Retrato de Montaigne
Retrato de Montaigne

Montaigne definitivo y original en español

No vamos a descubrir lo que los Essais de Michel de Montaigne (1533-1592) representan en una cultura occidental ayuna de discurso moral. El editor Jaume Vallcorba sigue recolectando las piedras

SERGI DORIA. BARCELONA.
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No vamos a descubrir lo que los Essais de Michel de Montaigne (1533-1592) representan en una cultura occidental ayuna de discurso moral. El editor Jaume Vallcorba sigue recolectando las piedras dispersas del Humanismo, en tiempos de relativismo e indigestión multiculturalista. Y le pone portada con legajos latinos a la versión más original de los Ensayos de Montaigne, la edición de Marie de Gournay de 1595, con prólogo de Antoine Compagnon y traducción de Jordi Bayod Brau. Es la primera vez en España que se adopta el texto de 1595 sustituyendo la edición de Burdeos de 1580 -hasta ahora considerada canónica- y aprovechando de ésta anotaciones inéditas.

Los Ensayos, advierte Compagnon, «se han renovado mucho desde hace veinte años, de manera bastante imprevista y sorprendente. Cuando yo era estudiante, todos leíamos a Montaigne en el Ejemplar de Burdeos y no podíamos imaginar otra cosa. Por lo demás, en las librerías no había otro texto disponible. Pues bien, desde hace una década, la balanza se inclina a favor de otro texto, el de la edición póstuma de 1595 procurada por Marie de Gournay, que hoy parece ser aceptado casi unánimemente por editores y traductores. Es curioso observar tales vuelcos del consenso crítico».

Montaigne dio a la imprenta de Burdeos en 1580 los dos primeros libros de sus ensayos, ampliadas a un tercer volumen en la edición parisina de 1588; pero el escritor perigordino cincelaba sin cesar sus reflexiones, lo que otorga carácter definitivo a la edición póstuma de 1595, publicada con numerosas acotaciones y matices autobiográficos bajo la supervisión de su admiradora, madame de Gournay. Es la que Acantilado pone al alcance del lector español: «La que fue reeditada tradicionalmente hasta finales del siglo XIX y en ella se leyó a Montaigne, desde Pascal hasta Renan, pasando por Rousseau y Montesquieu, o Emerson y Nietzsche», subraya Compagnon. Pero la tradición crítica es veleidosa. A principios del siglo XX, Fortunat Strowski, siguiendo los discutibles criterios del «pope» Ferdinand Bruneti_re, orilló la versión de Gournay y retornó a la de Burdeos, reeditada en las sucesivas publicaciones de «Los ensayos», hasta que en 2007 Compagnon recuperó la edición de 1595. La rehabilitación de Marie de Gournay supuso un giro copernicano. El Ejemplar de Burdeos, concluye Compagnon, quedaba relegado a manuscrito de trabajo que no representaba el Montaigne definitivo: «En unos cuántos años el Ejemplar de Burdeos ha descendido al rango de borrador, mientras que, en un hermoso mea culpa de la tradición crítica, la fidelidad de Marie de Gournay y la exactitud de su edición póstuma han sido enteramente reevaluadas».

¿Y cómo se ha leído Montaigne en España? En 1634, Diego de Cisneros intentó traducirlo, pero su proyecto quedó en un manuscrito pendiente de expurgación en la Biblioteca Nacional. Habría que esperar hasta 1898 para la primera traducción castellana completa, de Constantino Román y Salamero. Como apunta Jordi Bayod, «tiene la virtud de un lenguaje sabroso, pero es imprecisa y excesivamente libre».

Hace sesenta años, la editorial Iberia brindó al lector de posguerra una traducción -mutilada por la censura franquista- de Juan de Luaces, y en 1985 Cátedra lanzó la de Almudena Montojo Micó, con la colaboración de Dolores Picazo González, muy divulgada pero, a juicio de Bayod, «poco fiable». En estos momentos está en marcha la traducción de de Marie-José Lemarchand para Gredos, cuyo primer volumen apareció en 2005, sin olvidar la accesible versión catalana de Vicent Alonso en Proa.

Para Jordi Bayod, las versiones castellanas de los Ensayos han adolecido de cierto libertinaje expresivo: «No parece que los traductores hayan estado familiarizados con el francés de Montaigne ni que se hayan esforzado por desentrañar sus ideas. Los errores, confusiones y contrasentidos abundan en todas ellas».

Contra la cultura del simulacro

Montaigne atraviesa los siglos como atravesó la guerra civil que rodeaba su torre del Périgord. Una fortaleza cultural, donde el solitario, sin guardias de seguridad, reciclaba siglos de sapiencia, con la perseverancia de los monjes medievales y la barbarie en el horizonte.

Buena lectura, Montaigne, paráclito en tiempos de miseria. Stefan Zweig lo leía para permanecer libre. No se entiende a Josep Pla sin los Ensayos en sus noches de grafomanía. Coincidía el ampurdanés con Flaubert en la serenidad que proporcionaba su lectura y Azorín elogiaba su hondura, independencia, modernidad y civilización. Resuenan en sus páginas Platón, Séneca, Plutarco, Virgilio, Catulo, Horacio, Boccaccio y Rabelais. Montaigne es el «Conócete a ti mismo»; atravesar, sin miedo, la cartografía de los vicios y virtudes humanos: la embriaguez, la gloria, la inconstancia, la presunción, la crueldad... Su compendio de humanismo convirtió al solitario de Périgord en el más citado junto a la Biblia, Shakespeare y Cervantes. Montaigne es moderno, contra los simulacros: «Me preocupo menos por cómo soy en otros que por como soy en mí. Quiero ser rico por mismo, no de prestado. Los extraños sólo ven los resultados y las apariencias externas; todo el mundo puede poner buena cara por fuera, mientras por dentro está lleno de fiebre y pavor. No ven mi corazón, sólo ven mis gestos...»