Muere Francisca Aguirre, poeta y voz femenina que le faltó siempre a la generación del 50

«Aspiró a construir una sociedad donde la voz de las mujeres no fuera la voz de las silenciadas, de las excluidas»

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Francisca Aguirre fue siempre una mujer poderosa, tuvo una personalidad tan arrolladora que se puso el mundo por montera a golpe de poesía, de ideología. Vivir al lado de un gran poeta le restó visibilidad, pero ella lo aceptó con ese vitalismo que le daba el pertenecer a una generación de mujeres que se tuvo que hacer a sí misma, una generación que tuvo que atravesar códigos sociales, códigos morales, el gris de la postguerra, el cauce estrecho de cuidar a una familia.

Durante décadas, Paca Aguirre se mantuvo en silencio, es decir, en ese segundo plano donde su valía solo era conocida por un círculo de amigos cercanos, íntimos que no se dejaban deslumbrar por el brillo de las antologías y los estudios en los que ella nunca estaba. Esto significa que pertenece a ese grupo de mujeres para las que la vida nunca fue tarea fácil, como tantas nacidas en los años treinta. Ni que decir tiene que la guerra civil la marcó para siempre y le dio el relato más doloroso de su niñez, cruzar la frontera francesa, vivir la experiencia del hambre, de la desolación, reconocerse como una refugiada, sentir el duro golpe de ver cómo mataban a su padre.

Paca Aguirre siempre se reinventó, puso el dolor en sus versos, pero nunca dejó que el dolor se convirtiera en resentimiento ni en parálisis. Emilio Torné publicó su poesía completa en la Editorial Calambur bajo el título de «Ensayo general». Allí se encuentran desde su primer libro «Ítaca», aparecido en 1972, hasta «Historia de una anatomía» ( 2011) con el que obtuvo el Premio Nacional de poesía.

Poeta de la memoria, poeta de la indagación, se dejó deslumbrar por las cosas sencillas porque adivinó que el vivir cotidiano era la gran aventura en un mundo donde la vida normal se había hecho demasiado compleja, demasiado inasible. Ella decía que los momentos de inspiración le venían haciendo las tareas cotidianas de la casa. Nunca hizo, sin embargo, una poesía doméstica, sino una poesía donde el temblor de lo que pasa en la calle era una razón para respirar, para comprender y para confraternizar. Le importaron tanto los otros, el mundo, como le importó la dimensión de sus sentimientos. Se posicionó ideológicamente en aquel lugar donde velar el cadáver de su padre y la lucha de su padre. Aspiró a construir una sociedad donde la voz de las mujeres no fuera la voz de las silenciadas, de las excluidas.

Paca Aguirre fue el nombre de mujer que le faltó desde siempre a la generación del 50. Fue también la voz más clara de esa generación porque supo ahondar en esos ámbitos donde la modernidad estaba hecha de una posición femenina en el mundo. Esto quiere decir que se comunicó con su tiempo desde las posiciones inéditas de una sensibilidad que se había echado sobre sus hombros la tarea de mirar el tiempo, la vida, de ver crecer a su hija Guadalupe, de ver llegar la vejez desde el baluarte de su casa, al ritmo de lo cotidiano.

El Premio Nacional de las Letras que se otorgó este pasado noviembre era la forma de hacerla visible.