Murakami, durante el programa de Tokyo FM del fin de semana
Murakami, durante el programa de Tokyo FM del fin de semana - TOKYO FM

Murakami asalta las ondas para estrenarse como DJ

El autor japonés debuta como pinchadiscos radiofónico con guiños a Joey Ramone, George Harrison y The Animals y reflexiones sobre la relación entre música y escritura

BarcelonaActualizado:

Que los Beach Boys apareciesen canturreando «California Girls» en su primera novela, «Escucha la canción del viento», ya daba alguna que otra pista sobre el universo referencial de Haruki Murakami (Kioto, 1949), pero entonces llegaron «Norwegian Wood» -traducida aquí de una manera un tanto incomprensible como «Tokio Blues»-, «Baila, baila, baila» y «After Dark», todas ellas cargadas de referencias cruzadas a los Beatles, The Dells y Curtis Fuller, y quedó claro que la música era algo más que un simple elemento ornamental en su obra.

«Escribir es algo muy solitario, así que necesitas algo que te ayude a seguir haciéndolo», explicó el propio autor en 2009 en una de sus contadísimas visitas en España. Una excursión que, además de para cumplir a regañadientes con las obligaciones promocionales, aprovechó para recorrer a conciencia los pasillos de Jazz Messengers, una de las tiendas de discos más exquisitas de Barcelona. Porque, como él mismo ha reconocido, antes del Murakami novelista, del superventas melancólico capaz de postularse año tras año (sin éxito) para el Nobel de Literatura, ya estaba el melómano apasionado; el joven que se quedó extasiado tras ver en directo a Art Blakey and the Jazz Messengers en 1964 y que, una década después, dejó colgados sus estudios universitarios para abrir su propio club de jazz en Tokio.

Con los años llegaría la escritura, el éxito y las novelas cada vez más ambiciosas, pero ahí seguía la música, enredándose con las palabras y alimentando las constantes vitales de sus novelas. También, cómo no, de «La muerte del comendador», que se publicará en España el 9 de octubre y cuya trama avanza a ritmo Mozart.

Coleccionista

Tal es su pasión que, no contento con coleccionar más de 10.000 vinilos y trufar sus narraciones de referencias musicales -no es difícil encontrar listas de reproducción con el centenar largo de canciones que «suenan» en sus libros- , el autor de «Kafka en la orilla» se ha estrenado también como pinchadiscos radiofónico para compartir algunas de sus canciones favoritas y reflexionar sobre las conexiones entre música y escritura.

«Para mí, escribir tiende a ser un proceso muy físico. Es como escribir mientras bailo, aunque en realidad no baile», relató Murakami el domingo en la emisora Tokyo FM mientras inspeccionaba sus siete Ipods en busca de canciones que sirviesen para ilustrar tan estrecha relación. «Más que aprender técnicas de escritura a partir de otros autores, tiendo a prestar atención al ritmo, las armonías, la improvisación libre y ese tipo de cosas», subrayó el autor nipón, que centró su estreno como discjockey en una decena de piezas a caballo entre el jazz, el blues y el rock clásico. Una selección de favoritas encabezada por el swing estilizado de «Madison Time», de Donald Fagen, y salpicada de versiones pop de estándares americanos.

De «What A Wonderful World», por ejemplo, se quedó con la poderosa versión de Joey Ramone, mientras que para descorchar «Between The Devil And The Deep Blue Sea» no recurrió a Ella Fitzgerald, sino a George Harrison. También se decantó por el «Knockin’ On Heaven’s Door» de Ben Sidran en vez del original de Dylan (quién sabe si como venganza por haberse llevado el Nobel antes que él) y recordó cómo se estremeció cuando escuchó por primera vez a Eric Burdon cantar junto a los Animals «Sky Pilot», himno antibélico lanzado en plena Guerra de Vietnam.

Con «Love Train» de Hall & Oates cubriendo la cuota de soul-pop bailable, Murakami también se atrevió con curiosidades como «Heigh-Ho / Whistle While You Work / Yo Ho (A Pirate’s Life for Me)», relecturas de fragmentos de bandas sonoras de Disney firmadas por Brian Wilson, el maltrecho cerebro de los Beach Boys. Eso sí, ni rastro (más allá del guiño a Harrison) de sus adorados Beatles. Será que, después de todo, su relación con los fab four merece otro programa especial.