intervención del ministro de Educación, Íñigo Méndez de Vigo, durante el acto de entrega del Premio Cervantes al escritor nicaragüense Sergio Ramírez
intervención del ministro de Educación, Íñigo Méndez de Vigo, durante el acto de entrega del Premio Cervantes al escritor nicaragüense Sergio Ramírez - EFE

Méndez de Vigo: «Cuando Nicaragua vive horas difíciles abogamos por la concordia en libertad»

Discurso del Ministro de Educación, Cultura y Deporte en la entrega del Premio Cervantes 2017 a Sergio Ramírez

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Majestades,

En este Día Internacional del Libro en el que conmemoramos el aniversario del fallecimiento de Miguel de Cervantes, pero también los de William Shakespeare y Garcilaso de la Vega; en este 23 de abril, cuando nos reunimos para la entrega del más importante galardón de la literatura en español, nos enorgullece Vuestra presidencia.

Siempre atentos, siempre fieles a la cita con la cultura, nos alienta Su compromiso con nuestro patrimonio común en todas sus expresiones, pero, de modo particular en esta jornada, con nuestras Letras.

Lo agradezco como Ministro de Educación, Cultura y Deporte, pero también como español, porque esa cercanía y ese cariño que Vuestras Majestades muestran y demuestran al mundo de la cultura es un fiel reflejo del que sentimos todos los españoles.

Deseo dar también la bienvenida y agradecer su presencia al Presidente del Gobierno, y al resto de autoridades especialmente al Rector de esta Universidad y al Alcalde de Alcalá en este Paraninfo de la Universidad, testigo de la vida y las vicisitudes de tantas personalidades de nuestra historia.

No quiero comenzar mi intervención sin enviar un caluroso recuerdo a la familia, a los amigos y lectores del escritor mexicano Sergio Pitol, Premio Cervantes en 2005 fallecido el pasado 12 de abril.

Su vida, su obra y su memoria estarán muy presentes en el día de hoy, porque con su desaparición no solo hemos perdido a un escritor sobresaliente, sino también a un hombre que dedicó toda su ilusión y su fuerza al servicio del mundo editorial.

Todo un ejemplo y un referente de amor a las letras y a la cultura en español al que sin duda echaremos de menos, pero del que podremos seguir disfrutando a través del legado que constituyen sus obras.

Procedente del griego y del latín tardío, el término paranimphus lo utilizamos para referirnos al más noble salón de actos de las universidades. Pero en su última e infrecuente acepción, el término Paraninfo resulta aún más propio para la ocasión que nos reúne, al designar al “anunciador de una felicidad”. Eso es lo que hoy nos congrega en esta Universidad de Alcalá.

Fue esa “felicidad” la que anunció uno de sus alumnos más célebres, D. Félix Lope de Vega, cuando plasmó en los siguientes versos lo que supuso su vida académica entre sus aulas y el modo en que trasmutó dulcemente su biografía.

Dicen así:

«Crióme don Jerónimo

Manrique estudié en Alcalá,

bachilleréme

y aun estuve de ser clérigo a pique;

cégome una mujer, aficionéme

perdóneselo Dios, ya estoy casado;

quien tiene tanto mal, ninguno teme».

La confesión de Lope sobre sus estudios en esta universidad es una belleza de posteridad3. Es preciso recordarlo hoy cuando honramos a todos los “anunciadores de felicidad”. A los que han hecho de la literatura en español un faro capaz de iluminar los siete mares, a los que han hermanado talentos y personalidades a un lado y a otro del océano, aquellos “españoles del otro hemisferio” como los denominaba con emoción lírica la Constitución de Cádiz, a quienes han sido capaces de pervivir entre los siglos, de estar siempre viva, como esas plantas del mismo nombre, que conservan en sus hojas grandes reservas de agua para subsistir bajo cualquier circunstancia.

En el romanticismo de esa resistencia botánica reparó otro gran nicaragüense, Rubén Darío para trazar los versos de su Urna votiva:

«Sobre el caro despojo esta urna cincelo:

un amable frescor de inmortal

siempreviva que decore la greca de la

urna

votiva en la copa que guarda rocío del cielo4»

Y es esa literatura la que hoy nos emplaza con todos sus honores. La que celebramos. Porque desde nuestros antecedentes latinos celebrar es sinónimo de abundancia y fecundidad.

