Fresán, fotografiado en Barcelona antes de la entrevista
Fresán, fotografiado en Barcelona antes de la entrevista - INÉS BAUCELLS

Rodrigo Fresán: «Ahora el gran enemigo de la lectura es la propia lectura»

El escritor argentino retoma con «La parte soñada» su ambiciosa trilogía sobre los mecanismos de la creación

BARCELONAActualizado:

Inventar, soñar y recordar. El arte de la escritura, la sinfonía que debe construir el escritor movimiento a movimiento, resumida en tres actos y empaquetada en otros tantos libros con los que Rodrigo Fresán (Buenos Aires, 1963) se ha propuesto reivindicar «un tipo de literatura que no puedas solucionar en un tuit ni con la claridad de 140 caracteres». Una literatura, añade, «que ni siquiera tenga que estar muy preocupada por la realidad».

Es así como el autor argentino afincado en Barcelona ha llegado a «La parte soñada» (Literatura Random House), segunda entrega de esa trilogía que estrenó «La parte inventada» y que llegará a su fin con «La parte recordada», despedida y cierre de un ambicioso artefacto en el que, además de ahondar en esa obsesión numerológica por el tres que le acompaña desde que descubrió «2001: Una odisea del espacio», de Kubrick, y «A Day In A Life» de los Beatles, da voz a un escritor -o «excritor», según el caso- que es como una versión «bastarda y bizarra» de sí mismo.

«Como en la película ‘This Is Spinal Tap’, soy yo con el volumen a 11», bromea a cuenta de un personaje de voz somnolienta y brumosa que sumerge al lector en un rompecabezas lisérgico y de tipografía mutante por el que circulan Nabokov, Charlotte Brönte, una fundación futurista que almacena sueños, un escritor-excritor atrapado en un bucle insomne y, en fin, una orquesta de personajes arrollados por esa apisonadora de referencias culturales a la que Fresán se encaramó en cuanto debutó con «Historia argentina».

Difícil, pues, acotar la trama de «La parte soñada». «Siempre digo que trata sobre el tema más revulsivo, transgresor, inquietante e incomodante, que es leer y escribir en una época en la que todo el mundo lee y escribe constantemente. Crecí pensando que la televisión era el enemigo de la lectura, y ahora el gran enemigo de la lectura es la propia lectura. En otra dimensión, sí, pero lectura al fin y al cabo», explica un autor que, diez novelas después, ya ha aprendido a fintar hábilmente cualquier intento por etiquetarlo como posmoderno. «Cuando me bendicen como pop, eso es algo que ya está en Jane Austen, con esas escenas en las que cuentan lo que bailan. O lo que pasa en Fitzgerald con el jazz y en Kerouac con el bebop. No creo que esté haciendo nada nuevo. Al contrario: me pregunto de si no me estaré convirtiendo en un adolescente perpetuo. Pero bueno: ahí está Bob Dylan con 75 años, así que estoy cubierto», explica.

El guiño a Dylan, en este caso, tampoco es casual. Y no sólo porque se trate de un obsesión ampliamente celebrada, un fantasma eléctrico que aúlla en todos y cada uno de los libros del autor argentino, sino porque buena parte de «La parte soñada», subraya, está escrita en código dylaniano. «La primera parte del libro es una especie de reescritura de “Series of Dreams”, que es la gran canción sobre los sueños», apunta.

Así, mientras el bardo de Minnesota piensa en esos sueños en los que los paraguas se doblan y nada alcanza nunca la cima, Fresán se adentra en la senda de la duermevela para intentar explicarse cómo sueña un escritor. «Nunca he sido de los de dormir con una libreta en la mesilla de noche, pero sí que tuve una experiencia de despertarme con el convencimiento de haber soñado una novela entera. Sólo me acordaba de una escena, que eran dos personas hablando en un velero. Puse eso por escrito y escribí en una semana “Esperanto”, una novela que no estaba en mis planes», relata un autor para el que la fase R.E.M no es más que una excusa tan buena como cualquier otra para marcar distancia con la realidad. «Como decía Nabokov, la realidad está sobrevalorada. Bastante la sufro en el plano supuestamente real de las cosas», sostiene.