Juan Manuel de Prada y Susanna Griso, en el Instituto Cervantes
Juan Manuel de Prada y Susanna Griso, en el Instituto Cervantes - Belén Díaz

Juan Manuel de Prada: «Prefiero que me llamen facha y podemita a que me llamen marianista»

El escritor presentó este miércoles en Madrid su nueva novela, «Lucía en la noche»

MadridActualizado:

Como buen defensor del «pensamiento tradicional español», Juan Manuel de Prada (Baracaldo, Vizcaya, 1970) es un «gran detractor de la lengua inglesa». No diremos, entonces, que con «Lucía en la noche» (Espasa), su nueva novela, que ayer presentó en Madrid, regresa al «thriller», ese «anglicismo horrendo» con el que no trataba, literariamente hablando, desde 1997, cuando ganó, con «La tempestad», el premio Planeta. Él prefiere decir, y no le falta razón, que se trata de «una novela de intriga a la antigua usanza», de esas que «transmiten un estremecimiento de tipo espiritual».

Por algo la historia, cuyo protagonista vuelve a ser el escritor Alejandro Ballesteros, ese personaje que tantos parecidos guarda con el propio De Prada (en la novela recupera su apetito de escritor tras conocer a una misteriosa mujer, como le sucedió a él al cruzarse en su vida su actual esposa), es un homenaje al «Vértigo», de su amado Hitchcock. Y vértigo, precisamente, debió sentir el autor al verse tan arropado en la sede del Instituto Cervantes.

Esa rareza que De Prada parece desprender, y que no es sino síntoma de una originalidad a prueba de insultos («Prefiero que me llamen facha y podemita a que me llamen marianista», bromeó, sobre la calificación recibida, en un comentario en la web, tras escribir un artículo en el que criticaba a José María Aznar), convocó a personajes tan dispares como Íñigo Errejón, Cándido Méndez o Álex de la Iglesia. Ya lo advirtió él: «Yo tengo un problema: soy antimoderno. Hoy padecemos contaminación ideológica y la gente se adhiere de forma burda. El pensamiento tradicional español resulta ininteligible».

Su tropa de fieles, sus amigos, sus lectores, saben que el escritor es fiel a sí mismo siempre. Sobre todo cuando escribe, pero también cuando habla. Por eso, y pese a que la periodista Susanna Griso, presentadora del acto, se prometió a sí misma no preguntarle por Cataluña («La razón de lo que está pasando es la Constitución, que es la que metió el veneno»), el feminismo (aludió al « populismo de la RAE») o Venezuela («Es increíble que en la presente coyuntura España, más allá de que Maduro sea un tirano, haga abstracción del papel de Estados Unidos»), De Prada, a veces, no pudo contenerse.

Versiones oficiales

«Vamos a un tipo de sociedad que profetizó Donoso Cortés, que habló de un tirano gigantesco que convertiría a los Estados en peleles. Es evidente que ese tirano gigantesco está presente en nuestras vidas y crea versiones oficiales», se quejó. Esas «versiones oficiales», amparadas por los medios de comunicación, son «peores» que las «fake news», que no son más que «inocentadas». «A los poderosos les interesa tener a las sociedades atenazadas por el miedo» y para eso están las «versiones oficiales» (como «el miedo al islam»), que son «esquemáticas, tendenciosas y buscan la complicidad de un destinatario que ha renunciado a su juicio crítico». «En el mundo en que vivimos, falta capacidad de discernimiento», remató.

Todos esos miedos «están muy presentes en la novela» (ojo, porque en ella «los rusos no son amenazantes, son protectores») que no deja de ser, además, «una sátira de la sociedad moderna», con crítica incluida a «estas nuevas formas de vida burguesa tan patéticas» (si salen a correr, no es más que un «circunloquio del adulterio») y «una condena del progreso». Son descripciones, todas, del propio autor.

Y es que «en el artista siempre tiene que haber un grado de desencanto con el tiempo que le ha tocado vivir». Si como él defiende, «la literatura también surge de nuestra discordancia con el mundo», sus libros son el espejo en el que todo aspirante a escritor debería mirarse. Porque el alma de Juan Manuel de Prada, fuente de su inspiración, sigue vibrando.