El mítico cartel de Las Vegas
El mítico cartel de Las Vegas - AP

Jóvenes torturados por Las Vegas: el reverso oscuro de la ciudad de los casinos

En la década de los ochenta fueron muchas las familias que se fueron a este oasis del desierto en busca de fortuna. Ahora, un libro recoge los testimonios de sus desdencientes, que nacieron y se criaron entre máquinas tragaperras

Madrid Actualizado: Guardar
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Todo jardín ajeno parece un paraíso; desde dentro, las cosas cambian. Da igual el lugar: las luces siempre proyectan sombras inevitables. Timothy O’Grady lo comprendió cuando daba clases en el Instituto Black Mountain de Las Vegas, donde descubrió a un grupo de alumnos que no había visto nunca: veinticinco chavales que se costeaban sus estudios trabajando como strippers o croupiers o cualquier otro negocio de la noche; veinticinco chavales con familias rotas por las drogas, por el alcohol, por el juego. Por aquella ciudad maldita. Veinticinco chavales que no eran turistas, que vivían allí por condena. Todos los días. Eran «Los hijos de las Vegas», los que dan título a su último libro, que ahora llega a España de la mano de la editorial Pepitas de Calabaza.

A partir de sus testimonios descubrimos la otra cara de ese oasis de casinos que recibe cuarenta y un millones de visitantes al año, pero que sigue siendo un misterio. Muy pocos de ellos saben, por ejemplo, que Las Vegas lidera el ranking estadounidense en números de suicidios, drogadicción juvenil, detenciones por conducción en estado de embriaguez, insolvencia familiar, divorcio y abandono escolar, según los datos que ofrece el autor. Casi nada. Y lo concreto duele más. «[Mis alumnos] contaron que perdían las casas continuamente, que se habían criado solos, que sus padres se apropiaban de su identidad para cometer fraudes con tarjeta de crédito. Hablaron de sobredosis, de tiroteos, de suicidios. Jamás había oído nada igual en un aula», relata este en el prólogo de la obra.

«Hijos de Las Vegas» reúne la voz de diez de esos jóvenes que nacieron o llegaron siendo muy niños a la urbe, en la década de los ochenta. Entonces, por allí andaban creciendo sin freno, aprovechándose de la ludopatía nacional (el gasto del PIB en juego iguala al de alimentos en Estados Unidos). Se levantaban hoteles cada vez más grandes, con sus correspondientes casinos. La sed de oportunidades cameló a un gran número de familias que querían probar fortuna, y que protagonizaron un curioso éxodo de vuelta al desierto. «Venía mucha gente. Era como la fiebre del oro. Se decía que los crupieres ganaban cuatrocientos o quinientos dólares diarios solo en propinas. Eso era lo que quería mi padre», recuerda Louis Harper.

La suya, como tantas otras historias, terminó de forma dramática. Primero fue el divorcio, después todo lo demás: las drogas de su padre, la cárcel de sus hermanos, la caravana que se convirtió en su casa… «¿Se puede culpar a una ciudad de todo esto si se piensa que la gente es libre para elegir? No lo sé. Lo que sí sé es que mi familia se desmoronó a los tres meses de llegar aquí», afirma. Al menos, él, el único licenciado de su estirpe, pudo huir a Detroit con su novia...

Atrapada en las sombras

Shelby Sullivan no ha tenido la misma suerte. Todavía no ha encontrado su vía de escape, aunque se licenció en Literatura Inglesa en 2013. «La gente viene a Las Vegas para desfogarse y después se va. Pero yo estoy atrapada aquí. Cuando veo las luces de la ciudad, pienso en todos los sitios que no iluminan. Creo que vivo allí, en esos lugares. Las sombras te hunden. Hay demasiada distancia entre las luces y yo», lamenta al final de su intervención.

Cindi Robinson tampoco se ha marchado, pero quiere hacerlo. «Es difícil vivir en un sitio que no soportas», asegura. Porque Las Vegas es para ella la ciudad de los fantasmas. «El dinero siempre desaparecía. Nuestra paga, el dinero de Pascua, todo lo que nos daban los abuelos. Lo escondíamos y, al ir a buscarlo, ya no estaba. Cuando se lo contábamos a nuestra madre, siempre decía: “Lo ha cogido el fantasma”».

Aunque sus destinos no son del todo trágicos, sí lo son sus raíces, atravesadas por los excesos de una ciudad que presume de no dormir nunca, pero que no puede evitar las pesadillas. «No son las víctimas de la guerra, de la peste, de los depredadores sexuales, de las crisis económicas o de sus propias debilidades, sino de un modelo muy peculiar de diversión», asevera O’Grady en el epílogo. Aunque matiza: «Estar con ellos no era desolador. Eran ingeniosos, divertidos, elocuentes. Se esforzaban por trascender y, en gran medida, lo conseguían».

«Las Vegas no es una anomalía, sino que está totalmente integrada en el país y el mundo. Es un síntoma, un espejo, una metáfora. Percibe los deseos humanos y los encarna en el desierto. ¿No es la intención de su eslogan más conocido, “Lo que pasa en Las Vegas se queda en Las Vegas”, procurar una sensación de excitación y alivio moral? ¿No es eso lo que sentimos todos?», sentencia el escritor. Es lo que buscaba Dorian Gray, desde luego. Pero no existe ese retrato mágico y, al cabo, todo el mundo envejece. Algunos, incluso, tienen hijos. Y estos pueden heredar su miseria.