Ana María Matute, fotografiada en su casa de Barcelona durante una entrevista, en octubre de 2011
Ana María Matute, fotografiada en su casa de Barcelona durante una entrevista, en octubre de 2011 - INÉS BAUCELLS

«Olvidado Rey Gudú», la novela que sacó del vacío a Ana María Matute

En el cuarto aniversario de la muerte de la autora, ABC reconstruye, con material inédito, el proceso de escritura, edición y publicación de esta obra inmensa, que apareció en 1996 y de la que acaba de llegar a librerías una edición conmemorativa

MadridActualizado:

El vacío. Así llamaba Ana María Matute (1925-2014) a la depresión. Una sombra que se apoderó de ella en el momento más dulce de su vida. Se había trasladado a Sitges (Barcelona) con su hijo Juan Pablo y su segundo marido, Julio Brocard. Tenía un piso maravilloso, donde escribía y se dedicaba a sus hobbies, entre los que estaban la joyería, la pintura y, sobre todo, la carpintería y las manualidades. Solía pedir a los niños de la localidad que le llevaran trocitos de madera con los que hacía pueblos medievales y, en una ocasión, le regaló a su amiga Esther Tusquets un collar elaborado con los culos de los botellines de cerveza (ella no dudó en llevarlo puesto un día que acudió a un estreno al Liceo, donde todo el mundo se quedó boquiabierto por el brillo que desprendían aquellas extrañas esmeraldas).

Viajaba por todo el mundo. Era una figura literaria consagrada, con una obra considerable y muy valorada ya a sus espaldas. La suerte, por fin, le sonreía. Pero, de repente, se quedó sin ganas de vivir. Y, por supuesto, de escribir. En sus propias palabras, no es que le diera «miedo escribir, es que no me interesaba, me daba igual. Todo me daba igual». Corría el año 1975 y aquel imprevisto vital hizo que abandonara la novela que llevaba a cuestas desde finales de los 60: «Olvidado Rey Gudú». Una obra inmensa, que marcó la vida de su autora y de la que Destino acaba de publicar una edición conmemorativa.

Según cuenta Paz Ortuño, amiga íntima y estrecha colaboradora de Ana María Matute, ella siempre había querido escribir este libro, «porque la Edad Media la entusiasmaba». Era un giro completo en su manera de escribir: una saga medieval a la que ni ella ni los lectores estaban, entonces, acostumbrados. «Lo tenía escrito de la manera en que escribía: rápido, pero luego corregía mucho. Era muy perfeccionista y nunca daba nada por terminado. No veía el momento de publicarlo». Entonces, de un día para otro, llegó el vacío. Y allí se quedó el «Rey Gudú». Matute lo «encerró», bajo llave, en un carrito de madera que ella misma construyó y que durante los muchos años que transcurrieron después la acompañó siempre, como equipaje de mano. Hasta que decidió a publicarlo.

El encierro de Balcells

El salto en el tiempo nos lleva hasta mediados de la década de los 90. Matute no había vuelto a escribir «absolutamente nada». Estaba obsesionada con el «Rey Gudú». De hecho, supersticiosa como era, y como siempre había oído que cuando uno acaba su gran obra se muere, temía que, cuando la terminara, se acabaría, también, su propia vida. Amigos como Ana María Moix o la ya mencionada Esther Tusquets le insistían para que retomara el trabajo. Pero fue Carmen Balcells, su agente literaria, la que logró que se sentara y rematara la obra. Aunque para ello tuvo que «secuestrarla» en su casa, donde Matute estaba controlada por una secretaria, que se aseguraba de que no hiciera ninguna escapadita. «Le faltaba toda la corrección, ordenarlo todo, que era en lo que más tiempo invertía», confirma Ortuño. Y, aunque el nerviosismo de tener una fecha fija de entrega hizo que lo pasara fatal, logró terminarlo.

Por esas mismas fechas, Javier de Juan, que llevaba trabajando unos años en Espasa Calpe, se puso como objetivo abrir una línea de narrativa, en la que destacaran nuevos autores en el mundo de habla hispana. Para ello, por supuesto, contactó con la agencia Balcells, y la «Mamá Grande» no le defraudó. «Me invitó a desayunar en su suite del hotel Palace, en Madrid. Con la vitalidad y claridad que la caracterizaban, me dijo que tenía a la autora que necesitábamos, pero que no me lo iba a poner fácil», recuerda, con cariño, el editor. Las condiciones económicas que puso superaban, con creces, el anticipo que De Juan podía decidir, por lo que pidió luz verde a Fernando Lara. Éste le dio su beneplácito, aunque le pidió que, a cambio, negociara con Balcells la contratación de un autor que actuara de «seguro» en el que caso de que Matute no funcionara: José Ángel Mañas.

Cuando, a los pocos días, De Juan tuvo delante el original supo que estaba ante «una obra diferente». Pese a todo, encargó un informe de ventas a la Casa del Libro. «Me dijeron que era imposible extrapolar, que había pasado mucho tiempo desde su último libro, pero que con una buena campaña lograríamos vender 25.000 ejemplares». Una cifra que, ni de lejos, cubría el mínimo. «Fui al comité de Espasa y defendí la propuesta sin encomendarme al diablo». Y, al final, salió adelante.

El siguiente paso era reunirse, en Barcelona, con la autora de la obra. Pero, antes de viajar, el editor recibió una llamada de Balcells. La agente respetaba y quería a Matute y, por eso, quiso advertirle a De Juan: «Te vas a encontrar a una mujer que ha sufrido mucho en su vida», le dijo. Como consecuencia, acudió «un poco preocupado» a su almuerzo con la escritora, en un restaurante cercano a su domicilio en la Ciudad Condal. Allí se encontró «a una mujer sonriente, tranquila y afable». Fue un almuerzo «delicioso», en el que compartieron un vino blanco del gusto de ambos y durante el que Matute no paró de hablar de la obra. «No puso ninguna dificultad para corregir el original. Fue un proceso sencillo».

La corrección final

Como recuerda Lola Cruz, actual editora de no ficción en Espasa, fue Celia Torroja la encargada de ir a casa de la autora a recopilar el manuscrito, que se encontraba disperso. «Trajo el material a Madrid y empezamos la edición, propiamente dicha. Fue muy larga, pero muy gustosa. Estuvimos bastantes meses. Al estar escrito a lo largo de tanto tiempo, es lógico que hubiera desfases temporales y de características de personajes. De estilo no tocamos nada. Teníamos la dificultad de que todo ajustara como el mecanismo de un reloj suizo. Ella nos dio el visto bueno a todo, estaba encantadísima».

En menos de un año, las ventas de «Olvidado Rey Gudú» habían superado al anticipo: más de 200.000 ejemplares. Un «hito» que rompió moldes y trajo la paz al reino de Ana María Matute.