Ritos de muerte y nacimiento

El «Diccionario de música, mitología, magia y religión» de Ramón Andrés compendia la versión «no oficial» de la Humanidad

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Antes de publicar su “Diccionario de música, mitología, magia y religión” (Acantilado), Ramón Andrés analizó en “No sufrir compañía” el silencio místico de su admirado San Juan de la Cruz. El silencio, como la lentitud y la quietud, son actitudes estigmatizadas en estos tiempos de ruido y furia. El silencio nos cuestiona, subraya el ensayista navarro: “Por eso no lo soportamos. Nos deja espacio para pensar y eso al sistema no le interesa”. La mitología, añade, “es la versión no oficial de lo que somos: el racionalismo no puede explicarlo todo porque somos, también, instinto”.

El Diccionario de Andrés recorre la débil frontera entre el limitado tiempo humano y la eternidad del “luminoso mundo de lo oscuro”. En los días del nacimiento de Cristo recordamos a lo que se fueron. Aunque parezca una paradoja, nuestros ancestros, “otorgaron al Sol un carácter sagrado, no tanto porque anunciara y diera vida al nuevo día, sino porque, consideraban, venía de la noche, donde se forjaba el destino de cada uno”.

Entre las entradas de esta obra de mil ochocientas páginas, destacan las dedicadas al “alma” y “número”, dos conceptos que Platón relacionaba con las proporciones perfectas y que San Agustín incorporó al acervo cristiano. De entre los héroes, el autor se queda con Orfeo, “porque busca el conocimiento y desciende a los infiernos, que no es otra cosa que un viaje al interior de uno mismo”.

De entre los dioses, Hermes, “el benefactor del pensamiento que va al centro de la tierra y resurge volando en el Mercurio romano”. De entre los instrumentos musicales, “la flauta, de caña o bambú, el aliento divino. El viento a través de los cañaverales inspira el mito de Pan, la religión sufí y los mitos de China y Japón”.

Se dice que Hermes inventó la lira en una cueva, estación de nuestro origen y final en la tierra. Andrés subraya esta otra paradoja: “Aunque las primitivas religiones señalaron el Cielo como destino humano tras la muerte, fue la tierra, el lugar final de acogida. La sepultura y los instrumentos de sílex nacieron a un mismo tiempo”. La bóveda devino espacio celeste y la sonoridad acústica de las galerías, una “forja de canciones”. El orden vibratorio de una nota reproduce el ciclo existencial: nacimiento, crecimiento, muerte. En el “ajuar funerario” mesopotámico se hallaron liras; en la tumba de Tutankhamón, trompetas y crótalos de marfil; en la nórdica “Edda Mayor”, los héroes son enterrados con su arpa, “enlace entre el Cielo y la Tierra”.

En el paisaje, un poderoso roble del que asoman ramas doradas del muérdago; considerado sobrenatural desde la Antigüedad, el símbolo de la suerte en los días navideños sobrevive mientras caen las hojas caducas. El roble, concluye Andrés, “depositaba en lo alto, en un lugar seguro, el centro de su existencia, que se manifestaba en el perenne muérdago”. Un símbolo de lo perdurable que alcanza todo su sentido en estos tiempos de vuelo bajo y sociedad “líquida”.