El escritor Norman Manea, fotografiado en una de sus últimas visitas a España
El escritor Norman Manea, fotografiado en una de sus últimas visitas a España - ABC

Norman Manea: «Mi lengua es mi hogar»

El escritor rumano charla con ABC unas semanas antes de acudir a Guadalajara (México) para recibir el premio FIL en Lenguas Romances 2016

MadridActualizado:

La etiqueta de «candidato al Nobel de Literatura» cuelga de la biografía de muchos escritores, pero pocos lo merecen realmente. Norman Manea (Suceava, Bucovina, 1936) es uno de ellos. A finales de agosto, recibió el Premio de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL) en Lenguas Romances 2016, un peldaño más en el camino hacia el reconocimiento de la Academia Sueca. En esta entrevista con ABC, el autor, que siendo un niño fue encerrado en un campo de concentración por su condición de judío y años después se enfrentó al régimen comunista en Rumanía, repasa su vida y obra.

Su primer encuentro con la literatura supuso, según sus palabras, descubrir «las maravillad del mundo». ¿Qué impacto tuvo en usted?

El impacto puede verse, y medirse, en tanto que ha durado más de sesenta años. La literatura cambió mi vida, mi lugar de residencia, y marcó mi identidad, como un escritor en el exilio que se llevó consigo su lengua como un caracol lleva a cuestas su hogar.

¿Y por qué decidió convertirse en ingeniero?

Al acabar el Liceo era muy buen estudiante, también en matemáticas, no sólo en lengua y literatura. El lenguaje y la cultura oficiales estaban en poder del Partido Comunista censor y había muy pocas posibilidades de que hubiera un cambio drástico. Esperaba que una profesión concreta me protegiera de la presión dogmática de la política, pero fue un error. En un estado totalitario, la presión es total y casi nadie puede escapar. Trabajé quince años como ingeniero y no fue una época feliz.

Entonces, ¿cuándo decidió que quería escribir, que quería ser novelista?

Creo que fue en la treintena. Mi primer texto en prosa apareció en 1966 (tenía treinta años) y mi primer libro de relatos en 1969. Por entonces, comenzaba el llamado periodo de «liberalización» en Rumanía. Aquello estimuló nuestro deseo de hacer todo lo que pudiéramos, antes de que las cosas cambiaran a peor.

Usted no era el típico escritor socialista, y por eso tuvo problemas con la censura. ¿Cómo afectó la censura a su relación con la escritura?

La presión externa era continua y ubicua, y con el tiempo fue también una presión interna; sabías que en el «otro lado», en el lado oficial, te enfrentarías a suspicacias y hostilidad, así que buscabas los trucos adecuados para seguir escribiendo.

De hecho, afrontó muchos problemas por negarse a seguir la fórmula de la literatura socialista, pero resistió creando su propio lenguaje. ¿Cómo recuerda aquel proceso?

Era algo obsesivo, pero también debía seguir las «balcánicas» variaciones de humor de las autoridades, cambios y ajustes que el sistema intentaba periódicamente, dependiendo del clima internacional y de la situación política interna. Mi integridad era mi riqueza más preciada, mi única riqueza, y traté de mantenerla en aquel tiempo difícil y en aquel lugar.

Pese a la marginalización que sufrió, logró una conexión muy especial con los lectores. ¿Era consciente?

Esa conexión era más bien un sueño. Mis libros aparecían (excepto el último, «El sobre negro») en ediciones muy pequeñas y llegaban a muy pocos lectores, nada comparable con los escritores «oficiales», favorecidos por el sistema. Estaba aislado, nunca aparecía en la televisión, ni en la radio, ni en la prensa principal del partido.

¿Cree que aquel tipo de literatura murió con el sistema?

La mayor parte sí. El cliché «literatura socialista» murió con el sistema, pero también gran parte de su opuesto, conformado por los pasajes codificados de la oposición, muy relacionados con las circunstancias locales.

Aunque está centrada en experiencias personales, creo que su literatura tiene una aproximación universal.

