Richard Ford, ayer en Barcelona
Richard Ford, ayer en Barcelona - INÉS BAUCELLS

Richard Ford: «En Estados Unidos interesan las pegatinas y los eslóganes, no la política»

El autor de «El periodista deportivo» recupera al célebre Frank Bascombe en la colección de relatos «Francamente, Frank»

BARCELONAActualizado:

John Banville ha dicho de él que es un autor «maravilloso» y Raymond Carver aseguró que estamos ante «el mejor escritor en activo» de Estados Unidos; pero, a sus 71 años, Richard Ford (Jacksonville, Mississippi, 1944) tiene unas preocupaciones algo más prosaicas. «Me basta con ser un escritor vivo», bromea, espigado como una versión afable y cordial de Clint Eastwood y con una frente cada vez más despejada que, desde las alturas, no hace sino subrayar lo enigmático de esa mirada azul-casi-blanca.

El que habla, no hay duda, es Richard Ford, pero cada vez que abre la boca, siempre que se detiene para saborear una frase con visos de autosabotaje -«los escritores no son más que lectores con un poco de tiempo libre extra»; «siempre habrá escritores mejores que yo, y me parece bien», asegura casi del tirón- uno juraría que quien habla es, en realidad, Frank Bascombe, su personaje más célebre. Quién sabe, quizá sea alguna de estas frases la que el autor de «Canadá» acabará anotando en esa libretita gris y verde que lleva siempre encima y en la que, asegura, garabatea todo aquello «que Frank diría o pensaría».

También, claro, todo aquello que podría ocurrirle a un Bascombe al que dábamos por despedido tras la monumental «Acción de gracias», cierre de esa trilogía a ras de suelo de la realidad norteamericana que completan «El periodista deportivo» y «El Día de la Independencia», pero que reaparece ahora, por sorpresa, con «Francamente, Frank» (Anagrama). «Incluso cuando no estoy escribiendo, no está demasiado lejos de mí», aclara Ford sobre esta cuarta venida de uno de los personajes más sardónicos y sagaces que ha dado la literatura estadounidense en el último medio siglo.

Una voz sabia y desacomplejada que Ford vistió de comentarista deportivo y agente inmobiliario y al que ahora reencontramos, jubilado y de vuelta de todo, en cuatro relatos cuyo hilo conductor son los devastadores efectos que tuvo el huracán Sandy a su paso por Nueva Jersey en 2012. «Mi intención era escribir historias que fueran más allá de las consecuencias inmediatas del huracán, como una manera de decir que tenemos que prestar atención a nuestra realidad cotidiana, ya que es algo que nos afecta a todos. Sin las novelas no prestaríamos la misma atención a la vida», explica Ford.

-Cuando publicó «Acción de gracias» aseguró que una de las razones para despedirse de Frank Bascombe era que buscaba desafíos, que no quería hacer libros que le resultaran cómodos. ¿Qué ha cambiado?

-Lo que pasó es que el huracán me afectó y me sentí empujado a escribir. Es cierto que podría haber escrito cualquier cosa, pero pensé que sería buena idea dejar que Frank contara la historia. Además, quería hacer un libro que pudiera terminar en un año. Ya he escrito suficientes libros enormes.

-¿Podemos decir ya que Frank Bascombe es, definitivamente, Richard Ford?

-No pienso en esos términos, la verdad. Siempre que la gente me pregunta digo que Frank es más agradable que yo, lo que es verdad. Él acaba al final de la página, mientras que yo sigo aquí. Pero, además, he escrito otros libros que también son sobre mí, así que no sé porqué Frank tiene que ser sobre mí y los demás no. La gente en mis novelas está construida a partir del lenguaje, no guarda ninguna fidelidad con la realidad. Ni siquiera creo que sea más interesante que Frank. De hecho, el trabajo de un escritor no es ser interesante o famoso: es escribir libros que sean interesantes.

-«Francamente, Frank» es un libro salpicado por la muerte y la enfermedad, pero también repleto de ironía y humor. ¿El secreto está en encontrar el equilibrio entre comedia y tragedia?

