El retrato que Julio Romero de Torres pintó de Teresa Wilms Montt
El retrato que Julio Romero de Torres pintó de Teresa Wilms Montt - ABC

Teresa Wilms Montt, la poeta aristócrata que encandiló a Valle-Inclán

Llegan a España los «Diarios íntimos» de la chilena, a la que Vicente Huidobro sacó del convento donde la había encerrado su marido y que se suicidó en París a los 28 años

MadridActualizado:

Nació en Viña del Mar (Chile), el 8 de septiembre de 1893. De sangre aristocrática y descendiente de cuatro presidentes de la república, era la segunda de siete hermanas. Se llamaba Teresa Wilms Montt y su vida fue tan intensa que bien podría haber sido objeto de novela e invención. Pero, ya se sabe, la realidad siempre supera a la ficción. Escritora, poeta, feminista, rebelde, burguesa... «Druidesa», «duendesa» y «anticristesa», a ojos de Ramón María del Valle-Inclán… Su obra, y los avatares de su existencia, han pasado casi desapercibidos a este lado del charco... hasta ahora.

La señora Dalloway, una pequeña editorial, acaba de publicar en España sus «Diarios íntimos». Ella misma los definió como «el espejo» de sus sentimientos. Y así se nos presentan. Cuatro capítulos en los que la chilena da cuenta de su corta vida, desde su precipitado matrimonio, a los 17 años y en contra de la voluntad de sus padres, hasta su suicidio en París, el día de Nochebuena de 1921. Entre medias, su encierro en un convento de clausura de Santiago de Chile por adulterio, su paso por Buenos Aires, Nueva York, Madrid, Londres, Córdoba, Granada, Sevilla, hasta pisar, finalmente, tierras francesas en busca de sus hijas, a las que había abandonado, siendo unas niñas, cuando dejó su país.

«Transgredió los códigos sociales de su época y su clase», asegura la escritora y periodista chilena Alejandra Costamagna, autora del prólogo de la obra. De los cuatro diarios que Wilms Montt escribió, el primero corresponde a su infancia y adolescencia; el segundo –y más extenso–, a su reclusión en el Convento de la Preciosa Sangre; el tercero, a sus viajes por el ancho mundo y el último, a sus experimentos con las drogas. «En ellos fue registrando, desde muy temprano, sus experiencias vitales y los primeros balbuceos con la poesía. En sus páginas podemos ver a una mujer con carácter, insumisa, desfasada de su época, incomprendida por el medio, que se enfrenta a una sociedad patriarcal, en extremo conservadora. Era prisionera de un sistema sexista, que la castiga una y otra vez», argumenta Costamagna.

Se había casado, a los 17 años, con Gustavo Balmaceda, muchacho con el que compartía noble procedencia y una visión romántica de la existencia. Pero poco les duró el cuento de hadas, montado en contra de la familia de ella. Dos años después de darse el «sí quiero», Gustavo descubrió que Teresa le engañaba con su primo Vicente y decidió encerrarla en un convento de clausura. De nada sirvieron los gritos, desconsolados, de sus hijas, Elisa, de cinco años, y Sylvia, de tres. Tampoco que el adulterio, en este caso, fuera cosa de dos: cornudo era él, pero también ella, pues no fueron pocas las aventuras que, según parece, coleccionó. Teresa entró en el convento el 18 de octubre de 1915.

En Nueva York, las autoridades la confundieron con una espía alemana y no la dejaron desembarcar

«Sufro, palomo mío, cuando miro las estrellas. Quisiera hacerte de ellas una corona luminosa, con rayos de luna y piruetas de sol. Por lecho quisiera darte todos los senos de mujeres hermosas que hay sobre la tierra», escribe, estando presa. Es siempre él, Vicente, al que llamaba «Vicho», el destinatario de sus desvelos. Él, pese a sus hijas: «¡Cuántas noches no he despertado sobresaltada por el remordimiento de no haber dedicado en el día un solo pensamiento a mis criaturas doradas!». La idea del suicidio «se enseñorea» en su cerebro y el 29 de marzo de 1916 intentó suicidarse.