Me haría muy feliz que lo que dice fuera cierto. Sería el resultado final, y tranquilizador, de toda mi lucha literaria.

Al emigrar, primero a Alemania y más tarde a EE.UU., ¿cambió su relación con la literatura, con su escritura, en esa nueva sociedad abierta?

No fue un cambio drástico, pero se pueden observar algunos cambios. Fue un despertar crucial y también un desafío, al estar en una sociedad libre (y de libre mercado), especialmente en lo que respecta al arte y la literatura. Siempre soñé con ese encuentro.

¿Y qué piensa del significado de «escritor en el exilio»?

El escritor, el artista, está siempre en una especie de exilio con respecto a la vida convencional; su vocación es muy especial, está construida en soledad y tiene una resonancia social incierta. Más aún en el caso del lenguaje, que es la expresión más íntima y profunda de la personalidad y no es fácilmente transportable a otro ambiente cultural, social e histórico. Por lo tanto, es un distanciamiento dramático, a veces fatal y, sin embargo, en ocasiones también victorioso, como el imperfecto destino humano.

El debate que rodea al problema de la identidad es inagotable. Pero, al final, todos somos individuos, ¿no?

¡Por supuesto! ¡Y el arte es la expresión más subjetiva de la individualidad! Las discusiones, tan de moda hoy, en torno a la identidad me parecen infantiles y están siempre manipuladas por razones políticas: promueven la idea de que si descubres tu identidad ¡tienes la llave de todo! Es sólo el principio de un cuestionamiento, mucho más profundo, del efímero lugar que ocupas en el mundo. En nuestros abrumadores medios de comunicación y sociedad de masas, es extremadamente importante colocar la individualidad en el centro de la visión sociopolítica y estética, de nuestros valores y derechos, de la evolución.

Hace tiempo dijo que EE.UU. es el mejor hotel del mundo. ¿Cómo ve ahora el país?

Estados Unidos se desarrolló con la modernidad y ahora atraviesa una fase burlesca de populismo y mentalidad simple. La simplificación –el mayor talento del país– muestra no solo sus importantes beneficios, sino que sus deficiencias no son menores. El pragmatismo –el ideal de vida americana– está directamente conectado con esto. Esperemos que un país tan grande, dinámico y diverso no siga mucho tiempo más instalado en este circo actual, que es un callejón sin salida.

¿Dónde se siente más en casa: en Estados Unidos, en Rumanía o allá donde tenga lectores?

En mi lengua.

Cito uno de sus ensayos: «No crean, como Dostoievski, que la belleza puede salvar el mundo, pero podemos esperar que desempeñe un papel importante a la hora de consolarnos y redimir nuestra soledad». Me pregunto si la belleza juega aún ese papel en nuestra sociedad.

La belleza se ha convertido en un importante artículo de venta, en una sociedad cuya característica fundamental es la compraventa. Abundan las falsificaciones, por supuesto, incluso de un modo grotesco, en todos los apartados de la seducción, incluyendo los abundantes productos de belleza, desde el arte a los cosméticos y la ropa, a través de la manipulación y la especulación. El placer solitario del individuo depende de esa confusa quimera y puede ser un ejemplo, raro y maravilloso, de autenticidad.

En su última entrevista con ABC, su compatriota Mircea Cartasrescu dijo que «Europa está en la situación más dramática desde la Segunda Guerra Mundial». ¿Está de acuerdo?

Ahora la situación es dramática en todos lados.

¿Qué debe hacer Occidente para encontrar una solución contra el recrudecimiento del Daesh?

Hace lo que puede, pero no es suficiente. La corrección política ha jugado un papel de contención que ha tenido consecuencias negativas en la evaluación de este peligro, que combina intolerancia, oscurantismo, histeria y la devaluación de la vida humana.

¿Es usted una persona religiosa?

No, no lo soy, pero eso no quiere decir que no necesite algunos momentos de exaltación espiritual.

¿Y qué me dice del optimismo? ¿Se puede ser optimista hoy en día?

Con los seres humanos todo es posible, pero el pesimista tiene una ventaja importante: no sufre desilusiones.