-Soy hijo de padres mayores. Mi padre tenía casi 40 y mi madre 35 cuando nací, por lo que que crecí rodeado de gente mayor. Era hijo único y me sentía fascinado por mis padres y sus amigos, pero siendo muy joven aquella gente empezó a morir, y yo empecé a ir a funerales. Y cuando tenía 16 años, mi padre murió. La vida ha estado llena de muerte para mí, pero eso me ha hecho no ser temeroso y pensar que mejor vivir ahora ya que, sino, no vivirás nunca.

-¿Y qué hay del humor?

-Se formó en muchos sitios diferentes. En el cine, donde iba de niño y veía hasta tres películas el mismo día; y con mis padres, que estaban todo el día riendo. Pero, sobre todo, crecer en Mississippi en la época de la segregación racial te permite darte cuenta de que estás viviendo en un absurdo: la gente te dice que son verdad cosas que tu sabes a ciencia cierta que no lo son, y esa es la fórmula básica de la comedia. La única manera en que nosotros, chicos blancos, podíamos vivir así, era a través del humor. No estoy diciendo ni por un segundo que sufriéramos, pero sí que experimentamos lo que era el racismo, aunque fuera desde nuestra privilegiada barrera racial.

Trump y el realismo sucio

Otra vez habla Ford y, sin embargo, podría estar haciéndolo Bascombe, a quien encontramos en «Francamente, Frank» moviéndose en un decorado por el que asoman, aunque sea tangencialmente, las complejas relaciones raciales que aún hoy rigen las relaciones en Estados Unidos y trufando la narración de referencias políticas. «Sí que hay muchas referencias, pero no creo que pueda decirse que son libros políticos de un modo demasiado astuto. Creo que, más bien, intentan reírse de las actitudes políticas de los estadounidenses, ya que en realidad en Estados Unidos no interesa la política: interesan las pegatinas y los eslóganes. Mucha gente ni siquiera vota», relata un Ford que, minutos antes, se ha despachado a gusto con una fotografía de Marine Le Pen que ilustraba la portada de un diario y ha restado cualquier asomo de relevancia al polémico Donald Trump. «Es inofensivo, porque no va a ganar. Los republicanos son un partido minoritario que hace mucho ruido», explica Ford, quien durante años fue militante del Partido Demócrata pero se acabó dando de baja, quizá porque, como insiste, en Estados Unidos no interesa la política. Sólo las pegatinas. ¿Un ejemplo? «Nadie sabe qué es el socialismo. Creen que es comunismo con otro nombre», apunta este ilustre representante de lo que un día tuvo a bien llamarse «realismo sucio».

Sí, realismo sucio. Aún hoy, a Ford se le escapa la risa cuando alguien le planta delante aquella corriente en la que lo mismo cabían John Fante o Raymond Carver. «Era algo hilarante, la verdad. Mi amigo Raymond (Carver) y yo nos reímos mucho a costa de eso. Siempre nos preguntábamos: ¿mis historias son sucias? ¿Lo son las tuyas? Fue sólo márketing, pero realmente funcionó bien si alguien de su edad sigue hablando de eso», relata un Ford que prefiere considerarse un novelista del momento, un narrador pegado al presente más inmediato. «No quiero resucitar el pasado: quiero ser consciente de todo lo que hago cuando lo estoy haciendo», explica, mientras revisa en voz alta algunas de las últimas anotaciones, apenas esbozos, que han ido a parar a su pequeña libreta gris y verde. «Él puede ver a otro hombre trabajando en la habitación de al lado», lee. «Ramona hace un ruido extraño cuando ríe», añade. De ahí, apunta Ford, puede salir una novela. Es más: ya está trabajando en un nuevo relato, aunque aún le faltan los cimientos. «Sé que será oscuro y que tendrá crímenes, prisión, metanfetamina... Lo que no sé es cómo se relacionarán estos elementos», explica. Eso, si nada se tuerce, lo sabremos en un par de años.

¿Y qué hay de Bascombe?, se preguntarán. Pues, según parece, ha vuelto para quedarse. O eso, por lo menos, es lo que apunta Ford, que imagina a su célebre criatura en una autocaravana el día de San Valentín. «Voy a escribir otro, sí, pero para eso tengo que estar vivo», insiste Ford. «Estoy jubilado, solo espero la muerte o la vuelta de mi mujer de Mantoloking… Lo que venga primero», replica un Bascombe más franco que nunca.