El escritor y periodista francés Philippe Lançon, uno de los supervivientes del atentado de Charlie Hebdo, posa durante la presentación este martes 3 de octubre de 2019 en Barcelona de su última obra, «El colgajo»
El escritor y periodista francés Philippe Lançon, uno de los supervivientes del atentado de Charlie Hebdo, posa durante la presentación este martes 3 de octubre de 2019 en Barcelona de su última obra, «El colgajo» - EFE/Alejandro García

Philippe Lançon: «El odio está de moda, pero no sirve de nada»

El cronista de Charlie Hebdo, víctima del atentado islamista, describe su calvario personal en «El colgajo»

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La mañana del 7 de enero de 2015, Philippe Lançon, periodista del diario «Libération» y cronista de la revista satírica «Charlie Hebdo», fue víctima del atentado contra esa publicación satírica que costó la vida a 12 personas. El relato descarnado de aquella experiencia, de las secuelas de sus graves heridas y de la cirugía y rehabilitación ha quedado condensado en un libro de escueto título: «El colgajo» (Anagrama), que el autor presentó ayer en Barcelona. Lançon relata que se despertó destemplado. Y que el fin de semana anterior había firmado la crítica de «Sumisión», de Michel Houellebecq: su distopia conjetura una Francia gobernada por un islamismo cuasi socialdemócrata.

Al encender la radio, el invitado de «France Inter» era, justamente, Houellebecq. En aquellos momentos, apunta Lançon: «Los asesinos se estaban preparando mientras él hablaba con voz fingidamente dormida de república e islam. Comprobaban sus armas mientras él murmuraba sus provocaciones en modo menor. En cuestión de dos horas, su ficción se vería superada por una excrecencia del fenómeno que había imaginado…»

Libertad

Aquella mañana, Lançon llegó impuntual a la reunión del «Charlie Hebdo» con Cabu, Wolinski, Cayat, Tignous, Léger, Charb, Maris... Una revista satírica y anticlerical en un edificio acristalado de la calle Nicolas Appert, entre dos plazas revolucionarias: Bastille y République. Periodista «serio» en «Libération», Lançon aliñaba la actualidad con la sátira en aquellas reuniones de redacción de Charlie que no aspiraba –ni falta que le hacía– a ser «Le Monde», ni el boletín oficial de la República Francesa: «Estaba rodeado de dibujantes que soltaban lo que se les pasaba por la cabeza y eso es la libertad: para que surja una idea genial, hay que decir nueve tonterías». En «Charlie» se habían reído de la Iglesia católica y ahora se reían de los imanes, «aunque solo había publicado seis portadas sobre el islam en diez años», puntualiza Lançon. El problema de Charlie, añade, como el de toda la prensa satírica, «es que estaba en un mundo incapaz de reírse de sí mismo. Lo que llamamos corrección política es un arma fatal contra el humor».

Minutos antes del atentado, pues, no había mucha gente en Francia que fuera Charlie, advierte Lançon: «La revista solo tenía importancia para cuatro fieles, para los islamistas y para las distintas clases de enemigos más o menos civilizados, que iba de los chavales del extrarradio que no leían a los amigos perpetuos de los parias de la tierra, que gustaban de calificarla de racista».

Hacia las 11.28 h., la muerte iba a escribir la peor de sus historias en «Charlie Hebdo». Acabada la reunión, cuando Lançon se iba a ir a «Libération» para escribir la crítica de «Noche de Reyes», acaeció el horror con rostros enmascarados: acurrucado, escuchará el rumor de las balas al grito de «Allahu Akbar!» después de cada disparo. Y más balas. Y más «Allahu Akbar!». En palabras de la víctima: «Un acto de guerra en época de paz». Los ejecutores de la masacre: los hermanos Saïd y Chérif Kouachi, «dos árabes, pero franceses, dos hijos de la República», acota Lançon.

Philippe Lançon
Philippe Lançon - EFE/Alejandro García

Cuando cesó el fragor de los fusiles, se creyó ileso. Al abrir los ojos, vio su mano izquierda herida en las articulaciones del dedo índice y el corazón. Al lado, su compañero Bernard con los sesos desbordando el cráneo. Llegaron los auxilios y cuando fue atendido en La Pitié Salpêtrière, removió con la lengua los añicos de sus dientes y comprobó que le costaba articular palabras.

Comenzaba así un calvario quirúrgico de doscientos días de operaciones y silencio. Un memorial del dolor y, también, de la reconstrucción física y moral que Lançon ha condensado en un escueto título: «El colgajo» (Anagrama). Un título que tenía in mente antes de escribir. «Me pareció idóneo porque es un término técnico de la cirugía reconstructora. No quería un título patético. En francés –Le Lambeau– alude a deshacerse en pedazos», explica. Además de la cirugía que le ha devuelto el habla, el autor rinde tributo a quienes le ayudaron a reconstruir su personalidad. Una personalidad que no es la anterior al 7 de enero de 2015: «No he escrito un ensayo político ni sociológico, sino el relato de cómo cambia la vida de un hombre después de sufrir un atentado, desde ese momento ya es otra persona y ese es el corazón del relato», puntualiza Lançon.

«El colgajo» no es una terapia: «La terapia es la cirugía, el psicólogo, el fisio, los amigos, los amores. Cuando decidí escribir el libro no pasé de la primera línea y hube de esperar año y medio hasta escribir la segunda. Mi cirujana me dijo que tuviera paciencia hasta el final de las curas». Lançon corrigió el epílogo de «El colgajo» el 3 de enero de 2018. Quiso el azar que lo hiciera en la misma sección del hospital que le acogió aquel fatídico 7 de enero de 2015. «Me iban a hacer otra molesta intervención y la retrasaron tres horas que aproveché para corregir el último capítulo. En ese momento, el libro hablaba de otra vida, que ya no era mi vida de 2018. Cuando acabé la corrección el enfermero me llamó al quirófano».

Resurrección

En su resurrección personal, Lançon convivió con el dolor: «Al principio no lo sentía mucho porque tomaba morfina y no tenía nervios en la mandíbula. Pero los nervios crecen de forma anárquica y llega un dolor inédito y desagradable». Aprendió del silencio: «Con la boca besas, comes, te comunicas con los demás… No poder hablar te desestabiliza, pero el silencio te obliga a estar más atento, eres como un niño que no quiere perder detalle de la conversación de los adultos».

No sintió odio: «La cirugía no deja espacio para el rencor, el odio o las teorías política sobre el atentado. El odio está de moda, pero no sirve de nada. Los terroristas, no me interesan… Quien me enseñó más sobre terrorismo es Conrad que lo detesta. Nunca me convenció el escritor que se mete en la piel del terrorista».

Además de Conrad, a Lançon le acompañó «La Recherche» de Proust: «La obra de un viejo amigo a la que accedo por cualquier puerta»; «La montaña mágica» de Mann: después de intentar leerla dos veces sin éxito había llegado el momento. También le ayudaron las cartas a Milena de Kafka: «Una vacuna contra la vanidad».

Lançon estuvo vigilado por una pareja de policías por si se repetía otro ataque yihadista: «Tener miedo no es el problema, sino qué haces con ese miedo. Cuando iba en metro y veía a árabes jóvenes con una mochila temía que la hicieran explotar. Pero seguí en el metro, me acostumbré al miedo hasta que desapareció».

En este universo malhumorado e irracional, quizá no todos sean «Charlie Hebdo», pero todos podríamos ser Philippe Lançon.