Lobo Antunes publica la novela que escribió cuando su mujer moría

ANTONIO ASTORGA. MADRID
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António Lobo Antunes arrancó a escribir «No entres tan deprisa en esa noche oscura» (Siruela) cuando su mujer se moría: «Al mismo tiempo te ayudaba porque ahí estábamos el hombre que estaba sufriendo esa terrible y amarga experiencia junto a las niñas, que se sentían muy perdidas. Y un «otro» que pensaba si iba a poder. Eso te protegía un poco: ¿por qué es la muerte siempre tan injusta? Para mi mujer era muy importante verme trabajar, porque si estaba escribiendo a su lado pensaba que no iba a morirse. Quería hacer una cosa que no la avergonzara, ya que nos conocimos cuando teníamos dieciséis años y ella depositó siempre en mí una fe increíble».

El autor envuelve a su lector en el laberinto de la memoria, que teje un juego de flujos y reflujos con los restos de los recuerdos. La creación perpetua de la mente queda registrada en el mismo marco que sostiene el libro: los siete días con sus citas correspondientes del Génesis bíblico.

-Su protagonista, María Clara, reconstruye, mediante recursos como el diario íntimo, el monólogo o la confesión psicoanalítica, su vida familiar. ¿El libro se iba forjando en su mente antes de escribirlo?

-El problema era cómo hacer un libro desde el punto de vista de una mujer porque uno no sabe nada de lo que es una chica, una niña. El relato no obedeció al plan. A partir de un cierto momento, el libro gana vida propia y tiene sus leyes. Tenía la impresión de que el libro mismo se escribía.

-¿Cómo ha manejado la memoria? ¿Qué es la memoria para usted?

-Un agujero. Tenía la impresión de estar aprendiendo cosas, no solamente sobre la mujer sino sobre lo que es una novela. Quise también ironizar. Lo que uno quiere siempre es cambiar el arte de la novela. ¿Cómo hacerlo? Hay muchos equívocos en su concepto. Yo creo que se sobrevaloran escritores o libros que, desde mi punto de vista, no son muy buenos. Y me parece que se olvidan escritores muy buenos.

-¿Quién dicta las normas de la novela?

-No sé contestarle a ello porque yo vivo muy alejado de la vida literaria. ¿Mi caso concreto? Durante muchos años ninguna editorial me quería; después, todo cambió. Me han consensuado y ahora soy escritor. Es muy triste que no se pueda vivir de escribir. La experiencia es como los flotadores de los hidroaviones: no te sirven de nada cuando estás en el aire. Y en cada lugar empiezas de nuevo. Y tienes cada vez más miedo porque uno no sabe nada de literatura, aunque siempre sabe un poquito más que en el libro anterior. Eso te produce el miedo.