Ángel F. Fermoselle: «La vida sin amor, sin riesgo, es injustificable»

El editor y escritor publica su segundo e intensísimo libro de relatos, «Amores urgentes»

MANUEL DE LA FUENTE
MADRID Actualizado:

A Ángel Fernández Fermoselle, editor, periodista, futbolero y rockanrolero de pro, Cupido le ha lanzado una andanada de flechas certeras que han dado en la diana de «Los amores urgentes» (Ed.Kailas), su nuevo libro de relatos tras «Últimos segundos», y segunda parte de una trilogía cuya última entrega versará sobre la felicidad, tras la incursión en la muerte y el amor de los dos primeros.

«Amar es combatir, es abrir puertas», escribió Octavio Paz. Fermoselle las abre de par en par en estas narraciones, donde sus personajes ponen toda, o casi toda, la carne de la pasión en el asador. Además, como el propio escritor asegura, «he intentado en todo momento huir de los tópicos para ofrecer una serie de perspectivas más frescas, apoyadas en la ficción, sí, pero quizá también –o tal vez por ello- cercanas a la vida de quienes compartimos este momento en el mundo y, en especial, en nuestra sociedad».

—¿Hay que amar y amar antes de que sea tarde?

—El amor mueve el mundo, pero lo agita tanto y de un modo tan aleatorio que con frecuencia nos coloca al borde de un inmenso precipicio sobre el que se tambalea nuestra vida, sin otra salida que la del salto al vacío. Afortunadamente, algunas veces antes del impacto final surge un ángel bondadoso que suaviza este aterrizaje forzoso. El trayecto, parecido al de una caída libre, resulta delicioso. Estrellarse, no tanto. Pero tarde… nunca es tarde para amar. El tiempo y el amor viajan en dimensiones distintas, ni se cruzan. Lo que resulta injustificable es una vida transitada por el margen conservador de la existencia: sin amor, ni riesgos.

—Varios relatos de este libro producen cierto desasosiego. Como si tan sólo fuésemos peleles en manos del destino.

—El desasosiego y el amor han mantenido siempre una relación íntima. Un libro sobre el amor no puede eludir referirse a los estragos que provocan las relaciones, y a la locura genial que los acompaña, ésa que nos vuelve locos y que nos convierte en eternos reincidentes. Por otro lado, creo que podemos manejar sólo una parte de nuestro destino. Pero tengo pocas dudas de que lo tenga que ocurrir ocurrirá, por mucho que nos empeñemos en evitarlo.

—Sus protagonistas, la clase media/media-alta bajo su esplendor, sus coches, sus psicólogos, sus buenos colegios y sus chalés también esconde misterios terribles y tragedias sin nombre.

—Afortunadamente, el amor nunca se vio sometido a la lucha de clases, y las trasciende con la mayor naturalidad. Tengamos presente a Silvio Rodríguez: «Tener no es signo de malvado, y no tener no es prueba de que acompañe la virtud». La gran tragedia necesaria del amor nos seduce a todos con idéntica fortaleza, para luego dejarnos harapientos en medio de la tempestad; eso sí, con feliz independencia del estrato socioeconómico de cada uno.

—Todos sus cuentos están encabezados por el fragmento de una canción. Paul Simon, Billy Joel, Ariel Rot, Springsteen, James Taylor, Queen, Jackson Browne... Sin duda, usted es de los que cree que la música es uno de los más eficaces salvavidas ante los naufragios de nuestra existencia.

—Por supuesto. A veces me pregunto: ¿Qué sería de mí sin el «For Everyman» de Jackson Browne? Me ha salvado el pellejo emocional tantas veces que quién sabe… No es sólo que atenúe los dolores del alma: la música cura. ¿Quién no ha reparado al menos una parte de su hecatombe amorosa escuchando esa canción que le revuelve entero desde que se enamoró de ella? Las canciones constituyen una maravillosa fuente de sosiego, pero también de sabiduría.

—¿No le tienta escribir una canción de amor/desamor?

—Yo creo que cada autor tiene, dentro del mundo de la escritura, unas habilidades más desarrolladas que otras, y que en absoluto son válidas para todo. Hay buenos novelistas incapaces de escribir un buen cuento, y por supuesto algunos cuentistas maravillosos fracasaron con los textos largos. Yo me encuentro más cercano al mundo del relato que al de las novelas. Pero una canción no es ni una cosa ni otra; es un poema se me antoja que imposible para quien no consiga transmutarse en poeta. Y yo no puedo. Por otra parte, ya disfrutamos en nuestro país a algunos letristas gloriosos como Quique González, Ariel Rot o el maestro Antonio Vega, cuya música sigue entre nosotros.