Los olvidados

La mirada del escritor Naipaul es una radiografía en tres dimensiones. Siempre en primera persona

MadridActualizado:

Cuando Luis Buñuel filmó en México su película «Los olvidados» (1950) el escándalo fue inmediato. Hay cosas, dijeron los bien pensantes, a esos que nunca les pasa nada, que no se deben mostrar. Y menos, subrayaron, que las muestre un exiliado. El tiempo, implacable, jugó a favor de Buñuel. Hoy es una obra maestra. Buena parte de la obra literaria del Nobel V(idiadhar). S(urajprased). Naipaul, es decir, V. S. Naipaul (1932-2018), de origen hindú, trata de personajes olvidados. Recuperados del fondo de la historia, la intrahistoria unamuniana, para resaltar las vidas anónimas e invisibles. Buena parte de la historia literaria está plagada de vidas ejemplares, o no. Pero vidas que tienen un anhelo, un ideal, una melancolía. Héroes, mitos, o antihéroes, que es lo mismo, pero en pocas ocasiones tratan de gentes sin historia. He ahí uno de los hallazgos a los que dedicó, magistralmente, su obra Naipaul. La historia olvidada. Naipaul descubre una manera de narrar que conjuga la crónica, el reportaje, la crítica social (brutal, clara, directa, contundente), la ficción, la memoria y la experiencia de sus múltiples viajes (es conocida su mayúscula polémica con quien fue gran amigo y después distante colega, otro viajero incorregible: Paul Theroux). En cada página sabe cómo describir la situación, cómo perfilar los personajes, cómo avanza la acción y cómo narrar la sucesión de hechos, los desgarros imposibles y las profundas melancolías de un mundo a la deriva. Si hubiera que citar un libro sería «Un recodo en el camino» (1979), pero hay tantos y tan brillantes...

La mirada del escritor Naipaul es una radiografía en tres dimensiones. Siempre en primera persona. Los personajes hablan, cuentan, sufren, ignoran, anhelan. «El regreso de Eva Perón» (1977), que pocos citarán hoy, es uno de los alegatos más duros jamás escritos sobre el ensimismamiento argentino. Pero Naipaul sabe, como exiliado de sí mismo, como desarraigado de su India original, como latinoamericano inglés (si no es un oximoron), que los argentinos, sí, «descienden de los barcos», como él. Naipaul estudió en Oxford. Presente y pasado, utopía y realidad, verdad y mentira, ficción y memoria componen los trazos de una geografía colonial, o post, en la que denunciar los desmanes contemporáneos. Sus páginas sobre el Islam, «Entre los creyentes: un viaje islámico» (1981), reverdecen de ácida lucidez, compromiso y valentía. Naipaul ignoró siempre las medias tintas. Conrad, Waugh, Maugham, Greene serían sus referentes en lengua inglesa. De la literatura en español se preocupó poco y mal. Su literatura contiene la claridad de la frase directa y las ideas precisas. La profunda voluntad de interesar, y no marear, al lector. Esa es su grandeza. La que premiaron en Estocolmo. Otro grande, Guillermo Cabrera Infante, lo fijó con esplendor: «La suya es la presencia de un escritor mayor en una literatura disminuida. Muertos Evelyn Waugh y Anthony Burgess, y ninguneado siempre Malcolm Lowry, Naipaul es el único escritor inglés que vale la pena leer». Y lo será hoy y mañana también.

Fernando R. LafuenteFernando R. Lafuente