Jack London con su segunda esposa, la también escritora Charmian London, durante un viaje que hicieron a Hawái
Jack London con su segunda esposa, la también escritora Charmian London, durante un viaje que hicieron a Hawái - ABC

Jack London, salvaje y completo

Llega a España la recopilación de los cuentos del escritor norteamericano, maestro del género de aventuras

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Con apenas ocho primaveras Jack London (1876-1916) devoró una novela que jamás olvidaría. Era la historia de un joven campesino italiano sin estudios ni recursos que se convertía en un famoso compositor de ópera. Él también era pobre y algo le removieron dentro aquellas páginas porque tiempo después, ya como escritor consolidado (y adinerado), admitió que no hubiese llegado a ningún lugar sin haber leído «Signa», de Ouida. Mencionó, además, la suerte, la salud, su buena cabeza y su precocidad con la pluma. Con esas armas se enfrentó a un destino cruel, que dibujó un camino más increíble que cualquier ficción, pero que recordaba inevitablemente al de aquel músico italiano: ese que le llevó desde la fábrica en la que trabajaba con catorce años al estrellato literario, pasando por los escenarios y vivencias más estrambóticas, como la pesca furtiva de ostras, la búsqueda de oro en el río Klondike o su frustrada experiencia como vagabundo. Con todos estos golpes que le dio la vida, el estadounidense construyó una obra salvaje, que exploró los límites de lo humano en casi doscientos cuentos, escritos en solo 23 años de oficio autodidacta. Ahora, estos llegan por primera vez a España recopilados, en una edición revisada que se publicará en tres tomos, traducidos por Susana Carral. El primero, «Cuentos Completos I (1893-1902)» (Reino de Cordelia), ya está en las librerías.

Estos relatos tempranos nos permiten ver, según comenta Egido, «cómo va madurando desde sus primeros pinitos literarios, apenas crónicas o impresiones de sus viajes, hasta ir afilando su pluma con la madurez del oficio». Ya se nota en ellos la pulsión entre los intereses comerciales y sus aspiraciones artísticas, una tensión que lo acompañaría durante toda su carrera. Siempre quiso conocer los gustos de los lectores al mismo tiempo que exploraba nuevos territorios creativos, tocando temas tan atractivos como insólitos para el lector de entonces, puliendo su estilo hasta conseguir que cada frase sangrase por cuenta propia. Aunque a veces renegó de este fructífero baile («no hagáis lo que yo hago, haced lo que yo os digo», decía a sus pupilos, preocupado por no ser fiel a sus principios), lo cierto es que consiguió llevar a la literatura norteamericana a nuevos lugares.

Escribió sobre alcoholismo, enfermedades mentales, boxeo, tauromaquia, ecología, extraterrestres, socialismo, explotación sexual y un sinfín de asuntos más. Tuvo la habilidad de moverse en diferentes registros, pero será recordado por sus aventuras, por esas historias donde los personajes sobreviven a la naturaleza extrema, por su talento para describir los límites donde la vida se estrecha pero brilla más que nunca. «Es el gran narrador de aventuras, el que lleva ese género a la gran literatura, el que lo sacraliza», resume el escritor Luis Alberto de Cuenca, que lo sitúa entre los cuatro grandes escritores de la narrativa breve universal, junto a Guy de Maupassant, Antón Chéjovy Edgar Allan Poe.

Las mejores aventuras de sus cuentos fueron antes vivencias, que dotaron a su voz de una inmediatez y una credibilidad difíciles de alcanzar para el que solo imagina. En London, lo que no te mata te da historias. Así construyó la fría saga del Norte, presente en este volumen, que alberga alguna de las joyas que lo lanzaron al éxito como «El silencio blanco» o «Encender una hoguera». Para forjarlas, acudió a las penurias de su participación en la fiebre del oro de Klondike, donde soportó temperaturas gélidas que le cubrieron el cuerpo de llagas y le reportaron dolores terribles en la cadera y en los músculos de las piernas. «En el Klondike me encontré a mí mismo. Allí se ven las cosas con perspectiva», confesó en su día.

Con ese pulso, el autor de «La llamada de lo salvaje» se convirtió en un hombre de fortuna. Logró escalar desde el umbral de la pobreza en el que había nacido hasta convertirse en uno de los escritores más cotizados de su tiempo. Huyó de la ciudad y se instaló en el campo, concretamente en un rancho de 400 hectáreas en Glen Ellen (California), donde cultivó ideas ecologistas (en esto también fue un adelantado) que impregnarían buena parte del resto de sus escritos. Ya instalado en las cimas del éxito, empezó a coleccionar malas decisiones y botellas vacías. En 1906 mandó construir un barco, el Snark, para dar la vuelta al mundo. No pasó de las islas Marquesas, pero sufrió un ataque de psoriasis que muchos confundieron con lepra. El navío, que le había costado más de 35.000 dólares, una locura en la época, lo dejó al borde de la ruina. La calidad de su textos bajó mientras se acercaban sus últimos días, en los que se limitaba a escribir encargos o a crear historias inspiradas en ideas que le «regalaban». El 22 de noviembre de 1916 se despedía de este mundo, no sabemos si con un suicidio o con un fuerte ataque de uremia. No llegó a soplar más de 40 velas, pero en su corta vida se convirtió en un monstruo del cuento.