Desde el mayor de nuestros galardones a las letras, el Premio de Literatura en Lengua Castellana Miguel de Cervantes, contemplamos el devenir y el discurrir de la cultura literaria hispanoamericana y disfrutamos de su glorioso pasado, de su trepidante presente, promesa cumplida de la “inmortal siempreviva” que glosó Rubén.

Los galardonados con el Premio Cervantes, desde Don Jorge Guillén hasta el que hoy otorgamos a Don Sergio Ramírez, constituyen una suerte de guardacantones que guían al peregrino a través de nuestra literatura, al tiempo que protegen sus obras, las ensanchan, asientan, y preparan para que su porvenir sea un anhelo inconcluso.

Así lo entendió el primer premiado cuando, en 1976, tras conocer la noticia de que era el ganador, mostró el modo en que la cultura trasciende su ámbito propio para convertirse en el latido espiritual de una nación: “Me siento honradísimo y muy contento”, dijo D. Jorge Guillén, “han elegido a un autor que ha sido modestamente adversario del Régimen. Esto implica un paso adelante en la transición democrática de España”.

Aquel “acto de concordia” y la concepción de la poesía como “símbolo de esperanza” para el Guillén recién galardonado no ha dejado nunca de estar presente en cada edición de este Premio. También lo está en un día como hoy. Cuando Nicaragua vive horas difíciles abogamos por la concordia en libertad y democracia como símbolo de esperanza para responder a los anhelos de los ciudadanos.

Anunciadores de felicidad, letras ilustres, cultura siempre viva, concordia y esperanza. He aquí el verdadero rostro de la cultura en español, transfronteriza y global, de la cultura compartida de Iberoamérica.

Esa cultura a la que Don Sergio Ramírez ha dotado de porvenir, al cargarse a la espalda a la generación posterior al boom, para desmentir que la grandeza de las letras latinoamericanas fuera flor de un día.

Esa cultura en español que no reconoce fronteras ni disciplinas, que es compartida y a la que ahora pretendemos de revestir de futuro a través del proyecto El español, lengua global, presentado por el presidente del Gobierno el pasado mes de enero. Un proyecto que nace para impulsar el valor del español en el mundo e incrementar su capacidad de generar oportunidades en toda la comunidad hispanohablante.

No podemos olvidar la elocuencia del valor cuantitativo de nuestra lengua. Somos más de 500 millones de hispanohablantes en el mundo. El español es la segunda lengua materna del planeta por número de hablantes, la segunda en redes sociales, la tercera lengua más utilizada en Internet y más de 21 millones de alumnos lo estudian como idioma extranjero.

Somos muchas las naciones y millones las personas que contribuimos a esta situación de privilegio de la lengua española; una situación que se traduce en un gran potencial de oportunidades económicas y culturales allende nuestras respectivas fronteras.

Apostamos por El español, lengua global en un tiempo digital, cuando compartir es la tendencia. Compartir ha triunfado porque es así como se acelera el progreso de las sociedades desde la Antigüedad, es así como se avanza, se innova, y se expanden valores como la libertad, la democracia, o los derechos fundamentales.

El español es libertad: desde Cervantes hasta Serio Ramírez. Es una lengua que no tiene dueño, y ahí reside su fortaleza. Pero al tiempo, sí tiene agentes, y cada vez más: cada uno de esos millones de hispanohablantes. Nuestra obligación, nuestra vocación, es seguir impulsando la expansión del español y de la cultura en español, y aprovechar su condición de lengua multinacional en los retos que nos plantea la revolución tecnológica.

Si entre todos logramos que el español se posicione como lengua tecnológica, que las máquinas aprendan a hablar español, se programen ya en nuestra lengua, estaremos beneficiando a toda la comunidad hispanohablante presente y tejiendo un camino de prosperidad inédito en nuestra historia para todas las generaciones futuras.

