La voz de la Bella Durmiente

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Ana María Matute lleva tantos años ganando el Cervantes... Siempre sonaba su nombre y al cabo todos habíamos perdido la cuenta de cuántos años hace que todo comenzó. Pero lo tiene merecido desde niña, desde los cinco años, cuando era tartamuda y partía terrones de azúcar bajo las sábanas y provocaba esa chispita azul que para ella sería como una estrella fugaz. La veía y decía: «Soy escritora», y aquello era más que un deseo.

Pero héteme aquí que, un día, siendo todavía niña, se pinchó con la aguja de la literatura y ya no pudo dejar de soñar, bella, Ana, despierta durmiente.

Soñaba una vida de papel tan puro que fue tarde cuando se percató de que pasaban los años, de que llegaban las tormentas crueles, ciertas (hada mala Guerra) y de que las heridas de vivir sangraban de verdad y de que aquella sangre habría de empapar finalmente sus páginas, diluyendo secretamente la preciosa tinta de soñar. Pero la literatura se erigió como un faro para salvarse de la galerna.

Todo esto lo confesó Ana ayer en su bello discurso, que era el cuento de nunca acabar... de ganar el Cervantes. Y ayer por fin la niña despertó y descubrió delante de sí al Rey, que la besó y le entregó el galardón tan soñado.

En ocasiones su sueño ha sido amargo, como la vida, y por eso mismo la escritora ayer maldijo a quienes mutilan los cuentos ancestrales porque son viles edulcoradores, adoradores de terrones sin romper —sin esa llama azul— que confunden a los niños con idiotas en el perverso nombre de lo políticamente correcto.

Aún así habla en su voz la niña y resulta maravilloso: la sístole es la misma, se mezcla con las tildes, la diástole dibuja con esmero vocales y así su voz enciende nuestras propias hogueras de íntimos sueños.

Por el hechizo de las palabras que ayer salieron de su corazón, la ministra de Cultura, Ángeles González-Sinde, se convirtió en «ministra de lo invisible y ministra de lo inexplicable».

Por tanta magia atávica el Cervantes de este año no fue manco en emociones. Y continuará.