales de 2011 principios de 2012), habla de su motor literario y vital: los sentimientos.

—Lo primero que llama la atención de su saga son precisamente los títulos, ¿cómo los elige?

—Antoine, uno de los protagonistas de la primera novela, intenta, sin conseguirlo, hacer fortuna criando cocodrilos. Pero los reptiles deciden no aparearse y él, en un momento de desesperación, llega a meterse en el agua con ellos para implorarles, les reza, les implora para que tengan relaciones, pero no lo consigue. Me pareció una buena metáfora del mundo moderno: el hombre corriente que está enfrentado a sus propios cocodrilos, al banquero horrible, al patrón esclavizador, a las deudas... lo común de la vida actual, con el amarillo que simboliza el oro, el dinero. Todo partió de ese título.

El de las tortugas viene por la propia historia, que no se puede desgranar, y también encontré una buena metáfora: los seres humanos somos como pequeñas tortuguitas que nos movemos lentamente en un mundo que gira mucho más rápido. No hay más que ver el ejemplo que tenemos hoy de las revoluciones de Túnez o Egipto: se hacen en instantes.

Las ardillas tienen también varias facetas. Primero es un guiño a Nueva york, la última escena de la trilogía se desarrolla en Central Park. Después, de nuevo, la metáfora. Los hombres buscan la felicidad contínua, pero eso no existe. Y las ardillas de Central Park son muy felices los fines de semana con todo el mundo mimándolas, fotografiándolas y echándoles de comer... El lunes cuando bajan de los árboles se dan cuenta de que no hay nadie.

—Entonces, ¿somos como animales?

—A veces los animales se comportan mejor que las personas.

—La protagonista se enfrenta al reto de una segunda novela tras tener mucho éxito en la primera: no encontraba tema y se angustiaba, ¿se sintió usted también así?

—Sí, es muy duro empezar con una novela de gran éxito porque el momento en el que te tienes que enfrentar a la segunda puede convertirse en algo terrorífico. Piensas cómo lo he hecho y cómo lo repito. Con mi segunda novela viví un proceso muy angustioso. Por aquel entonces estaba viviendo en Nueva York y hasta me apunté a un curso de escritura creativa en busca de una fórmula. Aprendí dos o tres reglas fundamentales y que ya sabía escribir. Como todas las mujeres, que siempre dudamos sobre nuestras capacidades y necesitamos reafirmarnos.

—Al principio de «El vals lento de las tortugas» usa una cita de Romain Gary («... deberá llegar un día en que se reconocerá la afectividad como el sentimiento más grande y se rechazará el dominio del intelecto»), ¿qué significan para usted los sentimientos?

—Adoro esa frase, resume perfectamente lo que significan los sentimientos. Creo que la clave de que las escritoras francesas estemos ahora en auge es precisamente ésa, que hablamos de sentimientos. Somos capaces de hablar de lo más humano. Los grandes autores de la historia de la literatura del XIX, como Stendhal o Balzac, hablan de sentimientos. Eso se perdió un poco durante el siglo XX con escritores que se volcaban más en libros en los que se teorizaba, se exponían grandes filosofías... Se trataba de novelas que intentaban llegar a un alto pensamiento, en lugar de quedarse en tierra, en lo humano, que es sentir, emoción , amor.

—El libro también cuenta los efectos que puede tener una infancia traumática, ¿tan importante es con respecto a los sentimientos?

—Todo viene de la infancia. Virginia Wolff tiene una frase fantástica que lo resume a la perfección: «Podrías vivir los primeros veinte años y luego encerrarte en una habitación para escribir toda tu vida». Cuando uno escribe, las emociones que vuelven son las de la infancia. Es la que crea la forma de sentir, tus emociones y tus sentimientos. Es algo que se convierte en terrorífico cuando eres padre.

—También es muy llamativa la presencia de las fuerzas celestiales y las del mal, ¿por qué introdujo estos dos elementos?

—No conocía ese mundo hasta que una amiga mía llegó a mi casa a contarme que estaba maldita, que le habían echado mal de ojo. Me empezó a contar que no le ocurrían más que desgracias en los últimos tiempos. Estaba casada con un actor francés y, durante el proceso de separación, encontró en su casa muñecos vudú con alfileres clavados para ella y sus dos hijos. Para ayudar a mi amiga y poder, además, utilizarla en el libro, hice la investigación acerca de cómo se hacen y cómo se deshacen esas maldiciones. Entras en un mundo completamente horrible. Hay gente que vive de eso.

—La historia es muy cinematográfica, ¿será llevada al cine?

—Sí, estamos buscando. Tengo propuestas desde España e Italia, pero en cualquier caso no haré el guión, sólo supervisaré el proceso.

—¿Cuáles son sus proyectos de futuro?

—Escribir, no sé hacer otra cosa. Además, lo necesito. Cuando mis hijos eran pequeños y yo estaba entre dos libros me decían: «Mamá, mamá, vuelve a escribir, que algo no funciona». He vivido mucho y vivo mucho. Hay mucha gente que me dice que tengo que escribir sobre mi propia vida. Y es verdad que las cosas que he hecho, visto y me han pasado no le ocurren a mucha gente, es como una novela.

—¿Está en ello ahora?

—En estos momentos se está cocinando. De hecho, he tenido una idea genial, que no puedo contar, para mi nuevo libro esta noche, aquí, en Madrid.