El autor y su personaje

Teodomiro, el descubridor del sepulcro de Santiago

El obispo fue determinante en el devenir de España y de Europa y protagonista indudable del hallazgo que dio lugar a la mayor fuente de riqueza cultural, artística, espiritual y económica que ha conocido nuestro país: el Camino de Santiago

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¿Cuántos de los peregrinos que han recorrido el Camino de Santiago sabrían identificar la figura del obispo Teodomiro? Durante largo tiempo, su nombre fue directamente borrado de la historiografía oficial. La mayoría de los investigadores considerados «serios» negaron cualquier vinculación del prelado con los hechos que propiciaron el nacimiento de la ruta jacobea e incluso llegaron a cuestionar su existencia, asegurando que formaba parte del mito creado en torno al sepulcro del Apóstol con el fin de enriquecer su leyenda y atraer viajeros hasta la ciudad que lleva su nombre.

Hasta que en 1955 esa asunción hubo de ser definitivamente abandonada, después de que unas obras de restauración realizadas en la catedral sacaran a la luz una lápida sepulcral, indudablemente auténtica y expuesta hoy a los ojos del visitante, que fecha su fallecimiento el 20 de octubre del 847.

Teodomiro es por tanto un personaje real, determinante en el devenir de España y de Europa, protagonista indudable del hallazgo prodigioso que dio lugar a la mayor fuente de riqueza cultural, artística, espiritual e incluso económica que ha conocido nuestro país en toda su historia: el Camino de Santiago, merecidamente declarado por la Unesco Patrimonio de la Humanidad.

Y es que el «descubrimiento» de las reliquias del Hijo del Trueno, uno de los doce discípulos que acompañaron a Jesucristo, supuso un impulso determinante para el pequeño Reino de Asturias, último enclave cristiano en Hispania y embrión de nuestra nación, que a la sazón incluía todo el territorio de la actual Galicia. Un estímulo crucial para su supervivencia en un tiempo crítico, cuando se enfrentaba a brutales ofensivas bélicas lanzadas prácticamente cada verano desde el sur por los musulmanes que dominaban la península.

Salvador

¿Quién, sino el evangelizador del solar patrio, podría salvarlo de sucumbir a semejantes aceifas? Santiago «apareció» en el momento más oportuno, rescatado de un olvido secular por el titular de una de las tres sedes episcopales que albergaban los dominios de Alfonso II «el Casto»: Iria Flavia (Padrón), Lucus (Lugo) y Ovetao (Oviedo). Su «aparición» se convirtió de inmediato en un «scoop» de alcance mundial.

A finales del siglo IX, la noticia del hallazgo del sepulcro de Santiago en el «finis terrae» de Occidente había sido ampliamente difundida y aceptada al norte de los Pirineos. Así lo atestiguan varios martirologios de la época, como los de Ado de Viena, Usuardo de Saint Germain des Prés (867) o Notker de Saint Gal. Pocas décadas después, peregrinos procedentes del norte y este de Europa llegaban regularmente hasta la humilde basílica mandada levantar sobre la tumba por el citado rey Alfonso II, soberano de esas tierras remotas.

El Archivo de la Catedral de Compostela conserva un pergamino de incalculable valor que recoge una donación realizada por dicho monarca a esa iglesia en el año 834. El mismo documento da cuenta de la peregrinación realizada por él al «lugar santo» descubierto unos años antes, sin precisar la fecha exacta del descubrimiento ni tampoco la de la visita. El acta de donación, aceptada como esencialmente verídica, sitúa por tanto el acontecimiento en un momento indeterminado anterior al 834 y posterior al 818, año en que Teodomiro, titular de la sede iriense cuando se produce la «aparición», toma posesión de su prelatura en la ciudad llamada actualmente Padrón.

Formidable aventura

El mitrado es una pieza clave en la historia que da lugar a esa formidable aventura. Según la tradición jacobea, forjada a lo largo de los siglos, Teodomiro es alertado por el eremita Pelayo de la presencia de esas reliquias en un bosque perdido conocido como Libredón, crecido alrededor de una antigua necrópolis romana. Aquí la leyenda, recogida en varios textos medievales, se sobrepone a los hechos contrastables y habla de luminarias que trazan signos en el cielo nocturno, voces angelicales, ayuno, oración, y finalmente una revelación milagrosa al anacoreta del lugar en el que es preciso excavar en busca de los restos del Apóstol, enterrado en un arca marmorica (arca de mármol) en compañía de sus discípulos Atanasio y Teodoro.

