El escritor Jorge Fernández Díaz durante la entrevista
El escritor Jorge Fernández Díaz durante la entrevista - Isabel B. Permuy

Jorge Fernández Díaz: «Los periodistas solo podemos publicar el 20% de lo que conocemos»

El escritor argentino presenta en España «La herida», un thriller que se desarrolla en un mundo de corrupción, mentiras y desapariciones

Actualizado:

En ese terreno de arenas movedizas que son las certezas incomprobables, uno puede hundirse escribiendo un reportaje o salvarse pariendo un libro e ir más allá de la realidad. Jorge Fernández Díaz (Buenos Aires, 1960) escogió lo segundo. «Esa frontera siempre me pareció un aliciente importante para un escritor. Quería cruzarla con los elementos de la ficción», explica ahora el argentino. Así nació «La herida» (Destino), un thriller que se desarrolla en un mundo de corrupción, mentiras y desapariciones.

Entonces, esta novela es una suerte de desfogue.

Hace 35 años que soy periodista de trinchera y me di cuenta de que los periodistas solo podemos publicar el 20% de lo que conocemos. El resto no lo podemos probar, simplemente. Sé cómo es el entramado mafioso que hay dentro de la política, cómo se manipulan a los jueces, cómo hay una connivencia con el narcotráfico muy sofisticada... Todo esto que yo conozco como periodista, pero no puedo contarlo, me pareció siempre un material muy bueno.

Un buen material para un thriller...

Es que yo quería hacer una novela de aventuras. La novela policial es en realidad una novela sobre la cacería. El detective como cazador. La presa y el depredador. Y ahí la descripción de la jungla de asfalto es muy importante. Por eso la novela policial es la gran novela sociológica y política del momento. Si quieres conocer cómo es Grecia tienes que leer a Márkaris. Yo quería hacer eso en Argentina.

Hace unos meses Sergio Ramírez nos contaba que la novela negra en Latinoamérica funciona con unos códigos propios, donde no hay policías honrados ni jueces rectos.

Ya no se trata de una pelea de buenos y malos: no aguantariamos esa ingenuidad. Es una pelea de malos y peores. Borges en 1933 observó que en la sociedad argentina poco afectaba la ley. Veía a la policía como una mafia. Con el tiempo mi país se volvió exactamente así: la policía se convirtió en una mafia. Salvo algunas excepciones, maneja el narcotráfico, es corrupta, violenta, etc.

Aquí no se salva ni Remil, el protagonista, un personaje que tiene bastante poco de heroico.

Porque el héroe del siglo XXI es un héroe políticamente incorrecto. Remil es un agente de inteligencia que nace en esas sombras que le decía. Es ese canalla simpático que todos llevamos dentro y que, afortunadamente, reprimimos.

De hecho, carece de toda esa elegancia de los espías.

Es un toque de verosimilitud. Esta no podría ser una novela de espías con drones y alta tecnología. Me parece muy poco literario eso. Aquí lo que funciona es el antihéroe, el 007 de los países emergentes. Y estos no espían a grandes potencias ni se meten en grandes cuestiones de terrorismo, sino que se meten a pinchar los teléfonos de los periodistas, a manipular cosas menores.

La historia transcurre en varios países, pero la Patagonia es el núcleo de todos esos males de los que habla.

Utilizo una provincia de la Patagonia como una especie de laboratorio político. Para salvar la vida política de un gobernador hacen todo lo que se hace en la parte de atrás de la política en todas las partes del mundo, creo yo. Se le crea un pasado heroico al gobernador, se manipula a los jueces, se penetra en los sindicatos, se compra a los escritores y actores para usarlos de escudos humanos… Todo esto se ve mejor en pequeño. Aquí se puede ver directamente lo que en estas sociedades más grandes y complejas te confunde.

Se palpa cierto pesimismo en el libro, como si la corrupción fuera inevitable.

La corrupción es inherente al poder y se puede combatir. Es como un herpes. Aparentemente se cura, desaparece, pero sigue ahí dentro y otra cosa puede reactivarlo. Hay que tener cuidado siempre y vigilarlo. La desigualdad y la corrupción son los dos grandes problemas del mejor sistema que se ha creado en la historia, que es el de la democracia representativa.

En un libro con este trasfondo real, ¿hay algo de usted en los personajes?

Yo siempre le traslado cosas personales a los personajes. En «El puñal», mi anterior novela de Remil, era la obsesión por una mujer resbalosa, depredadora, complicada. Una obsesión que he tenido. Eso se lo trasladé a Remil, por eso es tan humano.

Y en «La herida», ¿qué hay de usted?

Hay un personaje que dice que todos nosotros tenemos una herida fundamental, una herida que nos ocurrió en la infancia o la adolescencia y que muchas veces no la reconocemos ni ante nosotros mismos.

¿Cuál es su herida?

Mi padre. Cuando mi padre descubrió que yo, a los quince años, quería ser escritor, me dio por perdido. Creyó que la literatura era una forma de la vagancia, que yo quería ser vago. Estuvimos ocho o nueve años sin hablarnos. Yo sentía esa sombra maldita de ser dado por perdido. Cuando tenía 25 años me dejaron escribir una novela negra por entregas sobre la mafia del fútbol, que iba junto a las crónicas de sucesos. Empecé a escribir. Y un día suena el teléfono de mi escritorio. Y era mi padre. «¿Pasó algo?», le pregunté. Y me dijo «no, no… es que aquí los parroquianos quieren saber cómo sigue la novela mañana. Quieren saber si el protagonista va a recuperar el bolso». Y yo, tratando de disimular las lágrimas, le dije que sí. «¿Estás seguro?». «Sí». Y colgó. Y me fui al baño a llorar, porque la redacción era un lugar de machos.