Huida

Apenas un mes después, decidida a huir («Estoy resuelta a ganarme la vida como mujer, sin mancharme, y a conquistar un nombre, ya que dejaré el mío»), encontró un aliado que andaba medio enamorado de ella desde la niñez: Vicente Huidobro. El poeta la ayudó a escapar del Convento de la Preciosa Sangre, oculta tras un velo, y juntos marcharon a Buenos Aires. Allí anduvieron de la mano poco tiempo. En las calles bonaerenses, en sus cafés y sus tertulias, Teresa coqueteó con unos y con otros, con todos tal vez, hasta que acabó en los brazos de un joven aristócrata. Para ella, un amante más. Para él, el amor de su vida. Tanto fue así que, incapaz de afrontar su rechazo, el muchacho se cortó las venas delante de ella. Sumida en la pena, le dedicó «Anuarí», un hermoso libro de poemas que Ramón María del Valle-Inclán tuvo el deseo de prologar al poco de conocerla en Madrid y que la editorial Torremozas publicó en España en 2008: «Amo la Nada, porque la Nada es Todo, y el Todo soy yo cuando pienso y amo». Versos que presagiaban el destino poético que su autora estaba resuelta a construir.

Huyendo del fantasma del no amado, Teresa embarcó hacia Nueva York con intención de trabajar como enfermera de la Cruz Roja en plena Gran Guerra. Pero el barco se convirtió en prisión, una vez más. Al llegar al puerto, la confundieron con una espía alemana y no la dejaron pisar tierra estadounidense. Así lo relata en los diarios: «No me dejaron desembarcar y me encerraron con llave en el camarote por graves sospechas de espionaje al servicio alemán». «Sin filosofía» y «sin ilusiones», decidió viajar hasta España, «huyendo de una pena negra y tan negra, como que emana de una fosa recién abierta en cuyo fondo ha desgarrado mi corazón».

Fue retratada por Julio Romero de Torres y hasta el Rey Alfonso XIII le regaló una joya en forma de cruz

Cuando pisó Madrid, en 1918, el corazón de Teresa seguía latiendo, y haciendo estragos. Comenzó a alternar con la bohemia de la época, que halló en su belleza el consuelo ante la pacatería de las mujeres de entonces. Doña Emilia y doña Concha eran muy «doñas», pero poco dadas a expresar en público los afectos que la poeta chilena irradiaba casi sin pretenderlo. En el mítico café Pombo de la calle Carretas, Teresa conoció a Valle-Inclán, que al momento quedó rendido y encandilado. El autor de «Luces de bohemia» escribió el ya mencionado prólogo y se convirtió en su sombra. Pero poco más. No hay registros, ni en los diarios de Teresa ni en las habladurías de la época, de que entre ambos hubiera más nada que una estrecha amistad. Al quite estaban, al cabo, Rafael Cansinos Assens, Joaquín Edwards Bello, César González Ruano o Juan Ramón Jiménez. Hasta Julio Romero de Torres la retrató (con esa imagen ilustramos el reportaje) e, incluso, el mismísimo Rey Alfonso XIII le regaló una joya en forma de cruz (ella solía firmar sus artículos «españoles» como «Teresa de la Cruz»).

Sin rumbo

Desde Madrid, Teresa se movió con frecuencia. Visitó Granada, Córdoba, Sevilla... Y hasta estuvo en Londres, quién sabe si atraída por las voces sufragistas de Emmeline Pankhurst y compañía. Aunque aquel ir y venir, el vagar sin rumbo, a la deriva, que trasladó a sus diarios («Tengo veinticinco años de mi vida tormentosa, que envejece moral y físicamente. No hay entusiasmo en mi corazón, el pobre sólo sabe querer con fierezas de león sin garras...»), se detuvo cuando se enteró de que sus suegros tenían pensado pasar una temporada en París con sus hijas. Hacía cinco años que no las veía, desde que su marido la encerró en el convento, y resurgió en ella un sentimiento maternal que permanecía agazapado en su interior. Se trasladó a la capital francesa e hizo todo cuanto pudo por ver a las chiquillas, que por entonces apenas si recordaban que tenían madre o la habían tenido.

El reencuentro, feliz, se produjo, y durante un año estuvieron viéndose, a escondidas de su familia política. Pero sus suegros decidieron regresar a Chile, y se llevaron con ellos a las pequeñas. Teresa, desgarrada, dejó de luchar. Esto escribió, en la última entrada de su diario:«Quiero reposar en la tierra solamente envuelta en una sábana o si es posible en un pedazo de tierra de la fosa común... Dejo a mis hijas Elisa y Sylvia todas mis buenas intenciones; es lo único que poseo y mi único tesoro (...). Nada tengo, nada dejo, nada pido. Desnuda como nací me voy, tan ignorante de lo que en el mundo había. Sufrí y es el único bagaje que admite la barca que lleva al olvido». El 24 de diciembre de 1921 tomó una dosis mortal de Veronal.