Es ahora, en definitiva, cuando podemos y debemos conseguir que el nuevo universo digital se escriba, se programe y se desarrolle en español.

Nuestros artistas y escritores más ilustres, nuestros Premios Cervantes, nuestros talentos emergentes, serán los mejores divulgadores de este empeño compartido por mirar al futuro de nuestra lengua, sin desmerecer el pasado más aún: orgullosos de nuestro patrimonio cultural acumulado.

En el ámbito de la literatura, esa capacidad de innovar sobre la influencia de los autores precedentes ha sido el mayor motor de talento a través de los siglos. Lo vemos, una vez más, en la formación literaria de nuestro Premio Cervantes.

Los libros de García Márquez, de Cortázar o de Vargas Llosa cimentaron lo que había recibido del propio Rubén Darío, de José Martí, o de Amado Nervo, y el edificio que hoy encarna Don Sergio Ramírez es por ello sólido y espacioso.

No es casualidad que en su obra Margarita, está linda la mar el autor nos mostrara buena parte de las influencias literarias que heredó, cultivó y personalizó. En la poética de su narrativa encontramos también evidencias de esas referencias, como el romanticismo extremo de un Rubén Darío desnudo de mitos y una acción que conmueve al lector entre lo histórico y lo pasional, en el contexto de días convulsos en la Nicaragua del pasado siglo.

Se ha escrito de esta novela que constituye “una obra total, rebosante de pasión y de nobleza literaria” porque en ella caben “la poesía, la ciencia, las crueldades y los delirios de América en este siglo”.

Y es más aún, porque Margarita, está linda la mar nos abre la puerta al alma literaria de Don Sergio Ramírez. Naturalmente, no todo está en ella, porque nuestro galardonado tuvo y tiene mucho más que decir y que escribir, pero de alguna forma aglutinaba su espíritu, su finura narrativa, su querencia por el arte de contar historias que lleguen tanto a la mente como al corazón.

En ocasiones se ha descrito (erróneamente en mi opinión) la vida de Don Sergio Ramírez como una vida doble: primero político, más tarde escritor. Algo desmentido por la fuerza de los hechos.

Nuestro galardonado es escritor sobre todas las cosas.

Y no creo equivocarme al afirmar que, entre las muchas preocupaciones derivadas de su dedicación a la política activa, la mayor, la que más hondo podía zaherirle, era contemplar el fugaz transcurrir de las horas perdidas para la literatura.

La actividad política, además, resultaba inquietantemente absorbente, como ilustra bien una anécdota que le he leído en alguna ocasión5:

Pasaba largas jornadas en su despacho. Rodeado de humo; él, que no era fumador y que nunca ha sabido explicar por qué fumaba tanto durante su etapa como Vicepresidente de la República. Era tal el ajetreo de aquella vida gubernamental que en una ocasión hasta su propia esposa, su querida Tulita, hubo de pedir una cita en la Casa del Gobierno para poder tratar con él asuntos domésticos pendientes.

Si hasta su esposa tuvo que pedir cita para resolver cosas de casa con su marido, qué decir de la literatura, que yacía congelada en la sala de espera de la Casa del Gobierno, aguardando su oportunidad. Una oportunidad que llegó tan pronto como tomó la decisión de era hora de volver a la vocación que nunca había abandonado: la de escritor.

“Cuando a mí me tocó estar activo en la política de mi país”, recordaba hace unas semanas Don Sergio, “me enfrenté al hecho de que estaba dejando de ser escritor”. Aún entonces, rascaba horas al sueño en la madrugada para que –son sus palabras- “no muriera el escritor que era”.

“Cuando salí de todo ello lo hice con cierta nostalgia de la revolución, no de la política”, añade, “Yo volví a la escritura con felicidad y sin sentir que estaba inventándome un mundo nuevo por haber perdido otro”.

Por ello, en “Adiós muchachos” ha podido escribir: “Hoy la revolución rueda para muchos dentro y fuera de Nicaragua, entre las nostalgias de la vida pasada y los viejos recuerdos. Y se evoca igual que se evocan los amores perdidos. Pero ya no es más una razón de vida”.

Razón de vida fue y es la Literatura.