México espió a Paz por disidente y a García Márquez por espía pro-cubano
REUTERS García Márquez

México espió a Paz por disidente y a García Márquez por espía pro-cubano

MANUEL M. CASCANTE | CIUDAD DE MÉXICO
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Durante al menos 18 años, entre 1967 y 1985, los servicios secretos mexicanos espiaron a Gabriel García Márquez, al que consideraban «un agente de propaganda al servicio de la dirección de Inteligencia de Cuba», según documentos confidenciales de la desaparecida Dirección Federal de Seguridad (DFS). Se desconoce si la vigilancia sobre «Gabo» continuó después, pues los informes posteriores a 1985 permanecen clasificados por el Centro de Investigación y Seguridad Nacional (Cisen), actual organismo de inteligencia de México.

Las autoridades mexicanas de la época vincularon al colombiano con los mecanismos de propaganda castrista, en virtud de que García Márquez había cedido los derechos de «Crónica de una muerte anunciada» al Gobierno cubano, como revelaba una conversación telefónica intervenida que el escritor mantuvo con el director de la agencia cubana Prensa Latina, Jorge Timossi. «Lo anterior confirma que García Márquez, además de ser pro-cubano y pro-soviético, es un agente de propaganda al servicio de la Dirección de Inteligencia de ese país», indica el informe desclasificado.

Los documentos de la DFS, dados a conocer por el diario «El Universal», confirman el papel de mediador que García Márquez ejerció entre François Miterrand y Regis Debray, consejero del entonces presidente francés, con la izquierda latinoamericana, en especial de El Salvador, Chile y Colombia. García Márquez reside en Ciudad de México desde comienzos de los sesenta, aunque pasa algunas temporadas en su residencia de Cartagena de Indias.

Pero el autor de «Cien años de soledad» no fue el único en estar bajo la mira de los espías durante la «guerra sucia» contra la izquierda supuestamente subversiva. Desde 1947 y hasta 1991, entre tres y cuatro millones de personas, tanto mexicanas como extranjeras, habrían sido vigiladas por el Estado. Entre ellas, otro premio Nobel de Literatura: Octavio Paz. Durante ese periodo «se acumularon de 60 a 80 millones de tarjetas» con información obtenida a partir de la vigilancia a personas consideradas relevantes, según el investigador y columnista Sergio Aguayo.

«En los setenta, los organismos de seguridad gubernamentales recuperaban enormes cantidades de información. La obtenían de los medios de comunicación, mediante la interceptación de teléfonos y de correspondencia», apunta Aguayo en su libro «1968. Los archivos de la violencia».