El mundo, a los pies de Yourcenar

De impresionante puede calificarse la celebración del centenario de Marguerite Yourcenar (1903-1987). Desde hace meses y hasta finales de año, París, Bruselas, Boston, Roma, Atenas, Harvard, Bucarest, recuerdan a la autora de «Memorias de Adriano» con exposiciones, biografías, reediciones, coloquios y debates, en un etcétera memorable

JUAN PEDRO QUIÑONERO
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PARÍS. Conmemoración majestuosa del centenario de Marguerite Yourcenar (1903-1987), desde hace meses y hasta finales de año, en París, en Bruselas, en Boston, en Roma, en Atenas, en Harvard, en Bucarest, con exposiciones, biografías, reediciones, testimonios, coloquios, debates, proyecciones, a imagen de una personalidad en cuya celebración participan el cine, el gran arte y los más frondosos caminos de la literatura universal.

En el norte de Francia y el sur de Bélgica, en Bailleul, en Lille, en Brujas, en Arrás, en Roubaix, el centenario de la Yourcenar comenzó el otoño pasado, con un largo rosario de exposiciones, debates y ciclos de conferencias. La escritora nació en Bruselas, de padre francés y madre belga. Pero, en verdad, la hija de Michel de Crayencour y de Fernande de Cartier de Marchienne creció en Lille, en Bailleul y la residencia familiar de Mont Noir, en la frontera franco-belga. Antes de educarse, muy libremente, como correspondía a una aristócrata de espíritu y linaje, entre París, la Costa Azul, Italia y Grecia. «Recuerdos piadosos» (1974) y «Archivos del Norte» (1977), sus inconclusas memorias de infancia y juventud, reconstruyen de manera magistral esa parte decisiva de su vida.

Un siglo más tarde, la Academia belga de la Lengua celebra a una escritora eminente. Lille y Bailleul han organizado grandes exposiciones consagradas a una hija de la tierra. París la sacraliza a través de sus universidades y editoriales, que han publicado una docena de ediciones y reediciones de biografías y documentos más o menos póstumos.

Roma comenzó sus celebraciones el mes pasado, con una impresionante relación de seminarios y conferencias, bajo la doble tutela de la Biblioteca de Roma y la Universidad Roma III. No es un secreto, precisamente, el papel decisivo que la capital italiana jugó en la formación intelectual de la joven escritora. Sus «Memorias de Adriano» (1951) son el capítulo más justamente célebre de ese pasaje italiano en la vida y la obra de la Yourcenar. Pero hay muchas otras dimensiones. Varios de sus cuentos menos célebres tienen por escenario la Roma pre-musoliniana. Y el peregrinaje italiano forma una parte esencial de los vagabundeos yourcenarianos.

Otro tanto ocurre con las sucesivas etapas griegas de la escritora. Y las universidades de Nicosia y Atenas le consagran varios seminarios, el verano y el otoño próximos. Sus magna antología de la poesía griega, «La corona y la lira» (1979), fue la culminación de una larga vida de frecuentación del gran arte y la cultura griega. En cierta medida, buena parte de su obra es una «anotación», un «comentario» sobre la lengua y el arte atenienses de la época clásica. Uno de sus primeros relatos novelescos, «La nueva Eurídice» (1931), tendría muchas prolongaciones. Baste recordar «Electra o la caída de las máscaras» (1954), algunos de los relatos de «Fuegos» (1973) y sus relecturas y ensayos sobre Píndaro, Alcestes o el Minotauro. Sin olvidar sus traducciones del griego-alejandrino de Cavafis, que tanto contribuyeron a rescatar esa obra magna, en la misma medida que el ensayo y traducciones de Edward Morgan Forster. Un capítulo entero de las celebraciones pudiera estar consagrado a las relaciones de la Yourcenar con el budismo zen y las culturas orientales. Una de las piezas mayores de las conmemoraciones, en curso, fue la exposición «Cómo se salvó Wang-Fu» (en recuerdo de uno de sus relatos más memorables), presentada en Bailleul el mes de enero pasado, con estampas chinas de Pei Zhang Yang. Esa relación Este-Oeste es sencillamente capital en la obra de la Yourcenar. Su ensayo sobre Mishima, su relato y «prolongación» de la legendaria novela de Murasaki Sikibu (una suerte de «En busca del tiempo perdido», escrita en una corte medieval japonesa) son textos muy mayores. Entre los coloquios y conferencias celebrados y por celebrar en la Sorbona y la Academia belga destacan las reflexiones sobre una de las novelas mayores de la escritora, su «Opus nigrum» (1968). ¿Hay que recordar que se trata de una de las obras maestras definitivas escritas en Europa en los últimos 50 años? Con una rara y preciosa característica: su condición «multicultural». Escrita en francés, evoca y reconstruye un drama de Zenon, un alquimista «europeo», a caballo entre varias culturas y religiones.

Esa condición «transnacional» de la obra de la Yourcenar llama poderosamente la atención, cuando se recuerdan las celebraciones organizadas por varias universidades rumanas. Su primera novela, «Alexis, o el tratado del vano combate» (1929), ya se sitúa en la órbita geográfica de los gigantescos cataclismos que precipitarían y se prolongaron, como terremotos culturales, en las tierras del antiguo imperio austro-húngaro. Y la película del director alemán Volker Schlöndorff basada en ese relato se repone sin cesar para celebrar a la escritora. Que Boston y las universidades de la costa Este norteamericana también se hayan sumado a las celebraciones del recuerdo quizá sea de estricta justicia. Antes de ser la primera mujer que entró en la Academia francesa, en 1980, Marguerite Yourcenar se había nacionalizado ciudadana norteamericana en la inmediata posguerra y vivió en la isla del Monte Desierto, frente a Boston, hasta su muerte, en 1987, en compañía del gran amor de su vida, Grace Frick. Sin olvidar sus grandes traducciones de Henry James («Lo que Maisie sabía»), de Virginia Woolf («Las olas») y una famosa colección de blanco «spirituals».

Sus versiones de Murasaki Sikibu y los autores de «blues» americanos, su diálogo con la Grecia y la Roma clásicas, su frecuentación de Ronsard y los poetas de La Pleyade, su magna prolongación de la prosa de Chateaubriand y Proust, su atormentada exploración del gran arte y la más alta prosodia clásica, la convierten en un aerolito único en la historia de las literaturas contemporáneas, porque su ambición pasa por el diálogo entre distintas civilizaciones, alumbrando los atormentados caminos de un arte nuevo, de marmórea factura clásica.