ABCdario sentimental de Benedetti
Mario Benedetti - AFP

ABCdario sentimental de Benedetti

Ve la luz la «Biografía para encontrarme» del escritor uruguayo, construida sobre sesenta y dos poemas inéditos

ANTONIO ASTORGA
MADRID Actualizado:

Durante los dos últimos años de su vida, el escritor uruguayo Mario Benedetti corrigió, reescribió y ordenó sesenta y dos poemas. Es su «Biografía para encontrarme» (Alfaguara), donde conjura el poder de un mar sobrecogedor, evoca la tímida luz de la madrugada o dibuja el mapa de la melancolía universal. Soledad, nostalgia, muerte, amor, belleza, desarraigo, esencial Benedetti. Como esculpió el maestro, vivimos en «un mundo que es una colección de erratas».

Mario Benedetti creó sus primeros poemas en alemán. A los once años hizo una novela de tomo y lomo y capa y espada al más puro estilo Dumas. Fue taquígrafo, cajero, contable, funcionario público y periodista no por estricto orden pasional sino por exigencias del guión de la superviviencia.

Harto de la hartura

Mario Benedetti no pretendía que nadie le encuardenara, quería pensar en «rústica, con las pupilas verdes de la memoria franca en el breviario de la noche en vilo». Su abecedario de los sentimientos sabía posarse entre sus queridos nombres, él se sentía cómodo entre las hojas de sus libros «con adverbios que son revelaciones / sílabas que me piden un socorro / adjetivos que parecen juguetes». Quería quedarse en medio de sus libros porque en ellos aprendió a dar sus primeros pasos. Quería vibrar Benedetti con Roque Dalton con Vallejo y Quiroga «ser una de sus páginas / la más inolvidable y desde allí juzgar al pobre mundo».

En los últimos momentos de su vida, Mario Benedetti denunciaba que parecía como si se tuviera ahora vergüenza de sentir: «Yo trato de que la gente sienta, como siento yo frente a determinadas circunstancias que da o quita la vida. En mis cuentos hay como un aprendizaje del sentir», señalaba. A veces estaba harto de su hartura, tal vez porque no podía emanciparse de todos los olvidos que regresan cada uno con su melancolía: «La esperanza desnuda es un engaño, hay que vestirla con presentimientos / con el dolor tranquilo de los hombres / y cierta desazón de las muchachas».

El fútbol (él era hincha de la selección «celeste» uruguaya, la del «Maracanazo» -derrotó a Brasil en la Final de la Copa del Mundo en Río de Janeiro, año 1950-) lo acariciaba como «una forma de cultura». Pero el fútbol le apetecía como «juego».

La droga del amor

Nostalgia del amor destila su «Biografía para encontrarme»; un amor que, para Mario Benedetti, es la cumbre de las relaciones humanas y volcán de los otoños. La poesía era su género preferido, pero el cuento es más difícil y riguroso. «La droga del amor tiene sobre las otras la ventaja de que con ella es mágico enviciarse además en su rumbo todo a todo se acerca los ojos a los ojos las manos a las manos el tiempo de vivir a la supuesta vida una hoguera se enciende sin pasarnos aviso». Sostenía Benedetti que en los primeros besos no se piensa «como serán allá los besos últimos / los sentimientos lo dominan todo / o nos hacen creer que lo dominan». Mantenía que la droga del amor se evade y vuelve «y una vez que nos cerca es más difícil quedarnos sin la droga del amor si ésta concurre con el desconsuelo vale la pena armarnos de bastiones porque con la tristeza no se juega».

A su juicio, la ironía era una de las pocas buenas herencias que nos dejaron los ingleses: «El humor rioplatense procedía un poco del británico. Es más recóndito, más escondido, más suave, pero no tan brutal. Ahora está cambiando porque cambia ese humor de los ingleses». El siglo que vivimos peligrosamente no nos deja una lección de esperanza o paz, sospechaba: «Estamos encharcados en no sé cuántas guerras y conflictos. Yo creo que se han descubierto cosas importantes, pero más hansido las nocivas».

Después de desfilar por el mundo, sus pies se reconciliaron con su Montevideo del alma: «Mi ciudad me ha sitio me acoge en los zaguanes y nos reconocemos este aroma proviene de las moradas quietas de las veredas lisas y de los adoquines». Él transitaba por las calles «con el pulso jocundo y el fiel de la memoria que es todo remembranza». La desdicha, escribe, se vuelve un estilo de vida «si uno se aferra a ella mirándose las manos mientras el tiempo sigue sigue sigue». Alegría y tristeza se asomaban y se miraban «conscientes de que son en la mansa leyenda dos de las viejas maquinarias del mundo». La felicidad pasaba como un sueño «con su poco de colmo y disparate es cuando la desdicha finalmente se arruga pero no se hagan falsas ilusiones».

Una vez estuvo de luto una semana. Se le murió una idea en el papel. Buscó una que la sustituyera, pero nadie respondía/eran de otros: «Mi pobrecita idea / la finada iba armando una historia de mí mismo ahora ha quedado en blanco / casi en gris». «Transito en el olvido / sin perdones y el olvido también está de luto».

La valentía no era, para él, un «ganapán de los intrépidos»; también podría «esgrimirla un perengano». Y la muerte: «El problema es la importancia o no que se le puede dar. No me resigno a aceptar la muerte de la Humanidad, pero creo que la Humanidad camina hacia el suicidio desde el momento que una sola potencia domina todo el mundo. Y desde el momento en que se frena la voluntad de cambio de los jóvenes».

Proponía Benedetti que no se tuviera vergüenza de la muerte ya que ella no la tiene de nosotros, y así «los que se fueron volverán / pétalo a pétalo digamos que en un ramo de cautelas».

Y tras la muerte, Solo en el universo: «Quiero encerrarme en mi insignificancia / en la cueva de mi único ser / yo minúsculo el breve / solo en el universo / rodeado del todo o de la nada / sin saberme si soy o como soy / ese todo virtual que me rodea / no es de nadie ni nadie lo reclama / soy un presagio tan pequeño / que yo mismo me asusto me doy miedo / soy un caminante de pies cansados / y sin embargo sigo caminando / voy recogiendo el sabor del paisaje / que siempre es novedad y lo disfruto / vivo en la cárcel de mi ruta...».