«Imre Kertész fue la memoria consciente de Auschwitz»

Personalidades europeas le recuerdan y señalan que «nos ayudó a interiorizar que el único mito que sigue siendo válido en nuestro tiempo es el de Auschwitz»

ROSALÍA SÁNCHEZ
Actualizado:

«Es una pérdida irreparable para la cultura húngara», lamentaba ayer el alcalde de Budapest, Istvan Tarlos. También expresó sus condolencias el ministro húngaro de Recursos Humanos, Zoltan Balog, a pesar de que Imre Kertész se desmarcaba, burlón, de su origen húngaro. En noviembre de 2009, desde la sala de estar de su apartamento en el barrio berlinés de Charlottenburg, protestaba alegando que «yo soy una persona cosmopolita y una persona cosmopolita no puede ser de Budapest, que se ha vuelto una ciudad balcánica insoportable. Sin embargo, cualquier persona cosmopolita puede sentirse en su salsa en Berlín, así que yo soy de Berlín. O, si lo prefiere, diga que soy europeo. Decadente, admitámoslo. Incluso sin raíces. Pero, por favor, no me diga usted que soy húngaro». Pero el hecho es que nació en Budapest, en 1929, en el seno de una familia judía no practicante. Y ese fue el motivo por el que resultó deportado a Auschwitz con solo 15 años.

«Él no era consciente de ser la memoria de Auschwitz. Posiblemente esa realidad supera la conciencia de cualquiera. Pero es un hecho que la memoria del Holocausto hablaba por su boca y que su presencia entre nosotros ha sido una presencia espiritual, al tiempo que intelectual», decía ayer el ex ministro de Cultura alemán y amigo de Kertész, Michael Naumann.

Algunas partes del argumento de su novela «Sin destino» salieron directamente de aquella experiencia, como su llegada al campo. Unos hombres escuálidos, con la cabeza rapada y uniforme de presos, le preguntaron por su edad en yiddish todavía en el vagón de mercancías. Mintió y respondió que 16 años. Sus compañeros de viaje, cuyo aspecto no convenció a los médicos, fueron directamente a las cámaras de gas.

«De alguna forma, luchó toda su vida contra ese destino, ser el testigo de Auschwitz. No escribía como un ministerio, sino para exorcizar la experiencia, para permitirse ser quien era, para cerrar sus propios libros y volver a reír», pensaba en voz alta otro de sus buenos amigos, Zoltán Hafner. El ex alcalde de Berlín, Klaus Wowereit, agradeció ayer una vez más al autor «haber encontrado la forma de expresar algo para lo que no había palabras» y recordó su «brillante ironía sobre sí mismo y el significado y la relevancia de su vida para toda Europa».

En las propias palabras del escritor, «la vida después de Auschwitz y Buchenwald, era fundamentalmente una obligación». Con ese espíritu regresó a Hungría para terminar la escuela secundaria y se encontró allí con un nuevo horror. Para el recién instaurado régimen estalinista, Kertész era hijo de un pequeño burgués, un intelectual, un decadente. Se refugió en la lectura de húngaros como Gyla Krúdy o Dezsö Szomoroy, pero sobre todo de alemanes como Thomas Mann, que había empezado a ser traducido al húngaro en 1954 por György Lukács. Despedido de su primer trabajo como periodista, el régimen lo reubicó en una fábrica y, tras dos años de servicio militar obligatorio, se ganaba la vida escribiendo piezas cómicas de cabaret y anuncios publicitarios, traduciendo obras de Friedrich Nietzsche, Ludwig Wittgenstein, Sigmund Freud, Hugo von Hofmannsthal, Elias Canetti y Joseph Roth, mientras había comenzado una novela que le llevaría 12 años de trabajo, «Sin destino».

En aquel piso de 29 metros cuadrados, sobre la mesa de la cocina, escribió tres grandes novelas. «Sin destino», rechazada por las editoriales y tachada de antisemita, no pudo publicarse hasta 1975; «El fracaso» (1988), que reconstruye sus vivencias durante la época estalinista; y «Kaddish por el hijo no nacido» (1990).

«La caída del Muro de Berlín dio lugar a una nueva vida para él por primera vez pudo pensar y hacer realidad cómo quería vivir, empezar a tomar decisiones en libertad, y lo vivió como una gran experiencia», recuerda Magda Ambrus-Sass, americana con la que se casó en segundas nupcias en 1996 y con la que se trasladó a vivir a Berlín en 2001. «Aquí se sentía tranquilo y escribía sin parar», añade, «por fin le consideraban por sí mismo, por su obra, no por su pertenencia involuntaria a un grupo colectivo», explica Magda, recordando la ocasión en que los convocantes de un premio alemán consultaron al Ministerio de Cultura húngaro y recibieron como respuesta que Kertész no sería el autor idóneo para ese premio, puesto que en realidad no es húngaro, sino judío.

«Se ha ido «uno de los autores más importantes de nuestro tiempo», afirmó por su parte el actual alcalde de Berlín, el socialdemócrata Michael Müller, «con su fallecimiento, la capital alemana pierde una de sus personalidades más importantes. Nos ayudó a interiorizar», sellaba el compositor húngaro y compañero de tertulias del autor, «qué el único mito que sigue siendo válido en nuestro tiempo, es el de Auschwitz».