Varios autores contemporáneos sostienen que, más allá de las narraciones alegóricas del suceso, típicas de la alta Edad Media y probablemente «embellecidas» hasta rayar el absurdo con el correr de los siglos, Teodomiro sabía lo que buscaba y también dónde buscarlo, basándose en la tradición oral de su Iglesia. Además, desde finales del siglo VI, algunos códices sin duda conocidos por el clero astur-galaico y presentes en las bibliotecas de monasterios importantes como el de Samos (los de Beda el Venerable o el Breviarium Apostolarum, entre otros) daban cuenta de la estrecha relación existente entre Santiago, hermano de san Juan, y la península en la que había predicado el Evangelio antes de regresar a Jerusalén, respondiendo a la llamada de la Virgen María, para sufrir el martirio y morir decapitado por orden de Herodes.

A mediados del siglo XIX, unas excavaciones exhaustivas llevadas a cabo en la Catedral compostelana permitieron encontrar los restos de tres personas distintas, dos varones relativamente jóvenes y un tercero en el último tercio de su vida, inicialmente identificados como el Apóstol y sus dos discípulos, Atanasio y Teodoro. Los avatares de sucesivas guerras habían dado lugar a ocultamientos que dificultaron la tarea, aunque finalmente se consiguió dar con las reliquias extraviadas. La investigación ordenada por el Papa León XIII concluyó que el cadáver de mayor edad correspondía al de un hombre muerto por decapitación, en cuyo cráneo faltaba un hueso, la apófisis mastoidea derecha, coincidente con una reliquia venerada desde antiguo en Pistoia (Italia) como perteneciente a Santiago el Mayor.

Carácter oficial

La resolución de la Congregación, encabezada por el doctor Chiapelli, fue publicada el 25 de julio de 1884, seguida de una bula, Deus Omnipotentis, que daba por buena la presencia de los restos del santo en Compostela y llamaba a emprender nuevas peregrinaciones a su sepulcro. La Iglesia otorgaba de ese modo carácter oficial a lo que la fe de las gentes aceptaba desde tiempos inmemoriales, alimentando un camino incesante de intercambio, encuentro y aprendizaje. Un camino de redención para los creyentes y de fascinación para cualquiera que se adentre en él, cuyo trazado empezó a empedrar un obispo de visión preclara que gobernó la Iglesia iriense entre los años 818 y 847 de nuestra era.

Teodomiro no sólo certificó con su autoridad el hallazgo, sino que informó de él al soberano, Alfonso II, y consiguió que este viajase al lugar del sepulcro y mandara levantar sobre él una basílica modesta, dados los escasos recursos de los que disponía el Reino, así como un pequeño monasterio dedicado esencialmente a su custodia. Entre los edificios adscritos al servicio del complejo se encontraría probablemente una vivienda destinada a residencia episcopal, que respondería al deseo del prelado de establecerse en ese enclave, abandonando su palacio de Iria Flavia. Diversos documentos atestiguan que su ejemplo fue seguido por sus sucesores, aunque oficialmente la sede se mantuvo en Iria hasta 1095, cuando se fijó de forma exclusiva en Compostela.

Teodomiro existió, es indudable. Cosa distinta es si lo que «descubrió» en ese bosque perdido fueron realmente las reliquias de Santiago Apóstol y sus discípulos o bien los restos de otras personas. Iglesia e historiadores de uno u otro signo no terminan de ponerse de acuerdo, aunque existen evidencias documentales y arqueológicas sobradas para concluir que el Camino de Santiago no es fruto de una mera invención. Diversos elementos más o menos imaginarios se han ido incorporando a la leyenda del Apóstol en el transcurso de los siglos, pero no hay engaño sin base alguna que perdure con tanta fuerza durante más de un milenio. Y hace ya más de mil años que peregrinos procedentes de todo el orbe recorren el Camino de Santiago guiados por motivos múltiples, no siempre vinculados a la fe. Todos, sin excepción, han contribuido a enriquecer el formidable acervo cultural que acumula esa vía milenaria y todos, sin excepción, han vivido al recorrerlo una experiencia inolvidable.